Adiós en Sombras #59 (Final)

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La tercera hora del día parecía pasar con una inusual ligereza. El murmullo del castillo, el eco de risas lejanas, los libros que crujían al abrirse, los pasos de alumnos que aún arrastraban la resaca emocional de la fiesta... Todo parecía normal. Merula y yo estábamos en el aula de Encantamientos, ella jugaba con la punta de su pluma mientras me lanzaba miradas rápidas y picarescas, como si aún estuviéramos bailando bajo la luz de las velas y no en un salón frío, encerrado entre muros de piedra.

—¿Y si hoy también me sacas a bailar cuando nadie mire? —susurró, dibujando con la pluma un corazón invisible sobre la mesa.

Yo le sonreí, apenas. Esa clase de sonrisas que no son alegría, sino esfuerzo. Me dolía todo. No el cuerpo... no, el cuerpo era apenas un vehículo descompuesto. Lo que dolía era el tiempo. Dolía el hecho de saber que cada segundo era una cuerda más cerca del abismo.

—Quizás... pero esta vez, no me pises —intenté bromear, aunque mi voz salió apagada, como si hablara desde el fondo de un lago.

Merula me dio un codazo suave y se rió, esa risa suya que parecía salvarme siempre. Esa risa fue lo último que escuché.

El mundo se quebró.
No hubo advertencia.
No hubo un zumbido previo.
Solo oscuridad.

Me desplomé.

No hubo forma de evitarlo, ni gesto heroico, ni palabra que me salvara. El peso de la cicatriz, el veneno que dormía en mi sangre, el destino que ya no se podía patear más adelante... todo se activó al mismo tiempo.

Escuché gritos.
Alguien gritó mi nombre.
Otro corrió.
"¡Busquen a Snape!", creo que dijeron.

Pero yo ya no estaba ahí.

Y cuando volví, no había fiesta, ni luz, ni risas.
Solo la luz blanca de la enfermería.

El techo alto me miraba sin pestañear. A un lado, una mesa con pociones medio consumidas. Al otro, cortinas moviéndose por la brisa. Silencio. Silencio como el de una tumba que respira.

—¿Por fin despiertas? —dijo una voz grave desde un rincón.

Snape.

—¿Qué pasó? —pregunté con la garganta áspera como piedra raspada.

—Te desmayaste. Frente a toda la clase. Frente a Merula. Frente a tus... enemigos —dijo la palabra con desdén. Caminó hasta mí, y sin perder su tono frío, añadió—: La herida está empezando a abrirse por dentro. Tienes suerte de seguir respirando.

Tragué saliva. Me dolía el pecho. La cicatriz ardía. Pero más que eso, me ardía el recuerdo de la cara de Merula justo antes de que todo se apagara.

—¿Ella está...? —no terminé la frase.

Snape suspiró. No era común en él mostrar señales de algo que se pareciera a compasión, pero ese día... ese día parecía cansado.

—Está afuera. No ha querido moverse de la puerta desde que te trajeron. Cree que fue una descompensación. Y así debe quedarse.

—No quiero que lo sepa todavía —le dije. Mi voz tembló. Odio admitirlo, pero tembló.

—Y lo pagará caro. Como tú lo harás —Snape se dio la vuelta, se detuvo en la puerta y, sin mirarme, dijo—: Dos días. No más.

Y se fue.

Me quedé solo. Respirando con dificultad.
Oyendo al otro lado de la puerta los pasos suaves de Merula.
Ella... que probablemente estaba jugando con su varita, tarareando alguna tontería, esperando que me levante y haga una broma.

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