Capitulo 44

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Rick

Tomo las maletas de Vanessa Wilder, la insoportable hermana de Iris. Perdón… mi jefa. Encontrarla fue un problema, traerla aquí a este maldito hotel también lo fue. Son las tres de la madrugada, aún seguimos en Nueva York. No hay otra habitación disponible y estoy cansado. Sí, puedo aguantar más, pero esta vez simplemente no quiero.

La mocosa creyó que podía huir. En cuanto me vio, salió corriendo como si de verdad pudiera escapar. Sabe quién soy y sabe para quién trabajo. Tal vez pensó que Iris la dejaría en paz, que la dejaría seguir con su patética vida, pero Iris tiene otros planes. Y yo solo acato órdenes. Lo que no entiende es que no tiene idea de quién es en realidad su hermana, ni de lo importante que resulta para ella.

Aliana me dio la dirección donde la tenía escondida de Mikhail y Hugo. Un aparato con la ubicación de su teléfono hizo el resto. Para cuando llegué, Vanessa ya corría con una maleta y terminó metiéndose en un club en cuanto me vio, como si aquello fuera una guarida segura. Provocó un escándalo. Todos querían “protegerla” cuando gritó que la acosaba. Seguridad, imbéciles con aires de héroes… todos contra mí. Y ella, claro, creyéndose a salvo, disfrutando del espectáculo con una sonrisa estúpida. Se le borró la sonrisa cuando me vio romper cuellos y usar mi pistola para adornar sus cabezas. La sangre salpicaba por todas partes, un espectáculo grotesco que disfruté cada segundo. Sí, me dieron golpes, costillas, espalda, incluso me partieron una silla encima. Sigo de pie. Supongo que es la furia, el odio puro, lo que me mantiene vivo. Y la promesa de hacerla pagar por cada segundo de este infierno.

La esposé en medio del caos. No iba a dejar que volviera a correr. Ahora tiembla como cachorro asustado porque me vio matar a tantos, pero la verdad es que todos murieron por su culpa. Si no hubiera escapado, seguirían respirando.

Camina a mi lado a rastras, esposada a mi brazo izquierdo. Cada vez que se resiste, tiro de ella y le arranco un gemido de dolor que me resulta… satisfactorio.

—¿Puedes ser menos brusco? —Se me adelanta, bloqueándome el paso. Sus ojos verdes brillan de furia, aunque el dolor físico los apaga.

—¿Puedes callarte?

—No. Me estás reteniendo contra mi voluntad. Es un crimen.

La aparto de un empujón. Lleva todo el camino repitiendo la misma basura: crímenes, leyes, derechos. No entiende nada.

Por fin llegamos a la única habitación libre. Abro con la llave y la meto de un tirón.

—¿Una cama? —Pregunta al ver el cuarto.

—Por desgracia. Preferiría dormir a kilómetros de ti, pero esto es lo que hay. Mi infierno personal.

—Eres un idiota —me pisa las botas. Ruedo los ojos—. Ahora, quítame esto. Me lastima. No voy a huir.

Sonrío. Podría liberarla en un segundo, pero no pienso hacerlo. Soy el encargado de la seguridad de Iris por una razón: nada se me escapa. Y mucho menos una mocosa testaruda.

—No tengo la llave. Tendremos que estar así hasta mañana —miento. Y disfruto al ver su expresión.

—Eres un completo estúpido. ¿Cómo voy a ducharme? ¿Cómo se supone que vaya al baño? —Su voz tiembla de furia.

—Puedo vendarme los ojos. ¿Siempre te complicas tanto la existencia? ¿Sueles complicarsela también a los demás? —Respondo con desdén, hundiéndome en la cama y arrastrándola conmigo. El tirón nos acerca pero ella toma distancia.

Se gira de golpe, los ojos verdes ardiendo, la respiración entrecortada.

—¡Odio esto! ¡Odio que me trates como si fuera un maldito paquete! —Escupe las palabras, ya no está lejos, apenas está a centímetros de mi boca.

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora