Capitulo 31

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Mikhail

Me retiro del maldito almacén con pasos largos y pesados, como si cada uno pudiera partir el suelo bajo mis pies. Estoy echando humo por las orejas. Rick. Ese maldito bastardo. Es inteligente, demasiado para mi gusto, y tiene un talento especial para meterse bajo mi piel. Siempre tan tranquilo, tan seguro de sí mismo. Es el tipo de hombre que podría ganarse el cielo y decidir quemarlo por diversión.

Baya hombre que Iris tiene como su perro faldero. Si no fuera porque ella confía en él, ya estaría hundido en el fondo del maldito mar, amarrado a una pesa del tobillo. Pero no. Lo dejé respirar un poco más. Por ahora. Ese idiota tuvo el descaro de decirme, prácticamente en mi cara, que sabe quién soy. Que sabe lo que soy capaz de hacer cuando alguien estorba en mi camino. Y claro que puedo deshacerme de lo que sea que estorbe en mi camino. Cree que me desharé de Iris por qué está en mi camino, por qué es esposa de Adrián. Y Rick ve por la seguridad de Iris. Cree que represento una amenaza. Osea sí. Pero no para ella.

Entro rápido a mi auto, mi Aston Martin. Iris sugirió que tomara el autos de su esposo. Ridículo. Así que traje mi auto, aunque tuve que dejar que otro hombre lo condujera mientras yo manejaba el tanque. Ahora vuelvo a estar al volante, acelerando como si pudiera dejar mi rabia en el asfalto.

El club aparece frente a mí en cuestión de minutos. Joder, es la segunda vez que vengo aquí. Necesito distraerme. Otro club queda cerca. Pero algo me llama a este lugar. Horrendo a mí parecer, pero es tranquilo. Estoy por dar la vuelta pero por fin me decido por este. Da igual. Necesito un maldito descanso. Estoy cansado. No he hecho nada pero lo estoy.

Al llegar, me detengo frente al edificio y me acomodo el traje. Sí, traje. Al trabajar con Iris, hay reglas, y una de ellas es vestir como si cada día fuera una negociación de millones. Odio los trajes. Pero me Los pongo. Por ahora.

Entro al club y dejo que el ambiente cargado de luces y música pesada me envuelva. No hay muchas personas, lo que es perfecto. Sin multitudes, sin idiotas ruidosos. Me fijo en el escenario y el tubo en el centro. Eso no estaba la última vez que vine. Pero no me importa. Me acerco a la barra y tomo asiento, ordenando algo fuerte, algo que me queme la garganta y me devuelva un poco de calma.

El bartender coloca mi trago frente a mí, y lo tomo, ignorando todo a mi alrededor. Estoy aquí para desconectar. Nada más.

Pero incluso mientras tomo el primer sorbo, sé que el maldito Rick sigue rondando en mi cabeza.

—¿Quieres compañía?—la voz de una mujer llega a mis oídos. Esta aún lado de mi pero no la miro. No respondo.

—¿Qué hace un hombre demasiado atractivo aquí solo?

—Me gusta la tranquilidad. Y la acabas de arruinar en el momento que apareciste-no la miro

—Vaya, qué rudo —dice con un tono que seguramente pretende ser coqueto, pero solo me irrita más—. Quizá te haría bien algo de compañía, ¿no crees?

Dejo el vaso sobre la barra con más fuerza de la necesaria y finalmente la miro, solo para dejar claro que no tengo interés. Es bonita, supongo. O al menos lo sería si no estuviera sonriendo como si el mundo girara a su alrededor.

—¿Sabes? Hay algo que puedes hacer por mí —digo, inclinándome un poco hacia ella. Sus ojos brillan, probablemente pensando que le voy a soltar alguna línea barata.

—Dime.

—Desaparecer.

Su sonrisa se congela por un segundo, como si no estuviera acostumbrada a que la rechacen. Es casi gracioso.

—Eres un idiota—escupe finalmente, cruzándose de brazos.

—Y tú una pérdida de tiempo. Así que estamos a mano —respondo, llevándome el vaso a los labios de nuevo.

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora