Capitulo 51

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Iris

Adrián volvió a dormirse, y yo no. Bastaron apenas unos minutos para que su respiración se hiciera lenta, profunda, como si el cansancio lo hubiera vencido de golpe. En cambio yo seguía despierta, acostada a su lado, con la frente arrugada por la preocupación. Tenía el termómetro entre los dedos, mirándolo una y otra vez como si los números pudieran mentirme. La fiebre no había bajado… su cuerpo aún se movía inquieto, y de vez en cuando murmuraba cosas sin sentido, palabras entrecortadas que no podía entender.

Quizá soñaba. Quizá recordaba. O tal vez simplemente sufría en silencio, como siempre hacía.

A mi lado, Ilena dormía acurrucada contra él, hecha un ovillo, con el rostro hundido en las costillas de Adrián. A veces se movía, parecía igual fruncir el ceño igual que Adrián. Son iguales.

Me levanté despacio, con cuidado de no hacer ruido, y me arrodillé en la alfombra a un lado de la cama, justo en el mismo lugar donde estaba poniéndole paños fríos a Adrián. Pero esta vez haría otra cosa. No podía dormir sabiendo que su herida seguía sin limpiar. Él siempre se hace el fuerte, como si nada le doliera, como si sangrar fuera un hábito y no un peligro. Pero yo no podía dejarlo así.

Me fui hasta el baño por el botiquín. Tomé una gasa, el desinfectante y, con las manos temblorosas, retiré con delicadeza la venda vieja. El olor del antiséptico llenó la habitación, mezclado con ese aroma cálido suyo que tanto me calma. La herida seguía abierta, no demasiado profunda, pero el borde enrojecido me hizo fruncir el ceño. Pasé la gasa con suavidad, intentando no tocar más de lo necesario. Él se movió un poco, murmuró mi nombre entre sueños, y mi corazón se encogió.

—Shh… tranquilo —susurré, apenas un hilo de voz—. Solo quiero ayudarte.

Mientras lo hacía, sentí que me invadía una tristeza extraña, una que me dolía reconocer. Me di cuenta de que él siempre era quien me cuidaba, quien se desvelaba cuando yo tenía fiebre o pesadillas, quien me arropaba sin decir nada. Y yo… ¿qué hacía por él? ¿Qué había hecho, más allá de amarlo y preocuparme? Me dolía pensar que mi amor tal vez no era suficiente para alguien como él.

Pasé la gasa una vez más, limpiando el último rastro de sangre seca, y suspiré.

—Tú, en cambio, lo haces todo por mí… —murmuré, y las palabras me salieron rotas, temblorosas.

Me quedé mirándolo. Su ceño seguía fruncido incluso dormido, como si en sus sueños siguiera luchando con algo que no podía soltar. Le acaricié la mejilla, sintiendo el contraste entre su piel tibia y la mía.

A veces pienso que lo amo menos de lo que él me ama, y eso me duele. Pero no es porque no lo ame… Es solo que mi amor se siente más pequeño al lado del suyo. Sin embargo, lo amo. No por las cosas que ha hecho por mí, ni por cómo me ha protegido, ni por la manera en que me mira, sino porque lo amo en todo. En lo que es, en lo que calla, en sus manías, en sus silencios, en su forma de ser cuando nadie lo ve. Lo amo porque, simplemente, mi alma no sabe cómo no hacerlo.

Y, a veces, siento que hay algo más entre nosotros. Algo invisible, como un hilo que no se rompe aunque estemos lejos. Es una conexión que no sé explicar, como si mi corazón lo reconociera de antes… de otro tiempo, de otra vida, o de un recuerdo que no puedo alcanzar. A veces pienso que el destino ha estado jugando con nosotros desde siempre, que nuestras almas se buscaron incluso antes de conocernos.

Me quedé viéndolo en silencio, con los dedos rozando su cabello. En el fondo, sentía que había algo en él que me resultaba familiar, algo que me llamaba desde un lugar que no logro recordar. Y aunque no entiendo por qué, esa certeza me da calma. Como si saberlo fuera una verdad que ha existido siempre.

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora