Tic-Tac: Elección Infernal

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Narra Evie:

Mi mano temblaba, estaba completamente manchada de sangre podrida, mientras la incertidumbre me arrancaba jadeos del pecho. 

Las heridas apenas lucían como rasguños debido a que mi cuerpo estaba débil, hambriento y sanaba con una lentitud exasperante, pero no había tiempo para lamentarme y sufrir. Jungkook y Nick estaban en manos de mi madre, y cada segundo que pasaba era un latido menos para encontrarlos.

Me incliné, con un gruñido de esfuerzo, y tomé la espada que Dove había traído desde el Inframundo con la intención de usar contra mí. Su hoja negra, grabada con runas desconocidas, era singularmente familiar; incluso traté de recordar dónde la había visto hasta que noté cómo las gemas de su empuñadura parecían vibrar desde el interior.

Era un arma peligrosa, capaz de cortar almas y enviarlas a la tortura eterna, pero también era mi única ventaja contra mi madre. La apreté con fuerza, ignorando el hecho de que yo no era una criatura del Inframundo y que esa arma tomaría no solo el alma de Akasha, sino también la mía. Valía la pena.

Me giré hacia Camille, que seguía al lado de su hermana.

—¿Vieron o escucharon a dónde se los llevó? —

—Evie, estás hecha un desastre —dijo Camille. —Necesitas alimentarte, ahora. —

—No hay tiempo —respondí, mi voz ronca, con más brusquedad de la que pretendía—. Jungkook y Nick... tengo que encontrarlos antes de que Akasha... —

—Para, Genevieve. —Angelique me miró con los ojos llenos de cansancio y determinación—. No llegarás lejos si te desmayas, y si estando sana no eres rival para tu madre, sin sangre serás presa fácil. —Su tono demostraba una genuina preocupación, además de su irritante acento francés.

—Busquemos algo para que te alimentes. —

Miré a las dos mujeres: Camille con su serenidad y Angelique con su altanería contenida a causa de la lucha.

—Primero tenemos que encontrar a los demás: mi padre y Katherine... necesito saber que están bien. —

Las francesas asintieron y las tres nos movimos como sombras a través del castillo devastado. El eco de nuestros pasos resonaba en los pasillos llenos de escombros, y el olor a sangre seguía impregnado en el aire. Cada esquina era un recordatorio del ataque, los vampiros de Akasha habían sido brutales, pero su falta de experiencia los había condenado contra la nuestra.

Lestat, con siglos de batallas a sus espaldas; Katherine, con su ferocidad calculada; Kylian, siendo un guerrero nato; y Rossana, que aunque joven, había sido entrenada por todos nosotros. Damon se iba sorprender mucho cuando se enterara de que su tataratatara-sobrina resultó ser buena con los colmillos.

Pero de repente, el recuerdo de Dylan me abrumó: me estaba mirando en el momento exacto en que sus ojos se apagaron, y solo pensar en eso me provocaba náuseas.

Buscamos a los demás por el castillo hasta que llegamos al salón principal, donde el gran comedor estaba destrozado: los candelabros retorcidos y más cuerpos de desconocidos esparcidos como muñecos rotos.

Mis ojos buscaron frenéticamente, y entonces los vi, agrupados en un rincón, bebiendo bolsas de sangre. Exhaustos, pero vivos.

Las francesas corrieron hasta su padre, a quién abrazaron con fuerza, y luego se abalanzaron sobre la hielera llena con bolsas de aquel líquido que mi cuerpo tanto anhelaba.

Mi padre estaba de pie, con el abrigo roto y sujetando a Rossana por los hombros, mientras Katherine, cuya cabellera estaba salpicada de sangre, acomodaba con cuidado los huesos rotos de su pierna.

Por Siempre, AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora