Domingos de Matinée
Por lo regular los domingos nos dejaban ir a la matiné. La entrada costaba cincuenta centavos y daban dos películas, era muy divertido. Siempre nos subíamos al balcón, y las funciones eran para niños: historias de princesas y príncipes, vidas de santos, aventuras y películas donde actuaban los artistas infantiles del momento.
Cuando llegaba la hora de que comenzara la película y no iniciaba, la gente empezaba a gritar: ¡Cácaro! y los hombres le recordaban a su mamá con chiflidos. Si por alguna razón la cinta se cortaba, también se armaba otra gritería. Y cuando la película se ponía emocionante, todo el público gritaba: ¡No te dejes, pégale!
Los vagos aventaban salivazos y colillas de cigarro a la gente que se sentaba en luneta. Yo misma llegué a lanzar algún salivazo, entre risas y travesuras. ¡Qué tiempos aquellos!
Reflexión:
Los domingos de matiné fueron más que un simple entretenimiento: eran una fiesta popular donde la infancia encontraba su propio escenario. El cine se convertía en un espacio compartido, lleno de risas, gritos y travesuras, donde todos éramos parte de la misma emoción. Aquellos cincuenta centavos compraban no solo dos películas, sino también la experiencia de sentirnos comunidad, de vivir juntos la magia de la pantalla grande.
Hoy comprendo que esos momentos tenían un valor especial: nos enseñaban a disfrutar lo sencillo, a reírnos de los imprevistos y a celebrar la imaginación. El grito de "¡Cácaro!", los aplausos, los chiflidos y hasta los salivazos eran parte de un ritual que nos hacía sentir vivos, parte de un grupo que compartía la misma ilusión.
Con el tiempo entendí que el cine de matiné fue una escuela distinta: ahí aprendimos a emocionarnos colectivamente, a ser niños sin reservas, y a descubrir que la cultura también puede ser un acto de convivencia. Esa mezcla de inocencia y picardía sigue siendo, para mí, uno de los recuerdos más entrañables de la infancia.
Paseos.
El tiempo de lluvias y los días de campo
El tiempo de lluvias lo disfrutábamos mucho. Cuando llovía fuerte nos quitábamos los zapatos —bueno, casi nunca traíamos— y nos metíamos al agua, caminando por los arroyos que se formaban en las calles. Muchas veces nos heríamos los pies con vidrios, pero aun así era muy divertido. En ocasiones nos caíamos, nos llenábamos de lodo y teníamos que aguantar los regaños de mi madre, y algunas veces hasta golpes, pero lo volvíamos a hacer. —¡Pero miren nada más cómo vienen todas atascadas de lodo! Como ustedes no se matan lavando, ahorita les voy a meter unos buenos azotes para ver si así entienden.
Y a correr se ha dicho.
Mi papá, en cambio, nos regalaba momentos de alegría. Nos llevaba de día de campo a las ruinas de la hacienda de Santa Clara
El faro de Santa Clara
*"La Hacienda de Santa Clara ya era un cascarón vencido en los años cincuenta, pero para nosotras era un mundo entero. El corredor con habitaciones semiderruidas nos recibía con su silencio, y mi hermana y yo avanzábamos con el corazón apretado, temiendo que algún fantasma se asomara entre las piedras. El chacuaco, erguido y solitario, yo lo veía como un faro que guiaba a los valientes hacia la cascada.
Allí nos bañábamos, el agua fría nos envolvía con su corriente viva, y mi mamá nadaba con la serenidad de quien conoce el río desde siempre. Sus brazadas eran firmes, y nosotras la mirábamos como si fuera parte del paisaje, como si el arroyo la hubiera reclamado como suya.
Después corríamos entre los árboles, con los pies mojados y el cabello pegado a la cara, inventando carreras y escondites. El aire olía a tierra húmeda y a hojas frescas, y cada rincón parecía guardar un secreto.
Cuando el hambre nos alcanzaba, nos reuníamos en torno a unos taquitos de frijoles, sencillos y sabrosos, acompañados de agua de limón que nos refrescaba la garganta. Era la infancia hecha de ruinas y de fiesta, de miedo y de risa, de un pueblo que nos regalaba su memoria en cada piedra y en cada sombra."*
Reflexión:
Los paseos al arroyo, la gigantera y a la laguna fueron parte de esa infancia sencilla que, con el tiempo, descubrí como una verdadera riqueza. No necesitábamos dinero para ser felices: bastaba la naturaleza, los juegos compartidos y la compañía de la familia. Entre los eucaliptos altos, los columpios y los campos donde mi padre jugaba, aprendimos que la alegría podía brotar de lo más simple.
La laguna, con su agua azul y los patos silvestres y las garzas, nos enseñaba otra lección: la vida se sostenía en lo que la tierra ofrecía, y mi madre, lavando ropa mientras nosotros chapoteábamos, nos mostraba cómo aprovechar cada recurso con ingenio y paciencia. Aquellos taquitos recalentados, acompañados de agua fresca, tenían un sabor que hoy reconozco como el de la gratitud.
Con los años comprendí que esos momentos fueron una escuela de felicidad. Nos enseñaron que la abundancia no está en lo material, sino en la capacidad de disfrutar lo que se tiene, de valorar la unión familiar y de encontrar belleza en lo cotidiano. Esa memoria sigue siendo un refugio luminoso, un recordatorio de que la verdadera riqueza se mide en risas, cansancio compartido y el buen sabor de boca que deja la vida sencilla.
Los juegos y los regaños
Jugábamos diferentes tipos de juegos según la época del año. Cuando llegaba el carnaval, un niño se ponía unos cuernos de palo y hacía de toro, mientras otro lo toreaba con suertes improvisadas usando una soga. Cuando soplaba mucho viento fabricábamos un papalote y lo lanzábamos al cielo; el que lograba volar más alto era el ganador.
También jugábamos al balero. Como no teníamos uno, lo hacíamos con un bote: le poníamos un hilo grueso y un palo, y con eso bastaba. Inventábamos un zumbador con una corcholata de refresco, jugábamos a las canicas, al trompo, caminábamos en zancos y nos subíamos a los árboles para cortar fruta. Eran juegos de "niños" y, como mi hermana y yo éramos niñas, mi mamá siempre nos regañaba: —¡Mira nada más, parecen marimachos! ¿Por qué no son como su hermana Chuy? Ella sí parece niña, jugando con sus trastecitos y su muñeca. No como ustedes, que solo juegan puros juegos de hombres.
Ya para no estarla escuchando, nos poníamos a jugar a la matatena o a un juego de malabares con dos pelotitas llamado voladora. Pobre mujer, a nosotras los regaños nos entraban por una oreja y nos salían por la otra.
Uno de los juegos que más disfrutábamos era él bebe leche, que ahora llaman avión. Lo pintábamos en la tierra húmeda después de la lluvia y pasábamos horas brincando de cuadro en cuadro. Ya entrada la noche cenábamos: un plato de frijoles de la olla, un jarro de arroz endulzado con piloncillo y todas las tortillas que cupieran en el estómago. Entonces mi mamá nos decía: —Salgan a jugar a la calle, porque si se acuestan con la panza llena se les van a torcer las tripas.
Y allá íbamos, con la barriga satisfecha y el corazón ligero, a seguir jugando bajo las estrellas.
Las noches en la calle
Nos salíamos todos los vecinitos, y también varias chicas grandes que se escapaban para platicar con su novio a escondidas de los papás, pues en ese tiempo no daban permiso de tener novio, solo cuando ya estaban comprometidas para casarse.
Jugábamos a la roña —que ahora llaman la traes—, a las estatuas de marfil, al bomba ton, a la campanita de oro, al que lo baile, y muchos juegos más. Cuando ya estábamos muy cansados, nos sentábamos en la banqueta y nos poníamos a contar cuentos, adivinanzas y, por último, lo más emocionante: los sustos. Narrábamos historias de fantasmas que nos dejaban temblando.
Cuando se hacía muy noche nos metíamos a la casa, asustadas por lo que habíamos platicado, pero felices. Era muy divertido vivir esas noches llenas de risas, juegos y un poquito de miedo compartido.
ESTÁS LEYENDO
Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
