capitulo 26

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Derek

El disparo retumbó en la habitación. Apagando la risa de ese malnacido. Vi el cuerpo de ese maldito cerdo cayendo al suelo, su cráneo destrozado como una maldita calabaza aplastada. Pero, ¿qué me importaba ese hijo de puta ahora? La verdadera razón por la que respiraba, por la que mi cuerpo seguía en pie, era ella. Aliana.

…..

En el momento en que Aliana se fue, como si no soportara tenerme cerca, me quebró. Esa mirada, llena de algo que no supe descifrar… Dolor, miedo, rabia. Y si, yo había cometido un error. Ni siquiera me dejó la oportunidad de explicarme. Simplemente se esfumó, dejándome con un vacío que ardía en mi pecho como si me hubieran arrancado el alma.

Estaba cegado por mi rabia, por mi propia maldita incompetencia. Pensaba en cómo recuperarla, en cómo encontrarla antes de que el maldito mundo se me viniera encima. Pero lo único que tenía era el eco de mi propio fracaso resonando en mi mente. Ella se había escapado, y sin un teléfono, sin una forma de contacto, el rastro de ella se desvaneció en el aire como humo.

Me sentí estúpido. Ciego. ¿Cómo demonios no me di cuenta? El taxi, ese maldito taxi sin matrícula… ¿Cómo no lo vi? ¿Quién demonios lo había organizado? No era una coincidencia, eso estaba claro. No con todo lo que estaba pasando.

Apreté los puños con tanta fuerza que los nudillos me dolieron. Cada fibra de mi cuerpo gritaba por salir corriendo tras ella, pero no había hacia dónde correr. Estaba atrapado en un juego en el que siempre iba un paso atrás. Y eso, para alguien como yo, era insoportable.

Aliana no era alguien fácil de rastrear. Sabía esconderse, sabía desaparecer. Pero no era solo ella. Había alguien más detrás de esto, alguien que había preparado su salida con una precisión que me hacía hervir la sangre. Esto no era un acto impulsivo. Era un maldito plan.

Respiré hondo, tratando de calmar la tormenta en mi interior. No podía dejar que las emociones me cegaran más. Si quería encontrarla, tenía que pensar como ella. Fría, calculadora, siempre un paso adelante.

—Vanessa— pensé de inmediato. Si alguien podía desentrañar este caos, era ella.

Tuve que recurrir a Vanessa. Sí, Vanessa Wilder, no era una chica cualquiera, y yo lo sabía. Era una maldita hacker. Y no una cualquiera. Pero jamás pensé que lo haría tan rápido, tan... eficiente. En poco tiempo, ya tenía toda la información que necesitaba. Aliana estaba en ese hotel. Maldita sea. 

Hora y media de carretera no eran una opción, no con mi mente destrozada y la furia ardiendo en cada músculo de mi cuerpo. Ordené un helicóptero. En minutos ya estábamos en el aire, mientras mis hombres por tierra iban cerrando la zona. Los mapas desplegados en las pantallas dentro del helicóptero mostraban cada entrada y salida del hotel. Todo debía estar controlado antes de llegar. No habría errores. 

Pero justo antes de aterrizar, Adrián me llamó. Su voz era tranquila, casi estoica, pero la tensión era palpable. Aliana había sido vista entrando al hotel, y ahora Iris tenía las malditas fotos en su teléfono. Eso solo significaba una cosa: nos estaban vigilando. Esta ya no era una simple búsqueda ni una maldita misión. Esto era guerra. 

El helicóptero descendió en el campo trasero del hotel, un terreno amplio que ahora era nuestro campo de batalla. Mis hombres ya estaban allí, posicionados, armas listas. Los vehículos terrestres bloqueaban las carreteras, cerrando cualquier posibilidad de escape. —Nadie entra ni sale sin mi permiso—, ordené al bajar del helicóptero. 

El aire estaba cargado de tensión, como si todo estuviera a punto de estallar. Y estalló. 

Los primeros disparos vinieron desde el lado oeste del hotel. —¡Fuego en la entrada!—gritó alguien por el comunicador.

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