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Me acostumbré a la soledad a muy corta edad.


Solía caminar desde la escuela hasta casa todos los días veinte minutos porque mis padres estaban ocupados. También lo hacía cuando llovía o tronaba, hasta cuando el termómetro tocaba los cuarenta grados.

Solo... me adapté a mi vida.

Día tras día, mi padre nos contaba anécdotas de su trabajo a mi madre y a mí y lo feliz que le hacía ver sonreír a sus pacientes.

Yo soñaba con hacerle sonreír de la misma manera en la que lo hacía al hablar de los niños a los que trataba.

No recuerdo el día, pero sí que me acuerdo de la primera vez que hice arroz sin quemarlo. Sí, lo recuerdo bien... Tenía nueve años. Estuve tan orgulloso, que guardé dos raciones en el microondas para que mis padres no tuvieran que cocinar cuando volvieran de trabajar con una nota. Me fui a dormir y al día siguiente desperté con una sonrisa en la cara. Bajé a la cocina y les pregunté a mis padres si les había gustado el arroz que les preparé.

—¿Arroz? ¿Tú hiciste arroz?

¿Por qué parecía que mi padre no me creía capaz?

Abrí el microondas y vi que allí seguían los dos boles de arroz. No quise darle importancia: seguramente fue mi culpa por no escribir una nota más bonita.

Mi padre se fue a trabajar como cada mañana y yo me aburría. Era sábado, y mis amigos solían ir al parque a jugar. Pensé que como mi madre no trabajaba ese día, no le importaría llevarme un rato.

—Taehyung, voy a hacer yoga, ¿otro día, vale?

—Ah... Está bien.

No lo estaba.

No estaba bien, pero esa era mi respuesta para todo.

Jugué yo solo en mi habitación toda la mañana, imaginando que estaba con los otros niños. Mi madre llamó a mi puerta y me dijo que se iba a comer con unas amigas y que tenía kimchi en la nevera. Le deseé que se lo pasara bien como siempre hacía y seguí imaginando historias con mis muñecos.

—¡Te queremos mucho, hijo! ¡Estamos orgullosos de ti!

—¡Yo también os quiero!

Eso siempre me hacía feliz.

Creaba a los padres que nunca tuve en mi imaginación.

Me entró hambre al cabo de un rato y decidí bajar a comer. Abrí la nevera y vi el tuper de kimchi. No lo quería porque mi arroz se pondría malo si alguien no se lo comía. Cogí uno de los boles y le puse papel de plástico por encima mientras el otro se calentaba. Lo guardé en la nevera y preparé la mesa con mi vaso preferido: uno transparente con perritos marrones. Cuando tuve el bol de arroz en las manos, algo dentro de mí hizo presión. Quizás es que el arroz no había quedado tan bueno y por eso mis padres no se lo habían comido.

Pero yo seguía orgulloso.

Y aunque me doliera, me comí la porción que dejé para mi padre.


Por culpa de mis padres, Jungkook se molestó al día siguiente conmigo y dejó de hablarme.

Me enfadé mucho, y cuando llegué a casa después de las clases, ignoré a mi padre, pero él solo se preocupó en comer y volver a irse al trabajo.

Volvía a estar solo y ya no me gustaba tanto.

Llegó el treinta de diciembre. Estaba feliz porque Jungkook me perdonó y porque conocí a otro niño muy agradable de mejillas grandes. Se llamaba Jimin. Pero, sobre todo, estaba feliz porque por fin podría enseñar mis dos manos cuando alguien me preguntara por mi edad.

Era mi día especial.

No esperaba que mis padres vinieran a mi habitación, tomando cada mano de una niña con flequillo.

—Hoy es un día muy especial—yo ya lo sabía—. Te presento a Su-ji, tu hermanita. Tiene siete años.

Era mi puto día especial.

Y yo no era el protagonista.

Su-ji me saludó con su pequeña mano sin yo poder hacer lo mismo. No la quería en mi habitación. No quería a nadie.

Pero ese día, mis padres sonrieron más que en los diez años que tenía de vida, así que di por hecho que buscaban en esa niña lo que no había en mí porque desde ese momento, las cosas cambiaron en mi casa. Mi padre pidió tener todo el fin de semana libre y ahora lo aprovechaba para llevarnos a todos de excursión.

Su-ji empezó a ir a mi colegio y mi padre siempre venía a recogernos.

—¿Qué tal el día, niños?

A mí nunca me preguntó por mi día. Por su culpa nunca supe expresarme, y por su culpa siempre me pregunté por qué.

¿Qué hice mal?


Pasaron cinco años. Llegué a tener una gran afinidad con Su-ji. Ella me contaba cosas de su antigua familia y siempre reía, vestía con colores vivos y prendas de su talla y cada día se hacía un peinado diferente para ir al instituto. Era todo lo contrario a mí. Con suerte, esa semana me cambié de camisa.

Mi hermana tenía trece años cuando la acosaron por primera vez en los baños del instituto.

—Joder, qué tetas...

Los niños de esa época la celaban como putos animales.

Taehyungie, tengo miedo.

—Tranquila, no dejaré que nadie te toque.

Nunca olvidaré la primera vez que la vi llorar, entonces supe que nunca podría dejarla ir. Ella fue mi salvación cuando creí que era todo lo contrario. Fue cuando la vi vistiendo con una sonrisa mis camisetas que entendí que estaría perdido sin ella.

Volvería a sentirme solo.

Y volvería a querer suicidarme.

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~Black Swan~ (BTS) (FINALIZADA)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora