Es el final... ¿En serio?

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Narra Evie:

El aire del bosque era denso, cargado de olor a tierra húmeda y sangre. Mi piel se erizaba con cada ráfaga de viento, pero mis ojos no se apartaban de Akasha, que sostenía a Jungkook como si fuera un trofeo. Mi corazón latía con una furia que ardía desde lo más profundo de mi alma, una furia alimentada por años de engaños, dolor y el eco del Inframundo que aún resonaba en mi pecho.

Había soportado demasiado y esto terminaba ahora, no iba a dejar que ella tocara a Jungkook.

Hasta que de pronto, una voz cortó la tensión

—¡Más vale que sueltes a Veltesta de una vez! —Seokjin emergió de las sombras, su silueta recortada contra la luz plateada de la luna. Detrás de él, Sophie, Joe, Damon, Camille, Angelique... y una figura que hizo temblar la tierra bajo mis pies.

Tretesta. Su presencia era un trueno silencioso, una fuerza que desafiaba incluso a la bruja que me había dado la vida.


—Y más vale que lo hagas con cuidado. —dijo Tretesta, su voz grave resonando en mi pecho como un tambor de guerra.

—Tretesta... —susurré, mi voz temblando, no de miedo, sino de alivio. Lo habían conseguido. Lo trajeron de vuelta y justo a tiempo.

Los ojos oscuros de Akasha se abrieron de par en par, y por un instante, vi algo que nunca creí posible: terror. Su agarre sobre Jungkook se aflojó, y él se deslizó de sus garras, arrastrándose hacia sus hermanos, jadeando de dolor.

—¿Qué pasa, Reina de los vampiros? Parece que viste un fantasma... —La voz de Damon destilaba su típico cinismo, sus colmillos brillando bajo la luz lunar.

—Volvemos a vernos. —dijo Tretesta, su mirada clavada en Akasha, sin parpadear.

Seokjin tomó a Jungkook por el brazo, y en sus ojos vi un destello de alivio. Pero no había tiempo para celebraciones. Los tres hermanos, Seokjin, Hoseok, Jungkook, comenzaron a fusionarse y yo no pude apartar la vista de eso.

En segundos, dejaron atrás sus rostros humanos, hermosos y familiares, para convertirse en algo aterrador. No era el perro de tres cabezas del que hablaba la mitología griega, ni el chacal delgado de la cultura egipcia, no, era algo mucho peor: un ser de pelaje negro como la noche más profunda, colmillos que podrían destrozar acero, y ojos que ardían con las llamas del Inframundo. Cerbero.

Su tamaño era descomunal, como un oso gigante, pero su aura era pura, primal, un guardián del abismo que hacía temblar la tierra con cada paso.

Akasha retrocedió, su rostro pálido traicionando su miedo. Cerbero avanzó, un gruñido resonando en su pecho, vibrando en los troncos curvos del claro.

Asegurándome de que Nick estaba a salvo con Sophie y Joe, di un paso hacia mi madre, algo en mí ardía, una determinación que no sabía que tenía, como si el fuego del Inframundo mismo corriera por mis venas.

—Ya no hay salida, madre. —dije, mi voz afilada como la espada que había soltado. —Tu tiempo aquí se terminó. —

—No te tengo miedo, niña tonta. —escupió Akasha, recuperando su arrogancia, aunque su voz tembló. —No eres nadie sin tu padre, sin esa bruja, y ahora... sin ese maldito pulgoso. —Cerbero gruñó, sus colmillos destellando, pero Akasha alzó la barbilla, desafiante. —Tú sola no puedes enfrentarme. —

—Oh, mamita querida. —repliqué, dando un paso hacia ella, mis ojos dorados brillando con una furia que sentía encender el aire a mi alrededor. —Me enviaste a un lugar donde sufrí dolores y agonías que ni en tus peores pesadillas podrías imaginar, ¿recuerdas? Si pude sobrevivir eso, ahora entiendo que tú no eres nada. —

Por Siempre, AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora