Redención Oscura #51

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Me desperté tarde.

El brazo entumecido me pesaba como si no me perteneciera, pero pronto entendí que la causa era Merula. Dormía a mi lado, profundamente, con su cuerpo recostado sobre el mío. Su respiración era pausada, serena. Y aunque su rostro aún conservaba ciertas señales del infierno que habíamos vivido, se notaba en paz. Una paz que solo puede alcanzarse cuando todo se ha perdido... o cuando todo ya te da igual.

Miré el reloj: casi las once de la mañana. Las clases ya debieron comenzar hace horas. Me limité a cerrar los ojos de nuevo, sin remordimiento alguno. Por primera vez en semanas, me sentía exhausto pero no vacío. Me importaba poco si me descontaban puntos en la casa o si algún profesor preguntaba por mí. Lo único que quería era quedarme aquí.

Así que la abracé con fuerza, sin decir una palabra. El frío que había sentido por dentro se disipaba poco a poco con el calor de su cuerpo. Ella roncaba levemente, algo que me hubiera molestado antes, pero ahora... ahora era casi reconfortante.

No necesitaba promesas. No necesitaba explicaciones. Solo necesitaba este momento. Porque sí... tal vez me estaba volviendo más frío, más calculador, más impenetrable. Pero si algo me mantenía todavía con los pies en la tierra, era ella.

Merula.

Y aunque todo alrededor estuviera derrumbándose, me sentía lo suficientemente fuerte como para cargar con ese mundo... solo si era por ella.

Volví a quedarme dormido.

No sé por cuánto tiempo más, pero antes de hundirme por completo, me permití un último respiro profundo, aspirando el aroma de Merula que aún flotaba en el aire como si impregnara cada fibra de mis sábanas, de mi piel, de mí. Tenía esa mezcla única entre magia, batalla, y un perfume apenas perceptible que reconocería incluso en la oscuridad de Azkaban.

El golpe en la puerta me arrancó de golpe de ese trance.

Fuerte. Impaciente.

Me levanté casi por instinto. El reloj marcaba las dos de la tarde. Maldije en voz baja. Sabía perfectamente que ya no podíamos seguir escondiéndonos del mundo. Me puse una camiseta rápida, intentando ignorar cómo aún sentía el cuerpo de Merula entre mis brazos, la suavidad de su respiración en mi cuello.

Abrí la puerta.

—¿Dónde está Merula? —preguntó Barnaby, sin rodeos.

Sus ojos no mostraban enojo todavía, pero sí preocupación. No había visto a Merula en todo el día y, por supuesto, no le pasó por alto que ella no regresó a su dormitorio. Por dentro, algo se removía en mí... no era culpa. Era conciencia. Esa clase de conciencia que te recuerda que estás jugando una partida en la que no hay casillas blancas ni negras, solo zonas grises cada vez más densas.

—Está aquí —respondí con frialdad, sin apartar la mirada.

—¿Aquí...? —repitió, como si necesitara procesarlo en voz alta.

—Durmiendo —añadí. No mentí. No me convenía mentir.

Barnaby apretó los puños. No dijo nada de inmediato, pero su mirada lo gritaba todo. Confusión. Dolor. Traición. Y yo... yo me mantuve firme. No como acto de desafío, sino porque entendí algo: ya no podía dar explicaciones por lo que sentía. No podía disculparme por proteger a Merula, ni por amarla como la amo.

—No hicimos nada que tú no le hayas fallado en su momento —le dije, con voz templada, como un filo bien afilado—. Y créeme, si alguna vez hubo un lugar donde ella se sintiera segura... fue aquí, conmigo.

No sé si esas palabras lo rompieron o lo liberaron, pero no respondió. Solo se quedó ahí, mirándome, hasta que bajó la cabeza. Tal vez porque sabía que tenía razón. Tal vez porque ya no quería escuchar más.

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