Epílogo

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Narra Evie:

El castillo, se alzaba como un gigante herido que, aún cojeando, se negaba a derrumbarse del todo. Las grietas que se habían abierto por la lucha ya estaban siendo selladas por manos humanas, andamios de madera trepaban por las torres, los martillos resonaban como latidos y el olor a pintura fresca se mezclaba con el polvo que flotaba en el aire. 

La mano de obra humana que mi padre había contratado se movía rápido, casi con urgencia, los pisos habían sido reemplazados y los tapices quemados ya habían sido restaurados. En menos de una semana, el castillo volvió a parecer el palacio orgulloso que siempre había sido.

Pero para mí ya no era lo mismo.

Caminé por el gran salón, mis tacones resonando sobre el suelo recién pulido. Si me concentraba lo suficiente todavía podía oler la sangre, si cerraba los ojos veía los destellos del fuego del Inframundo y si me quedaba en completo silencio aún podía escuchar los gritos de dolor de Dylan. 

Este lugar había sido mi hogar, mi prisión y mi campo de batalla... Ahora era solo un mausoleo de recuerdos con el que ya no quería cargar.

Había llegado el momento de dejar Rumania, de dejar atrás las sombras del pasado y descubrir quién demonios era Genevieve Von Kleist.

Damon apareció apoyado contra una columna con esa sonrisa torcida que prometía problemas, me esperaba como si supiera leerme la mente.

—Deja de darle vueltas al asunto. —dijo sin apartar sus ojos azules de mí.

Fingí poner los ojos en blanco, fingí quejarme, fingí que podía irme sola. Pero en el fondo sabía que no quería hacerlo.

—Está bien, idiota, me rindo. —suspiré, dejando caer los hombros con dramatismo teatral. —Quiero irme de aquí, de ser posible hoy. —lo miré y sonreí. —Pero no pienso hacerlo sola, así que más te vale tener el tanque del auto lleno y el bourbon frío, porque vienes conmigo. —

Damon soltó una carcajada baja, esa risa ronca que siempre parecía saber más de lo que decía.

— ¿Era tan difícil decirlo, preciosa? —se apartó de la columna y dio dos pasos hacia mí, invadiendo mi espacio personal. — ¿Adónde vamos primero? ¿Tokio? No, imagino que no estas lista para ver asiaticos... ¿Cuándo es el carnaval de Río? —

Me crucé de brazos, arqueando una ceja.

—Podemos ir a París. —dijo, y vi cómo sus ojos se iluminaron con malicia pura. —Vamos al museo Louvre, deberíamos colgar un retrato antiguo nuestro en el salón principal. —

Sonreí, sintiendo tranquilidad por primera vez en varios días.

—Después podemos ir  a Australia. —añadió. —Robamos unos cuantos marsupiales y armamos nuestra granja de Quokkas. —

—En verdad eres un imbécil. —

—Ya enserio... —Damon sonrió. —A donde sea que vayamos está bien, pero en el camino nos alimentaremos como Dios manda. —murmuró. —Nada de bolsitas de sangre ni de conejitos... Quiero humanos calientes, los elegimos, los disfrutamos y los dejamos con una resaca épica. —

Levanté la barbilla, encontrándome con sus ojos.

—Regla número uno, nadie, que no lo merezca realmente, muere. —advertí.

Damon extendió la mano, palma arriba, como si estuviera sellando un pacto con el mismísimo diablo.

—¿Trato?

Puse mi mano sobre la suya, apretando fuerte.

—Trato, pero yo conduzco. —Él soltó una carcajada que retumbó en el salón vacío.

Por Siempre, AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora