Iris
—¿Alguien ha visto a Kevin? —Escucho decir a George, el chef, apenas bajo las escaleras.
Me acomodo el vestido mientras me acerco. Lo amo. No quiero quitármelo. Me hace sentir hermosa, segura... peligrosa, incluso.
—¿Kevin? ¿El de cabello naranja? —Pregunto con una sonrisa cortés, como si no recordara al idiota que hace poco me miró como si fuera un plato servido—. No, no lo he visto. ¿Pasó algo?
George frunce el ceño.
—No aparece desde que llegaron ustedes… Y no es de faltar sin avisar.
—Lo buscaremos. —Dice de pronto mi esposo, apareciendo detrás de mí como una sombra.
Su voz... no tiene ni una gota de interés. Seca. Casi... burlona. Me cruzo de brazos, y lo miro de reojo.
—¿Lo buscaremos? —Repito.
—Claro. —Dice encogiéndose de hombros—. Enviaré a los hombres a revisar toda la isla.
George asiente, agradecido, y se marcha.
Yo me quedo ahí, parada, clavando la mirada en su espalda ancha mientras él camina hacia la sala con esa calma que me crispa los nervios. Saca su teléfono.
Adrián
Kevin está muerto.
No desaparecido. No perdido. Muerto. Metido en ese maldito bote donde lo dejé, sin ojos, sin manos, sin lengua.
¿Por qué? Porque miró a mi esposa con hambre. Porque habló cuando debía quedarse callado. Porque respiró cerca de lo que es mío.
Y eso no lo permito.
Ahora todos lo buscan. Qué jodida comedia. Yo mismo ordené que lo buscaran. Como si me importara una mierda.
No voy a mover un dedo. No pienso encontrar nada. Y si alguien tropieza con ese tambo, también va para el fondo.
Porque Iris es mía. Y quien ose siquiera imaginarla desnuda, desearla en silencio, o soñar con ella, firma su sentencia de muerte.
No hay advertencias. No hay segundas oportunidades. Solo hay una ley: la tocas, te mueres. Así de sencillo.
Iris no tarda en darse cuenta de que yo lo maté. Es muy… inteligente. Nada se le escapa. Espero no ganarme un sermón.
Hay algo que se instala en mi cabeza…
Iris
—¿Te interesa? —Pregunta sin mirarme.
—¿Te molesta? —Ataco.
Adrián se queda inmóvil por un segundo. El silencio es como una bomba a punto de estallar. Lentamente, baja el teléfono y se gira hacia mí. Sus ojos... joder, sus ojos no están tranquilos. Están ardiendo. Oscuros. Desquiciados.
—¿Tú me estás preguntando si me molesta que pienses en otro cabrón? —Avanza, paso a paso—. ¿Que pongas esa carita tuya de ángel y estés allá, deseando a otro?
—No estoy pensando en él.
—Mentira. Te vi. Te vi inquieta. ¿Qué pasa, flor? ¿Estás preocupada por él… o deseando que aparezca para seguir tragándotelo con los ojos?
—¡Adrián! —Le grito, pero no retrocede. Él no retrocede nunca.
—¿Te lo imaginas tocándote? ¿Metiéndose entre tus piernas? ¿Susurrándote mierdas suaves mientras tú te finges inocente? ¿Eso quieres? ¿Un esposo blando, uno que te deje mirar, que te deje tocar, que no te clave contra una pared por desear a otro?
ESTÁS LEYENDO
El Peso del Pasado
Romance⚠️ CONTENIDO, FUERTE Y EXPLÍCITO. NO APTO PARA MENORES DE 21 ⚠️ Un mundo de secretos, mentiras y sobretodo pasión. Dónde todos tienen una doble vida. Iris Wilder, una joven pintora, con un trauma psicológico. Adrián Carson, un hombre poderoso, el...
