Cada final es un nuevo comienzo

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Narra Evie:

El castillo nos recibió como un cadáver herido, sus muros agrietados, testigos mudos de la batalla que casi nos destruye a todos. El aire olía a piedra rota y sangre, pero bajo esa capa de devastación, había un eco de hogar, de refugio.

Apenas cruzamos el umbral, mis piernas temblaron, y el peso de todo lo que había pasado en el bosque me golpeó como una ola, necesitaba un respiro, un momento para lavarme, así que me dirigí a una de las pocas bañeras que seguían intactas, sumergiéndome en agua caliente que quemaba casi tanto como mi corazón.

El vapor llenó mis pulmones, y mientras el agua se teñía de rojo con la sangre seca que se desprendía de mi cuerpo, mis ojos se cerraron. Me dejé llevar, cayendo rendida en la cama apenas mi cabeza tocó la almohada, casi tan muerta que no supe cuántas horas dormí, solo sabía que el sueño me devoró... profundo y sin sueños.

Cuando desperté, el castillo ya estaba en movimiento, como si la vida se negara a rendirse ante la ruina. Mi padre, había tomado las riendas de la restauración con esa mezcla de arrogancia y eficiencia que lo definía.

Desde el salón principal, lo escuché despotricar mientras supervisaba a un grupo de humanos hipnotizados y bien pagados que ya trabajaban en los escombros.

—Es una tragedia, una absoluta tragedia. —dijo, su voz cargada de un dramatismo que rozaba lo teatral. —Estas paredes han soportado siglos de guerras, pero ¿y mis pinturas neoclásicas? ¿Esas obras maestras de pinceladas divinas que capturan la agonía y la gloria del alma humana? Irrecuperables. —

—Una pérdida que el mundo no está preparado para comprender, mi amor. —dijo Katherine burlándose de su esposo.

No pude evitar soltar una sonrisa. Solo Lestat Von Kleist podía lamentar la pérdida de sus lienzos con la misma intensidad que lloraria mi muerte. Su obsesión por el arte, por la grandeza, era tan Lestat como podía serlo, y aunque me exasperaba, también me recordaba por qué lo amaba tanto.

La atmósfera en el castillo cambió con las horas, el aire, antes cargado de muerte, comenzó a vibrar con un atisbo de celebración, las risas, al principio forzadas, se volvieron genuinas por el simple hecho de estar vivos. Por fin, todo había terminado, por fin podríamos vivir sin el temor de ser cazados por una loca obsesionada con el poder.

En el salón principal, mi padre y Katherine compartían una botella de vino antiguo, sus risas llenando el aire con una calidez que contrastaba con los muros fríos. Kyllian hablaba con sus hijas, sus rostros se veían iluminados por el alivio.

Sophie y Joe, fieles a su costumbre, desaparecieron en una habitación apenas llegaron, buscando un momento de intimidad tras el caos. Rossana, con su humor mordaz, bromeaba con Hoseok y Seokjin, señalando sus heridas invisibles como si fueran trofeos de guerra, mientras ellos reían, agotados pero vivos.

Supe que horas antes se organizó un breve funeral para Dylan y que sus restos serían llevados con su tío a su hogar en las montañas, y aunque todos echaríamos de menos a ese licántropo, sabíamos que una parte de él se quedaría con nosotros, en especial con Nick que atesoraba su amistad leal.

Damon se acercó con su paso confiado, un vaso de bourbon en la mano que olía a roble quemado.

—Ten. —dijo, extendiéndomelo con esa sonrisa torcida que siempre ocultaba más de lo que mostraba. —Necesitas desintoxicarte la boca después de beber la sangre de esa cucaracha asquerosa... y no me refiero a Akasha. —añadió dando a entender que se refería a Dove.

Rodé los ojos, pero tomé el vaso, el líquido ámbar quemando mi garganta mientras una sonrisa se escapaba de mis labios, cuando escucho lo que pasó con esa chica no pudo evitar celebrar, aunque se quejó de no poder haberla visto morir... de nuevo.

Por Siempre, AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora