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El atardecer teñía de tonos naranjas y rojos el cielo de Seúl cuando el Dr. Kim recibió una llamada en su oficina. Su asistente le informó que dos personas estaban allí para verlo, y que uno de ellos se había identificado como Jun-seok. Una sonrisa ladina se formó en el rostro de Kim al escuchar el nombre. Con un tono despreocupado, le dijo a su asistente que los dejara pasar.

Hye-jin fue la primera en entrar. Aunque su rostro estaba tenso y sus ojos llenos de furia, se contuvo, respirando profundamente para no perder el control. Sin embargo, cada fibra de su ser temblaba con el deseo de hacer pagar a Kim por lo que le había hecho a su hijo.

El Dr. Kim la observó con una calma inquietante, casi disfrutando de su desesperación. Poco después, Jun-seok entró en la habitación. Cerró la puerta detrás de él y se mantuvo firme, mirando directamente a los ojos de Kim.

El silencio entre los tres era casi palpable, hasta que finalmente Jun-seok rompió la tensión con una voz firme pero cargada de desesperación.

—Quiero comprar a Seojun —declaró sin rodeos—. La cantidad de dinero no me importa, sólo quiero sacarlo de aquí.

Kim levantó una ceja, sorprendido por la propuesta, aunque su sonrisa no se desvaneció.

—¿Comprar a Seojun? —repitió el Dr. Kim, con una risa suave y burlona—. ¿Realmente crees que puedes comprar a tu hijo como si fuera un objeto, Jun-seok?

Hye-jin apretó los puños al escuchar la frialdad con la que Kim se refería a su hijo, pero antes de que pudiera decir algo, Jun-seok continuó, su voz temblando ligeramente.

—Haré lo que sea necesario para que Seojun salga de aquí, para que vuelva a casa con nosotros. Tú y yo sabemos que este experimento ha ido demasiado lejos. Él es mi hijo, no un juguete para tus investigaciones.

Kim observó a Jun-seok durante unos instantes, evaluando cada palabra, cada expresión. La situación era curiosa para él; después de todo, Jun-seok había sido quien entregó a su hijo para estos experimentos. Pero ahora, verlo dispuesto a pagar cualquier precio para recuperarlo le resultaba casi divertido.

—¿De verdad crees que Seojun puede simplemente volver a casa y vivir una vida normal después de todo lo que ha pasado? —preguntó Kim con una sonrisa cínica—. ¿Crees que puedes revertir lo que se ha hecho con dinero?

Jun-seok sintió un peso en el pecho, sabiendo que había verdad en las palabras de Kim. Pero no tenía otra opción. Había cometido un error terrible al permitir que Seojun cayera en las manos de Kim, y ahora estaba dispuesto a cualquier cosa para enmendarlo.

—No me importa lo que pienses —dijo Jun-seok con determinación—. No me importa lo que cueste o lo que tenga que hacer. Seojun es mi hijo, y lo llevaré de vuelta a casa, donde pertenece.

El Dr. Kim se levantó lentamente de su silla y caminó hacia la ventana, mirando hacia el horizonte con las manos cruzadas detrás de su espalda.

—No es tan simple, Jun-seok —murmuró, sin girarse para mirarlo—. Seojun no es el mismo niño que conocías. Lo que he hecho con él no se puede deshacer, y no creo que él siquiera quiera volver contigo.

Hye-jin dio un paso adelante, su voz llena de dolor y rabia.

—¡Basta! —gritó—. No me importa lo que le hayas hecho, ¡él sigue siendo nuestro hijo! ¡Y lo vamos a sacar de aquí, te guste o no!

El Dr. Kim se dio la vuelta, finalmente mirándola a los ojos.

—Puedo dejarles verlo —dijo Kim, como si estuviera considerando una opción menor—, pero antes de tomar cualquier decisión, deben entender en qué se ha convertido su hijo. Si después de eso, siguen queriendo "comprarlo", podemos hablar de términos.

Jun-seok intercambió una mirada con Hye-jin, ambos con un miedo y una determinación compartida. Sabían que las palabras de Kim no presagiaban nada bueno, pero no podían darse el lujo de perder la oportunidad de ver a Seojun, de tratar de salvarlo.

—Queremos verlo —dijo Jun-seok, su voz firme—. Ahora.

Kim sonrió, sabiendo que, una vez que vieran en lo que Seojun se había convertido, el hombre que lo había entregado por ambición podría arrepentirse de su decisión. Pero con un gesto, indicó a la asistente que los llevara al laboratorio.

—Síganme —dijo Kim, caminando hacia la puerta con los padres de Seojun siguiéndolo de cerca, cada paso lleno de la incertidumbre de lo que estaban a punto de enfrentar.

Mientras se dirigían hacia la sala donde Seojun estaba retenido, Hye-jin y Jun-seok no podían dejar de temblar, preguntándose si, después de todo, realmente podrían recuperar a su hijo.

Ambos padres caminaron lentamente, sus corazones latiendo con fuerza, hasta llegar a la puerta que daba a la sala donde estaba Seojun. La tensión en el aire era palpable. Hye-jin y Jun-seok se miraron, compartiendo un instante de miedo y esperanza antes de que la puerta se abriera con un chirrido metálico.

Entraron en una sala de observación, desde donde podían ver a través de un gran vidrio una habitación blanca y estéril. No había nada en ella excepto una cama, y la frialdad del lugar les causó un escalofrío. Mientras observaban la escena, la puerta detrás de ellos se cerró de golpe, haciendo eco en la sala vacía.

El sonido despertó a la figura que yacía en la cama. Seojun—o Haneul, como ahora lo conocían—se levantó lentamente, sus movimientos torpes como si estuviera acostumbrado a la quietud. Su cabello blanco y su piel pálida contrastaban con el frío de la habitación. Sus ojos azules, vacíos y distantes, buscaron la fuente del ruido.

Hye-jin sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. No pudo contener la oleada de emociones que la golpeó, llevando una mano temblorosa a su boca mientras intentaba ahogar un sollozo. Este no era el hijo que recordaba, el pequeño Seojun con los ojos oscuros llenos de vida. Ante ella había un extraño, un joven irreconocible que parecía una sombra del niño que una vez conoció.

Jun-seok, a pesar del dolor que sentía al ver a su hijo en ese estado, dio un paso hacia adelante, decidido a alcanzarlo. Con voz temblorosa pero cargada de esperanza, lo llamó por su nombre.

—Seojun... —dijo, con la esperanza de que aquel nombre despertara algo en él—. Hijo, soy yo, papá.

Haneul parpadeó, confundido, mientras sus ojos se fijaban en el hombre que se acercaba. El nombre no le resultaba familiar, y su rostro no despertaba en él ningún recuerdo. Miró a Jun-seok con una mezcla de desorientación y recelo, como si no pudiera comprender quién era ese extraño que lo llamaba con tanta familiaridad.

Hye-jin, sin poder soportarlo más, se negó a aceptar lo que veía. Sus lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, cayendo en silencio mientras negaba con la cabeza.

—Ese no puede ser mi hijo... —susurró, su voz rota por el dolor—. No puede ser Seojun...

Jun-seok miró a su esposa, sintiendo su dolor como si fuera el suyo propio, pero trató de mantenerse firme. Se arrodilló frente a Haneul, manteniendo su mirada fija en él.

—Seojun, hijo mío... —repitió con suavidad—. Por favor, míranos. Somos mamá y papá.

Haneul retrocedió un paso, su cuerpo tenso por la confusión y el miedo. Estas personas hablaban como si lo conocieran, como si fueran importantes para él, pero su mente no podía asociar sus rostros ni sus voces con ningún recuerdo. Era como si esos nombres y esas palabras estuvieran vacías, sin significado para él.

Hye-jin, viendo el rechazo y la confusión en los ojos de su hijo, sintió cómo su corazón se rompía aún más. A pesar de todo, no podía dejar de llorar, lamentando la pérdida del niño que alguna vez fue Seojun.

—¿Qué te han hecho, mi amor? —sollozó, incapaz de soportar la distancia entre ellos—. ¿Qué te han hecho?

Pero Haneul solo se apartó más, sin poder comprender el dolor de su madre, ni el arrepentimiento de su padre. Para él, esos rostros no significaban nada, solo eran dos más en el mar de confusión que había invadido su mente desde que despertó en ese lugar.

The power of fateHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora