La Última Luz Antes del Eclipse #58

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Desperté al lado de Merula.
Su respiración era tranquila, como si nada en el mundo pudiera tocarla. Yo sí sabía que el mundo sí podía tocarla. Que podía romperla. Que estaba a punto de hacerlo.
Pero no hoy.
Hoy no.

—Vamos, dormilona —le susurré mientras le hacía suaves cosquillas en la cintura, justo en ese punto exacto donde siempre se rendía primero—. Es el gran día, ¿vas a dejar que la fiesta te encuentre dormida?

—Agh, ¡ya basta! —dijo entre risas, medio enterrando su cara en la almohada como una niña pequeña que se rehúsa a despertar del sueño más dulce—. Me estás matando con esas manos de duende travieso...

—¿Yo? Si solo estoy dándote razones para sonreír —reí, aunque me dolía. Cada sonrisa que sacaba de ella era una que algún día no podría volver a ver.

Se estiró como una gata, perezosa pero luminosa, y entonces abrió los ojos.
Esos ojos.
Siempre digo que brillan como si no supieran que el mundo es cruel.
Quizás es porque aún no se lo he dicho.

—¡Hoy es el día! —gritó de repente mientras se sentaba de golpe—. ¡La fiesta! ¡Mi vestido! ¡Los fuegos artificiales mágicos! ¿¡Sabes cuántos pares de ojos van a estar mirándome hoy!?

—Solo uno importa —le dije bajito, apenas un murmullo que se coló entre sus gritos de emoción.

—¿Cuál? —preguntó distraída, ya levantándose, despeinada y hermosa, recogiendo su túnica arrugada del suelo.

—El mío.

Se detuvo. Me miró.
Por un segundo hubo silencio. Uno de esos que duelen, como si el tiempo se detuviera solo para avisarte que lo que estás viviendo se va a romper pronto.

—Eres muy raro cuando te pones así —dijo con una sonrisa ladeada, esa que usa cuando no sabe si reír o preocuparse.

—Y tú eres muy hermosa cuando no lo notas.

—Ugh, cállate, cursi —dijo riendo y lanzándome una almohada antes de salir corriendo hacia su habitación.

Y ahí me quedé.
Solo.
En la cama donde por unos minutos creí que el mundo era bueno.
Que el tiempo no me iba a alcanzar.
Pero el reloj nunca se detiene.
Y yo lo escucho cada vez más fuerte, como un latido enfermo en el fondo de mi pecho.

Me levanté, el aire olía a polvo encantado y esperanza. Hogwarts se estaba preparando para una celebración.
Pero yo...
yo me estaba preparando para despedirme sin que ella lo sepa.

Mientras Merula parecía haber iniciado un ritual sagrado con su vestuario, maquillaje mágico y hechizos de embellecimiento, yo aproveché ese paréntesis. Sabía que tenía unas horas de libertad. El tipo de libertad que solo se tiene cuando se está condenado.
Y yo lo estaba.

Crucé el pasillo en silencio, las losas frías me devolvían el eco de mis pasos como si quisieran advertirme de que aún podía dar la vuelta.
Pero no lo hice.
Ya no había vuelta atrás desde el día que la cicatriz apareció.

Bajé por las escaleras que daban al calabozo de Pociones. Ese lugar siempre olía a moho, a pólvora vieja, y a advertencias silenciosas. Toqué la puerta de su despacho con dos golpes secos.

—Entre —gruñó una voz profunda desde adentro.

Abrí con cuidado. Ahí estaba él: Severus Snape, el único que sabía todo lo que llevaba dentro. El único al que había confiado el secreto de mi marca, de esa maldita herida que no cicatrizaba, que palpitaba cada vez con más fuerza como si esperara su momento para devorarme desde dentro.

—Profesor... necesito hablar con usted —dije, con la voz firme, aunque el corazón me latía como un tambor de guerra.

Snape levantó apenas la mirada, sus ojos eran dos cuchillas sin filo que igual podían cortar. No dijo nada. Solo señaló la silla frente a su escritorio.

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