Capitulo 33.5

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Derek

La gente dice que secuestrar a una persona requiere planificación, un equipo, un maldito escuadrón con tácticas bien ensayadas.

Nosotros no necesitamos nada de eso.

Marcus, Martín y yo somos suficientes. No somos cualquier basura del bajo mundo que improvisa con pasamontañas y armas mal cargadas. Somos fríos, eficientes, precisos. No dejamos rastros, no dejamos testigos, no dejamos margen de error.

Pero con Iris… con Iris es distinto.

Porque ella no es una víctima. No es alguien que puedas tomar por sorpresa, no es una mujer que grite pidiendo ayuda. Ella pelea. Ella mata. Y si nos descuidamos, ella será quien nos meta en una maldita bolsa negra.

Por eso el plan es rápido. Sucio. Efectivo.

Adrián nos dio la orden.

No porque no pudiera hacerlo él mismo, sino porque sabe que Iris no lo va a escuchar. No después de lo que pasó. No después de que lo mandó al carajo (en pocas palabras) y dejó claro que no lo quería ver. Si él la llama, no va a contestar. Si la busca, lo va a esquivar.

Así que nosotros, como los buenos mejores amigos que somos, vamos a hacerle el favor de traerle a su bella esposa. A la fuerza si es necesario.

—¿Tenemos cuerdas? —pregunto, saliendo de la mansión de Adrián.

—Cuerdas, esposas, cadenas… sedante —responde Marcus.

Cadenas.

No.

—Las cadenas no —digo con firmeza. Marcus me mira de reojo, pero no cuestiona. Aliana e Iris… esas cadenas eran parte de su infierno. No vamos a traerle recuerdos que la hagan reaccionar peor de lo que ya lo hará. Vamos a secuestrarla, sí, pero hay límites. Aunque no lo parezca.—El sedante tal vez lo ocupemos.

Martín camina a mi lado, concentrado en el celular mientras habla con Vanessa. Es la única que puede rastrear a Iris. La única que tiene acceso a cada maldita cámara en la ciudad.

Vanessa, nuestra aliada sin yo saberlo.

Seguro se aburre en su jaula de oro. Qué vida tan patética.

—¿Adónde crees que vayan? —pregunta Martín.

Sonrío de lado. Frío. Segura.

—Créeme, lo sabremos pronto —digo, subiendo a mi bebé.

Marcus toma el volante. Martín va atrás. Yo en el asiento del copiloto.

El motor ruge.

Los engranajes del plan encajan a la perfección.

Iris no sabe lo que se le viene encima.

—Que comience el maldito show.


Iris

Rick se acomodó en la silla frente a mí, con la seguridad de quien cree saber más que el resto. No había miedo en sus ojos verdes, solo ese brillo molesto de quien está a punto de soltar algo grande y le gusta tener tu atención.

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora