Capitulo 47

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Iris


El reloj marcaba las nueve de la noche. El aire dentro de esta maldita bodega olía a polvo y a metal oxidado, y la luz era tan tenue que apenas distinguía mis propias manos. No sé por qué sigo aquí, fingiendo que tengo algo que hacer, cuando mi mente lleva horas vagando por otro continente. En Nueva York ya pasa del medio día. Vanessa quizá esté comiendo algo, o maldiciéndome por haberle mandado a Rick para que la trajera.

Marqué su número, una vez más, con los dedos cruzados como si eso sirviera de algo. Solo quería oír su voz. No importaba si era para insultarme o para colgarme de inmediato, solo… escucharla.

El tono sonó una, dos, tres veces. Nada. Ni siquiera el buzón de voz. Un silencio que se volvió más pesado con cada segundo.

Quizá está ocupada. Pensé en llamar a Rick, preguntarle si todo está bien…

Y luego vino el pensamiento más lógico… y el más doloroso, que simplemente no quiere hablar conmigo. Que me odia tanto que prefiere fingir que no existo. Y no la culpo. Le di demasiadas razones para hacerlo.

Apoyé el teléfono en la mesa y lo miré unos segundos, como si fuera un enemigo. Debería rendirme. Dejar de insistir. Pero cada vez que intento hacerlo, algo en mí se niega. Es como si dejar de llamarla fuera aceptar que ya la perdí del todo.

Y esa idea… esa sí me mata un poco más que el silencio.

—Hola.

Me sobresalto al escuchar su voz de repente.

—Hola, Vanessa… ¿cómo estás? ¿Qué tal todo por allá? —Pregunto, intentando sonar tranquila, aunque la voz me tiembla apenas.

—Estoy de maravilla, Iris. ¿Sabes? Justo ahora estoy disfrutando de un té mientras contemplo las vistas de mi jaula dorada. Ah, espera, olvidé mencionar que esa jaula la construiste tú. Así que sí, todo perfecto, gracias por preguntar.

—No digas eso… solo lo hago para protegerte. Nunca fue mi intención involucrarte...

—¿Involucrarme? ¡Qué eufemismo! Me has arrastrado a un infierno que no pedí. Pero no te preocupes, supongo que para ti solo soy un daño colateral, ¿verdad?

—No eres un daño colateral, Vanessa. Eres mi hermana. Y por eso hice lo que hice, aunque no lo entiendas ahora.

—¿Ah, sí? Qué noble. Lo dices como si tus decisiones tuvieran algo heroico. No me importa lo que creas, Iris. ¿Sabes qué quiero yo? Que desaparezcas de mi vida. Que me dejes en paz de una maldita vez. ¿Por qué no puedes simplemente esfumarte?

—No puedo irme sin explicarte lo que pasó. No puedo seguir viviendo con esto encima. Solo quiero que me escuches, aunque sea una vez.

—¡Qué cínica eres! —su risa suena como un golpe seco—. Quieres darme explicaciones baratas. Eres una experta en manipular la verdad para que encaje en tu retorcida realidad. ¿Sabes qué? A veces me pregunto si tienes corazón o si solo eres una máquina calculadora.

—No sabes lo que dices, Vanessa, yo solo… —intento hablar, pero mi garganta se cierra.

—Eres patética, Iris. Siempre lo has sido. Todo gira a tu alrededor, ¿verdad? Pues déjame decirte algo: el mundo no es tu escenario personal. Y estoy harta de ser una simple espectadora en tu drama. A veces quisiera tener tu vida tan perfecta.

La palabra ‘perfecta' me atraviesa como un cuchillo. Tu vida tan perfecta. No sabe nada. No tiene idea del peso que cargo, de lo que me arrebataron, de lo que tuve que hacer. Y aun así, siento que algo dentro de mí se rompe al escucharla decirlo.

El Peso del Pasado Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora