Chapter 72

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La Serpiente y la Rosa

Ameera:

Al abrir los ojos, la luz blanca me quema.

Parpadeo varias veces, desorientada. Todo es blanco. No hay ventanas. No sé si es de día o de noche. No sé cuánto tiempo ha pasado.

Mi cuerpo se siente pesado. Lucho con mis párpados para mantenerme despierta.

Y entonces un solo pensamiento aparece y la desesperación me invade.

Finnick.

Me incorporo de golpe, ignorando el mareo.

¿Está vivo?

¿Y Mags? ¿Johanna? ¿Peeta?

Mi respiración se acelera.

¿Dónde está todo el mundo?

Miro a mi alrededor desesperada, buscando cualquier señal. Un monitor. Una puerta. Algo. Mi corazón empieza a latir con fuerza cuando una idea se abre paso entre el miedo.

¿Funcionó el plan?

¿Nos sacaron?

¿Estoy en el Distrito 13?

La esperanza me golpea con tanta fuerza que duele.

—¿Mamá...? —susurro sin darme cuenta.

Silencio.

Mi madre debería estar aquí. Si esto fuera el 13, ella estaría a mi lado. Habría tomado mi mano antes de que despertara. Haymitch estaría gruñendo en algún rincón. Finnick...

Finnick.

El pensamiento me atraviesa. El dolor se acumula.

Un nudo se forma en mi garganta.

No. No pienses eso. No.

Si existe algún Dios, por favor... que sea el Distrito 13.

La puerta se abre.

Me giro de inmediato.

Entra una mujer vestida de gris y rojo, con un uniforme que conozco de maravilla. Su cabello está perfectamente recogido. Sonríe como si yo estuviera a salvo. Y dos agentes de la paz.

Mi corazón se acelera. El mundo se detiene. El aire abandona mis pulmones.

No... No, eso no es posible. Esto es un error. Un retraso. Quizá el 13 tiene prisioneros. Quizá... quizá es parte del plan.

Siento algo romperse en mi pecho. No es miedo. Es la traición de mi propia ilusión. Me había permitido creer. Por unos minutos... había creído que estaba libre, que sería feliz.

Qué ingenua.

Si estuviera en el 13, habría abrazos, sonrisas reales, algo parecido al hogar.

Mi respiración se acelera, pero me obligo a no llorar. No delante de ellos.

Intento levantarme de la cama, pero mis brazos fallan. Hay algo en mi cuerpo, que me mantiene débil.

— ¿Qué me hicieron?

—Tranquila señorita —dice la mujer, acercándose— Ha estado inconsciente un tiempo. Esta a salvo.

A salvo.

La palabra me atraviesa como un cuchillo.

No.
No estoy a salvo.
El tormento ni siquiera ha empezado.

Los agentes se colocan a cada lado y me ponen grilletes.

Qué irónico...

—¿De verdad es necesario? —pregunto, mirando los grilletes—. Estoy indefensa.

Panems QueenHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora