Guerra Oculta #46

12 0 0
                                        

Otro día en Hogwarts y desperté con buen ánimo. El sol apenas se filtraba por las vidrieras, y mi cuerpo respondió de inmediato: una rutina de estiramientos, ejercicio ligero, ducha caliente. Todo fluía con una precisión que me reconfortaba, como si cada repetición me recordara que el nuevo yo, aunque frío, estaba encontrando su camino.

Descendí a los pasillos del castillo con la seguridad de quien sabe qué esperar de su propio día. Nada ni nadie podía romper ese orden... hasta que sonó la campana anunciando el inicio de las clases.

Al doblar la esquina, los vi: Merula apoyada en el brazo de Barnaby, riendo con poca disimulo. Un punzón de resentimiento me atravesó el pecho. Era extraño que su presencia me carcomiera de esa manera, pero allí estaba, sintiendo cómo mi mañana, perfecta hasta ese instante, empezaba a resquebrajarse.

No era rabia, ni celos —era la corrosión de un pasado que creía superado—.

Y así, con el eco de la campana aún resonando, supe que este día no sería tan claro como había imaginado.

Compartir la primera clase con ellos fue... inevitable. Caminé tras Merula y Barnaby por el pasillo hasta llegar al aula.

Merula, al percatarse de mi presencia, me lanzó un saludo disimulado: un leve movimiento de cabeza, casi imperceptible. Su gesto fue más cálido de lo que esperaba, y por un instante, sentí esa antigua atracción helada revolverse en mi pecho.

Barnaby, viéndome entrar, me devolvió la mirada con algo parecido a un asentimiento silencioso. Quizá solo era mi imaginación; sin embargo, me pareció leer en sus ojos el reconocimiento de que, a pesar de todo, aún formábamos parte del mismo escenario.

Al llegar al aula, ellos tomaron asiento juntos, como siempre. Yo me alejé unos metros y me senté en un banco al costado, con una vista parcial de ambos. Desde mi posición podía observar cómo Merula hojeaba su libro con calma, mientras Barnaby revisaba sus apuntes de forma distraída.

Ese pequeño fragmento de cotidianidad—dos ex que ahora compartían risas y confidencias—me recordó lo lejos que estaba del orden interno que me esfuerzo por mantener. Aun así, me acomodé con serenidad, dispuesto a transformar este malestar en la disciplina que define mi nuevo yo: frío, pero dispuesto a conservar un atisbo de cercanía auténtica.

La primera clase transcurrió en una calma que rozaba la monotonía. Sin embargo, algo en mi interior gritaba por desviarse de las notas del profesor y fijar la mirada en Merula. Cada célula de mi ser reclamaba verla, como si mi subconsciente volviera una y otra vez al primer día en que la conocí. Durante largos minutos, luché contra mi propio impulso, reteniendo el deseo de girar el rostro hacia ella. Pero en más de una ocasión, perdí la batalla: mis ojos se escapaban y se posaban en la línea de su mandíbula, en la forma en que su cabello caía sobre el hombro, recordándome la manera en que su cuerpo una vez se estremecía al rozar el mío.

Finalmente, la campana sonó, liberándome de ese campo de batalla invisible. Mientras recogía mis cosas, la vi; Barnaby se despidió de ella con un beso en la mejilla y se alejó antes de lo habitual. Fue entonces cuando percibí la oportunidad: él se marchaba, y quedábamos solo Merula y yo, en ese pequeño espacio dejado vacío.

Guardé mis pertenencias con calma, sintiendo el pulso acelerado. Sabía que estaba a punto de ceder otra vez a esa atracción irrefrenable, pero esta vez sería diferente. Con paso firme, me levanté y me acerqué a su banco.

Me acerqué a Merula con la misma calma que había aprendido a cultivar, procurando no hacer ruido al colocar mi banco junto al suyo. Sin darle tiempo a sorprenderse, inicié la conversación de la forma más natural posible:

—¿Preparada para el próximo examen de Transformaciones? —pregunté, actuando como si cualquier tema fuera válido.

Ella alzó la vista, parpadeando un instante antes de sonreír con esa familiaridad que, durante años, me había resultado una bocanada de aire fresco.

La ElecciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora