Dolor Íntimo #56

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Me desperté antes del amanecer, con la mente aferrada a la promesa helada que me hice la noche anterior: no dejaré que la cicatriz arruine cada segundo que me queda. El silencio del cuarto me envolvía, pero no había miedo, sino determinación. Merula dormía junto a mí, su respiración suave marcando el tiempo que aún no había comenzado a consumirse.

Le aparté el cabello del rostro y susurré su nombre. Ella abrió los ojos con esa calma confiada que siempre me desconcertaba. Sin esperar a que preguntara, la tomé de la mano.

—Hoy tendrás el mejor día de tu vida —le prometí, con la voz firme y fría—. Sin clases, sin juicios... solo tú y yo, mientras podamos.

Sonrió, y por un instante olvidé la sombra que crecía bajo mi piel. En ese despertar, juré aprovechar cada latido para regalarnos un día increíble, con la certeza de que, pase lo que pase, lo haríamos juntos.

La luz del alba apenas se colaba por la ventana cuando Merula se incorporó para cambiarse y alistarse. Yo hice lo mismo, con la precisión de quien asume que cada gesto cuenta. Afuera el castillo despertaba, pero para nosotros ese día era una tregua.

Con cuidado saqué del cajón un pequeño saco de cuero, lleno de galeones que había ahorrado en estos años. El tintineo de las monedas resonó como un eco intenso en la habitación.

—Hoy no estaremos atados a Hogwarts —le dije, dejándole asomar una ceja curiosa—. Vamos a coger el tren.

Merula me miró, sorprendida y encantada al mismo tiempo.

—¿El Expreso de Hogwarts? —preguntó con voz queda.

Asentí, con una sonrisa casi imperceptible.

—Sí. Pero no iremos a clases. Vamos a ver qué hay más allá de la estación. Hoy, mientras pueda, quiero mostrarte que el mundo no termina tras estos muros.

Ella se sentó junto a mí en la cama, tomando mi mano.

—Siempre supe que tus trucos no eran sólo para el castillo —susurró.

La besé con la ternura medida que me caracteriza, frío en la forma, pero entregado en el fondo.

—Prepárate para un día inolvidable —aseguré—. Y no te preocupes por nada más.

Con eso, dejamos la habitación detrás, con el saco de galeones colgando de mi cinturón, y nos dirigimos a la estación bajo un cielo claro: dos corazones dispuestos a robarle al destino cada momento que aún nos resta.

Subimos al Expreso en un vagón casi vacío, pero enseguida nos dimos cuenta de que el resto del tren estaba lleno de parejas abrazadas, sonrisas cómplices y risas suaves. Un recordatorio de lo normal que puede ser el amor... mientras lo ves desde afuera.

Sin querer llamar la atención, elegimos un vagón apartado, tras una cortina verde oscura. Merula se acomodó junto a la ventana, el cabello suelto rozando mis dedos. Me senté frente a ella, las manos entrelazadas.

El traqueteo del tren se convirtió en banda sonora de nuestro silencio compartido. Sus ojos buscaban los míos, y en esa mirada comprobé que, a pesar de mi frialdad, había algo en mí que la seguía cautivando.

—Mira —le susurré, apoyando la palma sobre la suya—. No hay nadie más aquí.

Ella sonrió, un destello de picardía en su expresión.

—Entonces te tocará coquetear conmigo sin testigos —replicó.

Me incliné unos centímetros, y nuestros labios se encontraron en un beso breve, intenso. No era inocente ni dulzón: era la promesa de dos aliados dispuestos a desafiar cualquier oscuridad.

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