Capítulo 84: Carga

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El motor del Cyclops al navegar por el mar se escuchaba extrañamente pacifico, era casi como un arrullo.

Para evitar despertar a todos y arruinar su salida, había puesto los motores al minimo, así que la nave de color blanco y rojo se movía a paso lento por las aguas de 4546B. Era Robinson quién la había pintado de ese color, y le había dado nombre. El Segador, en honor a la bestia que casi los había asesinado, llamado así en esperanza de que su temible reputación fuera un deterrente para las otras aterradoras criaturas de los mares.

Robinson había sonreído como un niño cuando lo fabricaron y lo pintaron. En general Robinson actuaba como un niño para sus estándares. Lleno de asombro y curiosidad, a veces rozando la estupidez, pero más a menudo rozando la genialidad. Siempre tenía ideas interesantes, aún si sus métodos para ponerlas en práctica eran poco ortodoxos. Le recordaba a Yu en ese aspecto.

Esa era otra cosa que no era, un genio como ellos. La única buena cualidad que tenía era que de hecho era un buen piloto. Tenía que serlo, años en la Escuela Espacial Militar tenían que haber válido para algo. Aunque nunca imaginó que su experiencia para volar naves se pudiese aplicar a un submarino. La PDA había dicho que solo timoneles experimentados deberían pilotar un Cyclops solos, así que era un logro.

Uno solo, contra toda una montaña de errores.

Eso sí, había tenido que hacer una parada en un camino que normalmente hubiera sido una veloz linea recta. Una familia particularmente grande de Leviatanes Portarrecifes se había puesto en el paso, e iban en todas direcciones. Había esperado que quizá vieran la mole metálica y huyeran de él, pero quizá la idea de Robinson de hacerlo parecer un leviatán no había sido tan exitosa como este hubiera querido. Si subía, alguno subía también, si bajaba lo mismo y al intentar rodear se encontraba con uno yendo de ese lado. Era como si no quisieran dejarlo pasar, como si el Universo lo detuviera.

Se sentó entonces a esperar un momento. Viendo a los colosos pasar con el conglomerado de vida en sus espaldas, cuidando a sus crías aún con caparazones limpios. Lo hacía pensar en metáforas de como al crecer, más peso del mundo cargaba uno en su espalda. Pero también, lo hizo pensar en Yu y en su bebé.

Tenía que hacerlo por ellos, y por Robinson y Lawson y el Oficial Danby y el Capitán Quinn y todos a los que les había fallado ya. Finalmente, la familia de Portarrecifes se quitó de su camino y prosiguió. Ya estaba al mero borde de su bioma destino, la zona de algas de sangre, y de la cueva que lo llevaría más profundo.

Bajo lento, el radar y el proxímetro marcando peligro en todas partes. Las enredaderas de sangre, brillando pálidas como siempre eran lo suficientemente sólidas como para ser un riesgo de colisión, más como arboles bajo el mar que como las algas que parecían ser. Y pese al tamaño de la nave y el nombre que le había dado Robinson, de nuevo, esto poco parecía importar a los depredadores grandes. Las amperguilas aún eran un riesgo con sus descargas eléctricas y  lo mismo iba para aquellos crustáceos pulpo con EMP integrado.

Al fin, estaba ahí. Ante la entrada de ese misterioso bioma, que era tan grande que aún en un submarino de 54 metros, se sintió pequeño e insignificante. Un tinte verde se apreciaba más allá. Era el momento. Respiró profundamente y aprestó el sonar para tratar de captar la mejor forma de acceder. Pero antes de que pudiera tomar cualquier decisión, se sintió un golpe seco debajo del Submarino.

-¿Qué demonios...?

Y luego, contra su voluntad, escuchó que las compuertas del Segador se abrían para permitir acceso a la bahía de vehículos. ¿Qué lo había abordado? El Behemoth con Yu a bordo, la cual salió como saeta del vehículo.

-¿¡En qué demonios estabas pensando!?

- ¿Yu? ¡No! ¡No se supone que estés aquí!- gritó él desesperado.

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