Transformación Oscura #41

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El silencio en mi habitación no era incómodo, pero sí denso. No como una ausencia de ruido, sino como una presencia en sí misma. Había pasado semanas en este mismo espacio, observando las sombras cambiar a lo largo del día, dejando que el tiempo se escurriera entre mis dedos sin afán de retenerlo. La adolescencia había hecho lo suyo. Mi reflejo en el espejo ya no era el de antes. Mis hombros se habían ensanchado, mi mandíbula se marcaba más, y aunque no había buscado este cambio, lo aceptaba como una prueba irrefutable del tiempo que había pasado. Ya no era el mismo.

No había querido hablar con nadie. No es que no pudiera, simplemente no veía la necesidad. El mundo podía girar sin mí. Durante este tiempo, me enfoqué en mí mismo, en moldearme de la manera que yo quería, sin la influencia de nadie más. Físicamente, mentalmente, emocionalmente. No iba a permitir que nadie más dictara mi vida.

Los días en casa transcurrieron con una rutina casi monástica: ejercicio, lectura, silencio. La música sonaba de fondo a veces, pero no como antes. Antes, las canciones eran una compañía, ahora eran solo ruido para llenar espacios vacíos.

Pero la calma no es eterna, y en el fondo lo sabía. Este aislamiento autoimpuesto tenía una fecha de caducidad. Algo se acercaba. No podía verlo aún, pero lo sentía en la piel, en el aire cada vez más denso. Pronto, algo rompería este letargo y me obligaría a enfrentar lo que había dejado atrás.

La única pregunta era: ¿estaba listo para ello?

Ese cambio llegó con el inicio de un nuevo año escolar en Hogwarts. Estaba más que listo para enfrentarlo, para demostrar que había madurado en todos los aspectos y que no los necesitaba tanto como ellos se imaginaban. No es que me haya convertido en un villano o una mala persona, solo he cambiado. Ya no soy ese niño blandengue que permitía que lo pisotearan. He aprendido, he crecido, y ahora soy consciente de mi propio valor.

Lo único que realmente esperaba con ansias era volver a ver a Rowan. De todos, él era quizás el único que me comprendía hasta cierto nivel. Su manera de ver las cosas, su lealtad inquebrantable... sí, Rowan entendería. Y, aunque no lo diría en voz alta, saber que lo vería de nuevo traía un pequeño alivio en medio de mi renovada indiferencia hacia el resto del mundo.

Cuando llegué a la estación, el sonido del tren resonó en el aire como un llamado inevitable al destino. Caminé con paso firme, mi postura erguida, mis hombros relajados, pero con una seguridad que no poseía antes. El murmullo de los estudiantes llenaba el andén, pero a mi alrededor, la burbuja de mi propio cambio parecía absorberlo todo.

Rowan fue el primero en verme. Sus ojos recorrieron mi rostro y su expresión pasó del alivio a la sorpresa. No era necesario que hablara, lo vi en su mirada: algo en mí lo había desconcertado. No era miedo, pero sí la certeza de que el Frank que conocía ya no estaba allí de la misma manera.

—Frank... —su voz titubeó un instante—. Vaya, te ves... diferente.

Le dediqué una sonrisa ladeada, sin detenerme demasiado en su comentario. Sabía que él notaría el cambio, pero lo que me interesaba era la reacción del resto.

Penny se acercó, siempre efusiva, pero su sonrisa perdió parte de su brillo en cuanto estuvo lo suficientemente cerca. Me estudió de arriba abajo, como si intentara descifrar qué era lo que había cambiado más allá de lo evidente.

—¿Qué hiciste en verano? —preguntó con una mezcla de curiosidad y ligera inquietud.

—Crecí —respondí simplemente, con un tono despreocupado, antes de seguir caminando hacia el tren.

Tulip y Barnaby estaban más atrás, observando con recelo. Barnaby, siempre con su postura de desafío, pareció medir mis movimientos con cautela, pero no hizo ningún comentario. Tulip, en cambio, arqueó una ceja, cruzándose de brazos.

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