Iris
La habitación está sumida en la oscuridad, solo la luz fría de las pantallas ilumina mi rostro, una escena de pura concentración. El sonido constante de los teclados y los ventiladores de las computadoras crean una sinfonía en la que cada pulsación de tecla es un paso más hacia el objetivo. Estoy rodeada por un mar de pantallas, cada una mostrando líneas de código, mapas de servidores, datos confidenciales que se cruzan en tiempo real. Aquí, en este santuario secreto, soy invencible.
Mis dedos se mueven con velocidad imparable, recorriendo el teclado con precisión quirúrgica. En la pantalla principal, el sistema del FBI aparece frente a mí, tan seguro de sí mismo, tan imponente. Pero a mí no me asusta. He estado aquí antes. Lo que muchos consideran inquebrantable, yo lo rompo con facilidad.
El primer paso es crear una capa de niebla: una red de proxies que cubra mi conexión, ocultando mi ubicación real y enmascarando mis movimientos. Nadie podrá rastrear esto. Nadie.
Paso al siguiente nivel. Un par de líneas de código y la base de datos del FBI comienza a diluirse en un mar de información falsa. Es un juego de distracción. Un movimiento sutil y todo lo que buscan está cubierto por un manto de falsedades, y cuando logran detectar algo, es solo una sombra.
Pero eso no es suficiente. Mientras tanto, en mi otro monitor, la falsa misión confidencial para Derek se va construyendo, cada palabra perfectamente alineada con la jerga gubernamental. Estoy creando un documento que no se puede cuestionar. La misión es top secret, clasificada, y solo el gobierno tiene acceso. Nadie pondrá en duda su paradero.
Cada segundo cuenta. Mi mente se mueve a una velocidad impresionante, buscando, rompiendo, ocultando. El sistema va cambiando y adaptándose, pero mis manos no se detienen. Soy más rápida que cualquier firewall, más astuta que cualquier rastreo. Este es mi mundo, y ellos solo están aquí como intrusos, intentado alcanzarme.
A lo lejos, escucho la puerta abrirse, y sin siquiera mirar, sé que es Adrián. Ahora sabe sobre este lugar secreto en la mansión. Lo sabe hace unas horas por qué dije que tenía que seguir trabajando.
—¿Lo tienes?
—Casi —respondo, sin levantar la vista. Mis ojos están fijos en la pantalla, cada línea de código pasa frente a mí como una coreografía meticulosamente planeada. Me estoy acercando al final.
El documento se genera en silencio, oculto entre capas de encriptación. Un último comando, y ya está. El archivo está sellado y listo para ser depositado en las bases de datos del gobierno. Nadie podrá detectar que fue alterado. Nadie podrá rastrear el origen. Mi Derek está a salvo.
—Está hecho —digo con voz calmada, aunque mi corazón late rápido por la adrenalina.
Adrián se acerca, sus ojos fijos en mí, observando cómo la pantalla confirma que todo está bajo control. Ahora el sabe que soy imparable, y en este momento, es como si el mundo entero estuviera en mis manos.
—Bien hecho, cariño—dice con una sonrisa que mezcla admiración y respeto.
Las luces tenues de la habitación se reflejan en las múltiples pantallas frente a nosotros, los monitores parpadeando con información que apenas registro. No es porque no me interese, sino porque toda mi atención está en el hombre frente a mí.
—Siéntate, rey —le indico con un gesto hacia la silla junto a mí.
Adrián lo hace sin apartar sus ojos de los míos, con esa sonrisa ladeada que hace que mi piel se estremezca. Me muerdo el labio, disfrutando de su mirada, de la manera en que me devora sin disimulo. Solo me levanto para ir con el.
Me acomodo en sus piernas como si ese fuera mi trono. Mis caderas se amoldan a él, encajando a la perfección, como si nuestros cuerpos estuvieran hechos para esto. Mi falda se desliza un poco más arriba, dejando ver la curva de mis muslos, esa piel que sé que le enloquece. Sus ojos se oscurecen al recorrerme, y la forma en que traga saliva me dice que ya lo tengo donde quiero.
Llevo mis brazos alrededor de su cuello, mis dedos enredándose en su cabello, tirando apenas para que me mire directamente. Quiero que vea bien quién manda aquí.
—¿Y tú a dónde vas tan guapo, eh?
Su lengua se desliza por su labio inferior antes de responder.
—¿Celosa?
Sonrío, ladeando la cabeza como si me divirtiera su arrogancia.
—No, amor… —mi boca se acerca a su oído, mis labios rozando su piel caliente—. Solo te estoy recordando que lo que es mío, se queda conmigo.
Mis dedos descienden por su pecho, recorriendo cada línea firme de sus músculos, cada botón que desabrocho con lentitud. Él no dice nada, pero su respiración ya está cambiando. Bajo hasta su cinturón, soltando la hebilla.
—¿Vas a detenerme? —murmuro, mirándolo directo a los ojos, desafiándolo.
Su mano se aferra a mi muslo, subiendo bajo la falda, pero no me detiene. No puede.
—Eso pensé —susurro, mientras bajo la cremallera y deslizo la mano dentro de sus bóxers.
Lo encuentro duro, caliente, palpitante bajo mi palma. Su pecho se eleva bruscamente cuando mis dedos se enroscan en torno a él, moviéndose lento, muy lento. Quiero que lo sienta todo.
—¿Recuerdas quién te tiene así? —mi voz es baja, ronca, mientras mi ritmo se mantiene tortuosamente suave.
—Joder… —gruñe entre dientes, sus dedos apretándome más fuerte, clavándose en mi piel, pero ni así logra distraerme.
Me inclino sobre él, dejando que mis labios apenas rocen los suyos, sin darle el beso que tanto quiere.
—Dímelo —exijo con voz suave, pero firme—. Dime de quién eres.
—Eres una maldita… —su voz se corta cuando lo aprieto un poco más fuerte, girando la muñeca justo como sé que le gusta—. Tuyo… —susurra finalmente, con un tono roto que me hace sonreír de satisfacción.
—Eso me gusta escuchar —murmuro, antes de bajar mi boca por su cuello, dejando una marca en su piel que le recordará a quién pertenece.
Su mirada se clava en mí con una intensidad que me devora. Sus pupilas están dilatadas, sus labios apenas separados y su respiración se acelera, pesada y densa como el aire que nos rodea. Sus dedos siguen en mi muslo, subiendo sin prisa, como si tuviera todo el maldito tiempo del mundo para jugar conmigo.
—¿De verdad crees que puedes manejarme, Iris? —su voz es baja, peligrosa, como un cuchillo que te roza la piel antes de hundirse.
—No lo creo… —mi boca se acerca a la suya, rozando apenas sus labios—. Lo sé.
Su sonrisa se curva en ese gesto arrogante que siempre me enciende. Desliza mis bragas hacia un lado para poder tocar mi entrada, sentir la humedad que ya había. En un movimiento brusco sus dedos se hunden en mí, sin aviso, sin piedad.
—Mierda… —jadeo, aferrándome a sus hombros, mi cuerpo arqueándose contra el suyo.
—¿Qué pasa? —murmura junto a mi oído—. ¿No que tenías el control?
Su pulgar se desliza sobre mi clítoris y mi espalda se tensa. Un jadeo se me escapa, ahogado, pero no pienso ceder tan fácil. Aprieto su erección con la misma rabia que me está provocando, mi mano moviéndose con firmeza, sin darle tregua.
—¿Eso es todo lo que tienes? —le desafío, mordiéndome el labio para contener el gemido que amenaza con escapar.
Su respuesta es brutal. Sus dedos se hunden más fuerte, más profundo, con un ritmo que me quema por dentro. Su boca desciende por mi cuello, lamiendo mi piel.
—¿Quieres que pare? —susurra, su lengua trazando la línea de esa mordida.
—Ni se te ocurra —gruño, acelerando el ritmo de mi mano, sintiendo cómo su respiración se corta, cómo su pecho vibra con el esfuerzo de no perder el control.
—No juegues conmigo, Iris… —su voz es ronca, grave, casi una advertencia—. Porque cuando pierdo el control, no me detengo.
—Eso es justo lo que quiero —le gruño contra la boca antes de devorarlo en un beso desesperado, violento, sin espacio para la ternura.
Sus dedos se clavan más fuerte, su palma aplastándose contra mí, haciéndome temblar. Mi cuerpo responde con una fuerza que casi me deja sin aire, pero me niego a soltarlo primero. Aprieto su erección con más hambre, torturándolo hasta que lo escucho soltar un jadeo grave, gutural, que me hace sonreír contra sus labios.
Adrián acelera el ritmo, cada embestida de sus dedos más intensa, más profunda, más desesperada. Mi mis uñas se clavan en sus hombros y mi respiración se convierte en jadeos rotos que lucho por contener.
Abro los ojos y me encuentro con su mirada, oscura y ardiente, como un pozo sin fondo donde solo existo yo. Su boca está entreabierta, su pecho subiendo y bajando con fuerza, y esa expresión… joder, esa expresión de querer devorarme entera me enciende aún más.
Me inclino hacia él y atrapo su labio inferior entre mis dientes, tirando de él con esa mezcla perfecta de provocación y control. Él gruñe, ese sonido bajo y áspero que vibra en su garganta y me recorre entera. De pronto, su dedo se hunde aún más fuerte, más hondo, con una precisión brutal que me roba el aliento.
—Joder… —jadeo en su boca, con la voz rota y temblorosa.
Me aparto apenas para lamer la fina línea de sangre que dejó mi mordida en su labio. Mi lengua recorre la herida, lentamente. Su pecho vibra bajo mis labios, cada respiro suyo tan descontrolado como el mío.
—Definitivamente, deberían cerrar la puerta si van a coger.
La voz de Derek corta el aire como una cuchilla.
No me sobresalto, pero Adrián sí reacciona. Gruñe bajo, furioso, y gira la silla bruscamente, colocándose entre Derek y yo. Su espalda se vuelve mi escudo, ancha y firme, pero sus dedos... no se detienen. No. Sus dedos siguen dentro de mí, sus movimientos más lentos, más tortuosos, y su otra mano se aferra a mi muslo con tanta posesión que parece querer fundirme con él.
Derek está en el umbral, arqueando una ceja con esa expresión de burla cansada que solo él puede tener.
—Qué inoportuno —murmuro, sin apartar la mirada de él, y paso la lengua por mis labios.
Adrián, el cabrón, aprovecha justo ese momento para enterrar sus dedos una última vez, profundo, feroz, arrancándome un gemido ahogado que apenas consigo atrapar entre los dientes.
Mi cuerpo tiembla contra él, necesitada, frustrada, y justo cuando estoy a punto de rendirme a ese fuego que él mismo encendió... Adrián se retira. Sus dedos desaparecen, dejándome ardiendo, palpitante, al borde del abismo.
—Maldito... —mascullo entre dientes, sin aliento, mientras él se sostiene sus dedos entre mis muslos, su sonrisa torcida dibujándose en el rabillo de mis labios.
Derek suspira, pasándose una mano por el rostro como si tuviera que lidiar con niños problemáticos.
—Vamos, no tenemos toda la tarde, ojitos.
Y con eso, se marcha.
Adrián se inclina hacia mí, su boca rozando la mía en un murmullo bajo, oscuro, cargado de peligro.
—Cuando termine con ese imbécil... —sus dedos vuelven a subir por mi muslo, apenas tocándome, apenas recordándome lo cerca que estuve—... voy a terminar contigo. Y créeme, vas a rogarme que no me detenga.
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El Peso del Pasado
Romansa⚠️ CONTENIDO, FUERTE Y EXPLÍCITO. NO APTO PARA MENORES DE 21 ⚠️ Un mundo de secretos, mentiras y sobretodo pasión. Dónde todos tienen una doble vida. Iris Wilder, una joven pintora, con un trauma psicológico. Adrián Carson, un hombre poderoso, el...
