Regresenme a casa

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Narra Jungkook:

El diario de Lestat seguía sobre la mesa, abierto justo en esa página. «7 de noviembre de 1510.» Leí esa fecha tantas veces que parecía tatuada en mis ojos, pero no logré dormir ni un segundo, mi cuerpo estaba inquieto. Daba vueltas sobre la cama como si estuviera huyendo de algo invisible. Y quizá lo estaba.

Había algo en ese día que no se sentía ajeno. Y no hablo de la historia contada por Lestat, ni de la manera en que describe a Genevieve con su cabello largo y oscuro o con esa sonrisa tan inofensiva que definitivamente resultaba peligrosa.

No. Hablo de lo que sentí en mi pecho apenas leí esa fecha, ese escalofrío familiar.

Tuve una punzada en el pecho, o mejor dicho una especie de vértigo que no venía del cuerpo, sino de algo más profundo... de algo que había estado dormido en mí desde hacía siglos y que de repente, simplemente... despertó.

Apreté los ojos y fue entonces que me vi ahí entre la multitud, bajo las antorchas de aquel castillo Tudor, como una sombra sin nombre que no debía estar ahí, pero que estuvo. Entre toda esa multitud y con mayor claridad en mi mente, vi a una muchacha girar en medio del salón, con la piel tan pálida y reluciente que reflejaba el fuego y la risa... esa risa fascinante que llenaba los alrededores.

La vi. Y sentí algo. No sabía qué era, pero me dolía. Dolía como si me estuvieran arrancando un recuerdo del alma. Me senté en la cama, respirando con dificultad y con un zumbido en ambos oídos que me aislaban del exterior.

«¿Cómo era posible? ¿Por qué me sentía así?»

Evie no me reconoció. Yo tampoco la reconocí aquella vez, pero ahora... ahora lo sabía. Nos habíamos visto antes, mucho antes. Y aunque no hubiéramos dicho ni una palabra esa noche... algo dentro de mí la había elegido desde entonces.

Me senté al borde de la cama, frotando mi rostro con las manos. Sentía que el tiempo me atravesaba, pero no con nostalgia, sino con rabia contenida. No por Evie, sino por mi hermano, la discusión con Seokjin había sido brutal.

Recuerdo cómo lo tomé por la camisa, lo empujé, grité cosas que probablemente no debí decir. Pero el muy idiota me las devolvió todas con la misma intensidad. No se defendió, no reculó. Me dijo que no sabía, que él también creyó que ese recuerdo era solo una corazonada, algo sin importancia y que solo quiso protegerme, y... por más que me pese admitirlo, sé que dice la verdad.

Seokjin no es un traidor. Puede ser un idiota, torpe, impulsivo y sobreprotector al punto de volverse manipulador. Pero también es mi hermano, me conoce y yo a él.

No me ocultó información por maldad, pero aún así, se equivocó, porque ocultar algo tan grande nunca es lo correcto, aunque nazca desde el amor y la protección.

Exhalé con fuerza, intentando soltar un poco del peso que se acumulaba en mi pecho. No hay mentiras ni trampas o juegos macabros, sólo cicatrices que están saliendo a la luz.

Me levanté, caminé hacia la ventana y observé el cielo comenzando a aclararse, ya estaba amaneciendo. Apenas unos matices dorados se colaban por los vitrales del castillo.

Decidí que ya era suficiente. Necesitaba hablar con Seokjin, debíamos arreglar esto, no por orgullo, sino porque lo necesitaba cerca, porque al final del día, era él quien había sostenido mis ruinas más de una vez, y aunque me había enojado, ahora lo entendía: su silencio había sido una forma de protección tan torpe como genuina.

Salí de mi habitación sin hacer ruido, pero el castillo estaba inusualmente quieto, incluso para esta hora, caminé por el pasillo hasta la habitación de Jin y toqué una vez.

Por Siempre, AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora