"Las profecías de la tía"
En mi familia se respetaban las generaciones, así fueran de la tercera, como en el caso de mis tíos Pedro y Petra, su esposa. Mi tío Pedro, que en realidad no sé si era nuestro tío, creo que era hermano de mi bisabuela.
Su esposa, mi tía Petra, era una señora muy católica. Siempre nos contaba cuentos de santos y santas. Recuerdo que nos decía: —Fíjense bien, va a llegar el día en que las mujeres van a traer el vestido más arriba de la rodilla. Cuando ese día llegue, es la señal de que el mundo se va a acabar. Así lo dice la Biblia.
Cuando éramos niñas, el vestido se usaba abajo de la rodilla; las mujeres adultas, mucho más abajo. ¡Imagínense cuando se empezó a usar más arriba de la rodilla! Casi enseñábamos las pantaletas.
En los años sesenta, cuando se puso de moda la minifalda, si ella aún vivía, qué asustada debió de haber estado, pensando que el mundo ya estaba a punto de acabarse. Ahora las chamacas andan con todo de fuera... y el mundo sigue girando.
"El miedo y la enseñanza"
Marce estaba casada con Goyo, un hombre muy feo, con bolas en la cara como espinillas. Tuvieron dos hijas, Chávela y Bertha.
Ella se enfermó de gravedad de los pulmones. Decían que era de debilidad, porque Goyo no le daba dinero para comer. El caso es que murió. La arreglaron para velarla. Mi mamá me llevó a verla antes de que la amortajaran.
Llegamos hasta donde estaba la muerta. Yo tenía miedo. Mi mamá me preguntó: —¿Tienes miedo? —Sí. —Mira hija, para que ya nunca le tengas miedo a los difuntos, bésale los pies a Marce. —Ay no, yo tengo miedo. —Tenles miedo a los vivos. Ella no te puede hacer nada, ¿no ves que está muerta?
Entonces le besé los pies. Los tenía helados. No sé si me sugestioné, pero ya nunca volví a tener miedo a nada: ni a la oscuridad, ni a los fantasmas.
En mis tiempos, a las personas las velaban en su cama. Las ponían en la caja solo cuando las iban a llevar al panteón. Cuando llegó la hora de partir, la metieron a la caja, la pararon en el suelo, la familia se puso alrededor y les tomaron una foto con la muerta. Después nos fuimos al panteón a enterrarla. Para mí ya no fue novedad: había vivido la experiencia del sepelio de Neto, mi hermanito.
"La cicatriz del coraje"
Simón estaba tan feo que ni las prostitutas lo querían. En una ocasión llegó con una herida en la mejilla. Mi papá le preguntó: —¿Qué te pasó en la cara?
Simón contestó: —Le pagué a una puta, pero cuando me vio me dijo: "Te devuelvo el dinero, pero no me acuesto contigo". Me dio tanto coraje que la cacheteé. Ella sacó un verduguillo y me tasajeó la cara.
Pobre hombre. Se quedó con las ganas y, de pilón, herido. La cicatriz le recordaba siempre aquel momento, y cada vez que se la veía se moría del coraje de acordarse.
"El miedo al embrujo"
Concha era muy amiga de la Ceba, la que le quitó el marido a mi tía. Un muchacho le dijo a la Ceba: —Tú eres muy amiga de Concha, ¿verdad? Llévale esta naranja. No le digas que yo se la mando. Deja que se la coma ella sola.
Así lo hizo. Concha se comió la naranja pensando que era un regalo de su amiga. A los tres días se puso muy enferma. La llevaron al médico, pero él dijo: —Esta muchacha no tiene nada.
Sin embargo, Concha seguía grave. Los parientes cercanos, entre ellos mi mamá, le decían a mi tía: —Llévala a curar de embrujo. —¡Cómo creen! Yo no creo en esas cosas, eso es del diablo.
Pero Concha empeoraba. Al fin la llevaron con un curandero. Este les dijo: —¿Por qué la trajo hasta ahora? Ya no puedo hacer nada. Es demasiado tarde. Solo un milagro la puede salvar.
La muchacha sufrió mucho. Se decía que rebuznaba como burro, que la cara se le hizo como de caballo, que los brazos le crecieron al tamaño de las piernas. Yo no lo vi. Me asomé a verla envuelta en una sábana, solo la cara descubierta. No vi cara de caballo, quizá lo decían porque tenía los dientes de fuera. Yo, en la actualidad, no creo en esas cosas, pero respeto a quienes sí creen.
Después se supo que el hombre que la embrujó había dicho: —Si esta mujer no es para mí, no será para nadie.
Parece de película, pero así pasó.
Reflexión:
Este episodio me enseñó que la enfermedad, cuando no se entiende, se convierte en superstición. La naranja se volvió símbolo de embrujo, y la comunidad interpretó el sufrimiento de Concha como señales sobrenaturales. Hoy sé que la realidad era otra, pero también sé que esas creencias eran parte de nuestra cultura y de la manera en que la gente enfrentaba lo inexplicable.
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Pasajes de mi infancia
SachbücherIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
