Capítulo 46

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Mikhail

Siempre estoy un paso adelante. Siempre tengo un as bajo la manga, y ese as... es una carta envenenada. Conozco a mis enemigos, y mi dulce Iris es vulnerable. Sus emociones la traicionan. Sé que aún siente algo por mí, a pesar de mi vileza. Y eso, es una ventaja que explotaré.

En esa carta no hay ni una sombra de arrepentimiento. Algunas verdades, sí, pero enredadas con mis mentiras. Después de todo, soy el rey de la manipulación.

Mi ingenua hermana no tardará en caer en mi trampa. Es tan predecible... tan incapaz de ver la red que tejo a su alrededor. Solo un alma retorcida como la mía podría concebir algo así.

¿Debería llorar cuando venga? El teatro nunca fue mi fuerte, pero si es necesario para alcanzar mi objetivo... lo haré. Y mi objetivo es Iris, lejos de ese engendro de Adrián.

Ese hombre me repugna. No entiendo qué ve en ese monstruo. ¡Tantos hombres en el mundo! ¿Por qué fijarse en mi némesis?

Ojalá Adrián se hubiera estrellado contra las rocas en aquel acantilado...

No permitiré que mi mente se pierda en recuerdos dolorosos.

Solo quiero a Iris. Solo a ella.

Y luego, Aliana... será la siguiente. ¿Qué pasaría si elimino a los Miller, culpo a los Carson y al imbécil de Derek? ¿Vendría Aliana a mí? Tal vez buscaría una alianza para vengarse.

No, Aliana nunca se aliaría con nadie. Los considera inferiores, incapaces de igualar su fuerza y determinación. Nadie ha logrado ganarse su respeto.

Aliana, Aliana... te daré una lección que jamás olvidarás. Pero primero, debo ocuparme de mi hermana.

Nada ni nadie se interpondrá en mi camino. Lo hago por ella. Por el bien de Iris.

—(¡Ojalá te mueras, puto loco, psicópata, criminal, cerdo, asesino, trastornado!)—Layna grita desde el baño de mi habitación. Español. Siempre habla en inglés, cree que no entiendo su lengua. Qué ingenua. Jugaré con ella, como siempre.

Voy hacia el baño. Cometí un error una vez, pero no volverá a pasar. La encerré en mi habitación, en el baño. ¿Quién mejor que yo para vigilarla?

—Inglés, muñeca —ordeno cuando abro la puerta. Está atada a una silla, cómoda, por supuesto. Su cabello castaño está revuelto, como si alguien lo hubiera acariciado con demasiada brusquedad. Sus ojos destilan furia, su pecho se agita con cada respiración. Su blusa de tirantes delata sus curvas, al igual que los jeans ajustados. Y lo mejor, o peor, es que no lleva sujetador. Sus pezones se marcan en la tela verde oscura. Una visión tentadora.

—No te pedí que abrieras la puerta. Lo último que quiero es ver tu maldita cara —escupió en inglés. Su rostro está enrojecido por los gritos. Desde el cuello hasta las mejillas.

—Pensé que querías decírmelo a la cara.

—No, es mi forma de desahogarme. Cierra la maldita puerta. Ya me resigné a quedarme aquí para siempre.

—¿En serio?—Pregunto, fingiendo sorpresa.

—No. Ahora lárgate—gruñe, girando el rostro. Hay cansancio en su mirada, pero también una chispa de desafío que me prende fuego por dentro.

Sonrío. Me encanta provocarla.

—¿Sabes? Podríamos hacer esto más interesante —digo, acercándome a ella.

—Aléjate. No te me acerques—advierte, tensándose en la silla.

—¿Por qué no? ¿Te da miedo lo que podrías sentir si me dejas acercarme?

Sus ojos se clavan en los míos, desafiantes.

—No siento nada por ti. Nada más que asco.

—¿Eso es lo que te dices a ti misma para poder dormir por las noches?

Me inclino hacia ella, mi aliento rozando su oído.

—Sé que en el fondo te mueres por mí. Y yo por ti, Layna.

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora