Capitulo 53

4.1K 135 104
                                        

Adrián


Derek tenía el don —o la maldición— de arruinarme el día desde que respiraba. Había aprendido a convivir con su existencia como uno convive con un ruido constante: no desaparece, pero uno desarrolla habilidades para ignorarlo… o para querer asesinarlo lentamente.

—¡¿Qué hiciste qué?!

—Que le llamé a tu esposa para que venga a checarte la fiebre. Jonathan te mandó a la mierda, así que no vendrá a revisarte —respondió Derek, con la boca llena de plátano, masticando despreocupadamente. Hijo de puta. Iris se dará cuenta que le mentí y…

—Voy a romperte cada extremidad —dije, arrojando el cuchillo con el que había estado jugueteando. Lo lancé con precisión, y dio justo en el plátano que Derek estaba a punto de agarrar. El fruto pegó un brinco en la charola, atravesado por la hoja, y él dio un respingo como si le hubiera clavado el cuchillo en el corazón.

—Te ayudo —se apuntó Marcus, ese cabrón oportunista. Solo quería matar a Derek por besar a Jonathan, buscaba una oportunidad para hacerlo.

—Cállense. Cómo quisiera enfermarme para que Iris me cuide como si yo fuera su esposo ——dijo, soñador, estúpidamente encantado por su propia fantasía. Hasta pude ver cómo se le iluminaba la cara, imbécil. Luego, con una sonrisa torcida y un guiño exagerado, añadió—: Oye, Adrián, ¿y si le pido que me traiga caldo de pollo? Dicen que cura todo, incluso tu mal humor.

Quizá sí… pero solo si ese caldo fuera exclusivamente para mí. Y por Iris. De nadie más aceptaría una maldita cuchara.

—No. Anótalo a la lista de cosas que jamás harás con mi esposa, consigue la tuya —espeté, mi voz un gruñido bajo, posesivo. Iris era mía, y punto.

—Egoísta —murmuró Derek. Egoísta, sí. Y orgulloso de serlo cuando se trataba de ella.

Me quedé mirando el reloj por enésima vez, mi paciencia desgastándose como una cuerda a punto de romperse.

—Ya se tardó Iris —comentó Derek mientras se echaba en el sofá de mi oficina

Esta oficina no era de mi agrado, pero rara vez estaba aquí. Antes de Iris, me paseaban por meses en algunas de mis empresas, así que siempre estaban listas, aunque nunca me gustó. Solo venía por asuntos urgentes, ahora era un asunto urgente; de otro modo, estaría en Londres preparando el regalo de Iris. Ese sí me importaba. No estas paredes grises y opresivas que me recordaban reuniones interminables y decisiones que odiaba tomar.

—Mmm… debió llegar hace veinte minutos —murmuré, revisando la hora una vez más—. Me pregunto dónde está.

—Iré a buscarla a recepción —se ofreció Marcus, rápido, casi demasiado dispuesto. Le asentí con un gruñido; necesitaba silencio, necesitaba control. Quedé a solas con Derek, que aprovechó para hurgar donde no debía.

—Veamos las cámaras —propuso, ya sentado, encendiendo el televisor de seguridad. Comenzó a saltar entre pasillos, ascensores, entradas… hasta que la encontró.

Y yo, por instinto, me quedé inmóvil.

Allí estaba Iris, frente al mostrador, con dos mujeres. La miraban de arriba abajo con descaro y envidia, como hienas examinando un filete que jamás podrán pagar. Claro que se fijaban en su ropa —meses y meses del salario miserable de cualquier empleada para apenas costear una manga— y por supuesto, en su rostro. Ese rostro hermoso que ellas jamás podrán imitar, con esa elegancia que las hacía parecer baratas y vulgares.

Derek soltó una carcajada.

—Iris se topó con las que se quieren ligar al jefe —se recostó como si fuera a ver el estreno del año. Solo le faltaba pedir palomitas y una soda—. Uy, mira cómo la ven…

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora