¿Quién dijo que iba a ser fácil? Es obvio que cuanta más gente quieres más más esfuerzos tienes que hacer para protegerlos, pero no poder hablar... No poder hacer públicas tus intenciones puede ser el punto de inflexión en tu vida. Ha riesgo de perd...
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Aquella tarde hacía un calor abrasador, pero la brisa marina parecía mitigar las altas temperaturas mientras caminábamos por aquella playa.
Algún que otro descontento gruñido escapaba de mis labios mientras la arena se hundía bajo mis pies y se metía en mis zapatos de charol rojo.
Mis ojos no podían dejar de ver con envidia a todas aquellas personas que reían y chillaban mientras chapoteaban en el agua, haciendo que una gran envidia recorriera mi cuerpo.
—Papá, ¿podemos meternos?
La inocente pregunta se deslizó de mis labios mientras mis ojos subían hasta el serio rostro de mi padre y Viggo apretaba con fuerza mi mano entre sus dedos.
—Haced lo que queráis.
Ante la escueta frase de papá, compartí una amplia sonrisa con Viggo y me dejé arrastrar por él hasta la orilla del mar, donde dejamos abandonados nuestros zapatos y hundimos nuestros pies en el agua.
—Está fría —susurré emocionada, acuclillándome para meter mis manos en el agua.
—Te estás mojando el vestido, Lie.
Inmediatamente alcé mi trasero lo suficiente para poder ver que mi hermano tenía toda la razón, sin embargo, en ese momento algo llamó mi atención, haciendo que señalara encandilada lo que mis ojos habían identificado prácticamente enterrado en la arena a varios pasos de nuestra posición.
—Mira, Viggo —volví a susurrar.
—¿La quieres? —preguntó él con suavidad, haciendo que asintiera frenética con mi cabeza.
Viggo estiró sus labios en una hermosa sonrisa que consiguió que mi corazón bombeara con fuerza en mi pecho mientras veía cómo se adentraba en el agua y se agachaba para sacar la concha que había llamado mi atención, volviendo a acercarse a mí para tendérmela.
—Se la voy a regalar a mamá —aseguré.
Saliendo del agua, corrí de nuevo a papá estirando mis labios en una amplia sonrisa mientras entre dos dedos sujetaba la concha y la extendía hacia él.
—Papá, ¿crees que le gustará a mamá?
—Seguro —murmuró él.
Lejos de molestarse en ver qué era lo que sujetaba en mi mano, él no despegó sus ojos de algún punto a mi espalda, haciendo que siguiera la dirección de su mirada hasta mi hermano para ver cómo se agachaba y recogía mis zapatos junto a los suyos.
—Volvamos, os habéis empapado la ropa.
Dejándome guiar por Viggo, volvimos a caminar por la arena hasta llegar junto a mamá, que nos esperaba sentada en un banco con sus ojos cerrados y su rostro alzado al cielo, mientras la brisa marítima despeinaba su cabello.
—¡Mamá! —chillé con energía.
En el momento en el que ella abrió sus ojos y nos dedicó una amplia sonrisa, me libré del agarre de mi hermano y corrí hacia ella, ignorando las piedrecillas que se clavaban en mis pies descalzos, y me lancé a sus brazos.