Monstruo Amado #52

15 0 0
                                        

Me levanté más liviano de lo que jamás me habría permitido sentir. No sé si fue el silencio de la noche, el cuerpo tibio de Merula junto al mío o simplemente el agotamiento emocional que me obligó a vaciarme de todo peso. Pero desperté con una sonrisa... una real. De esas que no finges para engañar al mundo, sino la que se escapa cuando, por un segundo, olvidas quién eres y todo lo que has hecho.

El sol entraba a trazos por la ventana. El aire olía a sábanas limpias y un leve perfume de ella, ese aroma entre madera vieja y flores marchitas que me recordaba que, a pesar de estar rota, Merula seguía aquí.

Me giré hacia ella. Dormía boca abajo, con el rostro escondido entre la almohada, el cabello revuelto y la respiración tan serena que por un instante sentí que no había guerra, ni muertes, ni gritos entre paredes frías. Solo nosotros dos.

Le acaricié la espalda, dibujando un recorrido invisible con la yema de mis dedos, como si eso pudiera protegerla de todo. Pero como si de alguna travesura infantil se tratara, no resistí la tentación: me lancé sobre ella con cosquillas. Comenzó a retorcerse entre risas ahogadas, intentando detenerme entre empujones débiles.

En un movimiento repentino, con la fuerza bruta y reflejo de quien ha crecido entrenando para sobrevivir, me pateó directo al pecho y terminé en el suelo. Me quedé unos segundos en el piso, con la espalda adolorida, mirándola con sorpresa.

Nos miramos en silencio... y estallamos en carcajadas.

No sé cuánto tiempo pasamos riendo. Quizás solo segundos. Pero fue suficiente para que algo se rompiera por dentro, y al mismo tiempo, algo se reconstruyera. Como si, después de tanto caos, nuestras ruinas encajaran perfectamente.

Ese amanecer fue perfecto. No porque el mundo hubiera cambiado, sino porque por un momento el mundo dejó de importar.

Ella fue la primera en levantarse. Se desperezó como una gata enredada entre sábanas y, sin decir nada, caminó hacia el baño con la misma naturalidad con la que carga su varita. El sonido del agua comenzó a correr, y en medio del vapor y la puerta entreabierta, su voz salió suave pero clara.

—Podrías venir a bañarte conmigo... si no fueras tan cobarde —dijo con esa entonación coqueta que era más peligrosa que cualquier maldición.

Me congelé. El aire se volvió más espeso. Solo su silueta traslúcida detrás del vidrio empañado... y la idea. Me puse tan rojo que sentí las orejas arder. La respuesta no me salió de la boca. Solo me llevé una mano a la nuca y tragué saliva, torpe, como si nunca hubiera enfrentado algo así.

Desde dentro se oyó su risa, burlona y musical, como si hubiera logrado exactamente lo que quería: hacerme perder el control.

—Cobarde —repitió entre risas, y yo solo negué con la cabeza, rindiéndome ante su provocación. Ella sabía cómo jugar conmigo y también cuándo parar.

Después entré yo. Me duché en silencio, dejando que el agua cayendo me despertara por completo. Pero mientras me secaba frente al espejo, noté algo que me heló la sangre más que su broma: la cicatriz. La misma que tenía desde la batalla contra Darius... ahora era más grande. Se había extendido, y el color negro parecía crecer con vida propia, como si se alimentara de algo dentro de mí.

Me quedé mirándola, inmóvil.

En ese momento, Merula apareció detrás mío con una toalla en el cabello y otra abrazando su cuerpo. Me miró por el reflejo. No dijo nada al principio, solo observó. Luego, sin que yo pudiera detenerla, se acercó y, con ternura infantil, se puso de puntillas y me dio un beso justo encima de la cicatriz.

Fue un gesto tan simple, tan puro, que me dolió más que la herida misma.

—Esa oscuridad no te define —susurró, y se quedó un segundo más con los labios ahí, como si intentara sanar con amor lo que la magia no pudo.

La ElecciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora