Iris
El silencio durante el trayecto fue insoportable. Jonathan no dijo una sola palabra, solo miraba por la ventana, con los ojos vidriosos, hasta que al entrar al elevador rompió en llanto. No fue un sollozo contenido ni un gemido leve, fue un llanto de rabia, de frustración. Golpeó la pared metálica con el puño cerrado, murmurando maldiciones entre dientes, y yo solo pude quedarme a su lado, deseando poder hacer algo más que observar cómo se desmoronaba.
Ahora, ya en el departamento, el ambiente se siente extraño, denso. La ciudad brilla a través de los ventanales, pero aquí dentro solo hay ruido: el de la carne al cocerse, el del cuchillo contra la tabla, el del corcho del vino que Jonathan acaba de abrir sin pensarlo dos veces.
Jonathan está sentado en la barra, la copa de vino medio vacío. No deja de hablar, su voz entrecortada se mezcla con el chisporroteo de la sartén.
—No lo entiendo, Iris… dijo que jamás fuimos algo. Así, tan simple. “Jamás fuimos algo”, ¿puedes creerlo? —ríe amargamente—. Y yo, el imbécil, pensando que por fin había encontrado algo real.
Sus ojos están rojos, hinchados, y me duele verlo así. Le paso una servilleta, aunque sé que no la va a usar.
—Jonathan… él estaba furioso, ya sabes cómo es. No lo dijo en serio.
—Sí lo dijo —Toma otro trago, el hielo choca contra el cristal—. Y duele más porque sé que lo dijo con cada maldita letra.
Sigo moviendo la pasta en la sartén, el olor de la crema con mantequilla y ajo llena el aire. Giró la pasta una y otra vez para que no se pegue. Ilena, sentada en la barra, me observa en silencio. Lleva el cabello trenzado, húmedo y el rostro aún tiene una pequeña marca del “entrenamiento”, pero su mirada… su mirada está tranquila, curiosa.
Le curé sus heridas después de que se diera una ducha, pensé que diría que no, que ella podía hacerlo pero… solo se dejó, pero había algo de verguenza en su rostro. No entiendo por qué.
—¿Quieres probar? —le pregunto, ofreciéndole una cucharada.
Ella asiente con un brillo en los ojos. Sopla un poco y prueba la pasta. Sus mejillas se llenan de color.
—¡Está buenísima! —exclama con una sonrisa pequeña antes de mirar de nuevo la sartén, mordiéndose el labio como si quisiera más pero no se atreviera a pedirlo.
Sonrío suavemente y le sirvo un poco en un plato pequeño.
—Solo un poco, ¿de acuerdo? Adrián vendrá pronto y cenaremos juntos.
Asiente feliz y empieza a comer despacio, con una delicadeza que enternece. Sus mejillas se mueven apenas mientras saborea cada bocado, disfrutándolo de verdad, escuchando a Jonathan llorar entre sorbos de vino. Es un contraste extraño: su llanto ahogado, el sonido del tenedor de Ilena contra el plato, el olor a romero y mantequilla.
—¿Sabes qué es lo peor? —dice Jonathan de pronto, con la voz temblorosa y la mirada perdida en el fondo de la copa—. Que aún lo amo. A pesar de todo… lo amo.
Me quedo quieta. El filete chisporrotea en la sartén, la mantequilla burbujea y el romero suelta su aroma, llenando la cocina con ese calor hogareño que no encaja con su tristeza. Jamás he consolado a alguien así. No sé por dónde empezar.
—Claro que lo amas —digo despacio—. No puedes dejar de hacerlo de un momento a otro. Deberían hablar, cuando ambos estén más tranquilos. —Intento sonreírle, aunque él parece no notarlo.
—¿Hablar? —ríe con ironía—. Me acaba de bloquear hasta del Candy Crush, Iris… ¿tú crees que quiera hablar? —Se empina el vaso y lo vacía de un trago—. Teníamos algo, lo teníamos, y lo arruinó todo.
ESTÁS LEYENDO
El Peso del Pasado
Romance⚠️ CONTENIDO, FUERTE Y EXPLÍCITO. NO APTO PARA MENORES DE 21 ⚠️ Un mundo de secretos, mentiras y sobretodo pasión. Dónde todos tienen una doble vida. Iris Wilder, una joven pintora, con un trauma psicológico. Adrián Carson, un hombre poderoso, el...
