Ilena
Odiaba a todo el mundo.
Odiaba las miradas.
Las que pretendían ternura, pero destilaban compasión; las que analizaban cada gesto mío buscando señales de algo roto. Odiaba las manos que querían “ayudarme”, que intentaban arreglarme como si fuera un objeto dañado. No necesitaba reparación. No quería cura. Lo que tenía dentro era mío, y punto.
Y no lo digo por mi tía Iris ni por mi tío Jonathan. Ellos son distintos… pero no del todo.
Los escuché susurrando. Gracias a mi “Agudeza Sensorial” . Mientras hablaba con Rick, una parte de mí seguía pendiente de su conversación. Y los oí. Sus voces eran bajas, llenas de preocupación.
Creo que se dieron cuenta.
Yo solo quería ocultarlo. Quería ser normal, o al menos parecerlo. Lo intenté todo: sonreír más, fingir que estaba bien, ser graciosa. Pero no bastó. A veces, sin darme cuenta, bajaba la guardia y dejaba que saliera lo que tanto intento esconder. Y ellos… lo notaron.
Ahora saben que algo pasa.
Pero lo que no saben —y nunca sabrán— es que esto no se cura. No es algo que se disuelva con “actividades” o que se arregle hablando. No hay remedio ni manual ni pastilla. Esto ya es así.
Aun así, los dejaré creer que funciona.
Les mostraré una versión de mí que los tranquilice, una ilusión cómoda donde parezca que estoy mejor. Quiero que ellos estén bien, aunque yo me esté ahogando por dentro. Ya tienen suficiente encima. No merecen cargar también con esto. Bastante es que ahora tienen que cuidarme. Y no hay nada que me haga sentir más pequeña, más inútil, que esa palabra. Cuidarme. No quiero ser su carga. Ya lo soy con para mí hermano… no quiero serlo también para ellos…
Me escabullí sin hacer ruido. La noche estaba quieta, y el viento jugaba con las cortinas como si quisiera delatarme. Sabía que era peligroso bajar por el balcón de mi habitación, pero no me importó: necesitaba espacio, aire, silencio. El peligro siempre me había parecido más sincero que las personas. Me apoyé en la baranda, descendí, usando los dedos como garras y los pies como anclas. El metal frío quemaba, pero el vértigo me calmaba. En segundos, ya estaba en el balcón del piso inferior.
Era la habitación de un chico que había visto un par de veces, un familiar del tío Adrián. Tenía más años que yo, pero no más cerebro. Se sobresaltó al verme aparecer entre la sombra y la luna.
—¿Qué demonios haces? —preguntó, con la voz temblorosa. Quizá pensó que era un ladrón.
—Escapando —respondí seca, mientras me acomodaba el cabello y miraba la puerta detrás de él—. ¿Me dejarías salir por ahí?
Tardó en reaccionar. Al final, asintió, abriendo el paso sin entender nada. Me observó de arriba abajo, con esa mezcla de desconcierto y falsa superioridad que tanto me irritaba.
—Necesitas a un hombre que te cuide, niña —dijo con una sonrisa tonta, creyendo que era gracioso.
Sonreí, sin humor, solo por costumbre.
—Yo sola puedo cuidarme —contesté—. ¿Y a quién llamas niña? Al menos yo no le tengo miedo a las armas ni a la sangre.
Su expresión cambió. Trató de defenderse con lo primero que se le vino a la boca.
—Al menos soy alguien normal.
Normal.
Esa palabra me perforó el pecho más que cualquier golpe. Normal. No lo era, y nunca lo sería. Pero no dolía oírlo… dolía saber que tenía razón. No dije nada. Lo miré con esa calma que aprendí a usar como escudo, con esa frialdad que hace que los demás aparten la vista primero. Me di media vuelta y seguí mi camino, el eco de mis pasos ahogándose en la oscuridad.
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El Peso del Pasado
Romance⚠️ CONTENIDO, FUERTE Y EXPLÍCITO. NO APTO PARA MENORES DE 21 ⚠️ Un mundo de secretos, mentiras y sobretodo pasión. Dónde todos tienen una doble vida. Iris Wilder, una joven pintora, con un trauma psicológico. Adrián Carson, un hombre poderoso, el...
