Ella Sonríe, Yo Me Apago #57

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Amanezco con el musgo aún de la madrugada en los párpados, envuelto en el calor lento del cuerpo de Merula. Su respiración acompasa mis latidos, como un metrónomo delicado que insiste en marcarme el pulso antes de entrar en el ruido de Hogwarts. Hoy sí tengo que volver a clases, aunque cada fibra de mi intuición grita que no hay futuro para mí más allá de esas paredes. Sé que la "Maldición del Eco Sangriento" avanza con cada segundo, que la cicatriz en mi pecho late con la certeza de un reloj de arena: cada grano es un paso más hacia el final.

Con cuidado deslizo un brazo fuera de las cobijas, procurando no romper el silencio que Merula aún sueña. La camisa blanca de uniforme cuelga doblada sobre mi silla, ajena a la urgencia que late bajo mi ropa. Mi mente repasa mentalmente las asignaturas: Encantamientos, Pociones, Defensa Contra las Artes Oscuras... recuerdos de exámenes que dormitan en mi memoria. ¿Para qué servirán esos conocimientos cuando ni siquiera podré ejercerlos? ¿De qué valen las lecciones de ayer si el mañana es un vacío que me reclama?

Me incorporo despacio, como quien pisa hielo fino, y tomo el uniforme. Cada pliegue refleja una promesa rota: la promesa de graduarme, de forjar un camino en el mundo mágico... promesas que ahora yacen lejos, en un rincón cubierto de polvo. Camino hacia el baño con pasos medidos, consciente de que Merula irá detrás para arreglarse. Ese breve instante de soledad antes de sumergirme en la ducha se convierte en un regalo envenenado: sé que solo tengo un par de minutos para enfrentarme a mis propios demonios.

El vapor ya ha empezado a inundar el espacio cuando abro la llave. El agua cae en cascada sobre mis hombros, un murmullo constante que recoge mis pensamientos y los revuelve. Cierro los ojos y dejo que la corriente borre la tensión de mis músculos, pero el calor no alcanza a disolver el fuego oscuro en mi interior. Siento cada gota golpear mi piel con la urgencia de un tambor: un ritmo insistente que me recuerda la cuenta regresiva.

Bajo el chorro, pienso en aquella primera mancha negra, apenas un lunar extraño que pensé que desaparecería. Luego crecieron los bordes, las noches sin descanso, la sensación de que algo vivo se abría paso bajo mi carne. ¿Cómo explicar a alguien la certeza de la muerte latiendo junto al corazón? Aquí, en este santuario de azulejos y vapor, intento desarmar mi mente. Pero la cicatriz pesa más que mis brazos, más que la fuerza con la que sujeto el jabón.

El agua mezcla su tibieza con el frío de un presentimiento: todo lo aprendido, cada fórmula, cada teoría, se vuelve inútil ante un destino sellado. Me pregunto si Merula entiende hasta qué punto mi sombra me arrastra consigo. Pienso en sus ojos, en cómo me mira cuando cree que no la veo: hay un brillo de esperanza que duele, como un faro en medio de la tormenta. Quisiera protegerla de esta verdad, pero a veces siento que la estoy ahogando con mi propio secreto.

El jabón desliza espuma clara por mis brazos y, sin notarlo, mis manos tiemblan. Entrecierro los dedos para contener la sacudida que brota desde mi pecho. Mis estudios quedan atrás, olvidados en el pasillo: ya no aspiro a aprobar un OWL, ni a ganar puntos para Gryffindor, ni siquiera a obtener una medalla de honor. Solo deseo exprimir cada gota de este momento antes de que el ángel de la muerte reclame su tributo.

El chorro empieza a enfriarse y tiemblo al notar la placa metálica contra la pared. La mente me lleva a los rostros de Penny, Tulip, Barnaby y Rowan: todos giran en mi interior como fantasmas de culpa. ¿Cuánto durará esta tregua? ¿Podré sonreír en clase, fingir normalidad mientras mis amigos me observan con ojos de jurado? El agua se desliza por mi nuca y siento que cada gota arrastra un suspiro reprimido.

Cierro la llave y el silencio vuelve a envolverme, más intenso que el vapor. En el espejo empañado, mi reflejo es un borrón difuso. Froto con la palma y, al asomar mis ojos, descubro la mirada de un desconocido: los párpados marcados por el desvelo y el ceño fruncido por la resolución. Me seco con cuidado, como si cada roce de la toalla fuera un ritual de purificación, y respiro hondo antes de salir.

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