Capitulo 94: Problemas

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En esas últimas semanas, Bart se había decidido a salir de su zona de confort.

Llevaba años varado. Años. Ya no estaba seguro de cuántos pero seguían siendo años. Los primeros meses tras la caída planetaria eran ya tan lejanos. Apenas y recordaba las voces de Marguerit, de padre. Mucho menos las de eventos anteriores.

Se había pasado el primer año o dos con la construcción de la base. Plantando algas, cosechando linternas y papas. Claro, había intentado investigar también. No solo el respiradero, había elegido la cueva de su base porque algo más había encontrado. Además, había estado explorando tan lejos como su estabilidad mental lo dejaba, cada vez un poco más adelante. Ya se adentraba en áreas "seguras" de los bosques de hongos, la zona de bulbos, el campo de peñascos. Pero la verdad es que poco podía hacer.

Había llegado a un punto muerto muy pronto. Su PDA se había dañado en aquel fatídico ataque del segador, o quizá en el derrumbe, pero había perdido los planos para mejorar el Seamoth más allá del módulo de profundidad Mk2, y los del Cyclops se habían ido en la PDA de Marguerit. Por mucho que saliera de su zona de confort, no podría pasar nunca de 500 metros.

Había más. Por ver, por encontrar. Incluso sin ir tan abajo, había zonas en las que jamás había ido. Pero escuchar el rugido del Segador era, para él, sinónimo de dar la vuelta de inmediato y nunca volver. Su corazón acelerado y su mente regresando a la peor experiencia de su vida. A veces, construía y deconstruía el mismo cuarto escáner en las cercanías, pero el resultado era el mismo. Segadores en los escaneos. Solo saber de ellos lo inducía al pánico.

-Quizá Padre tenía razón. Solo debo mantenerme vivo hasta que la aseguradora arregle el rescate.

Pero después de 6 meses, un año completo, dos, se dio cuenta que nadie vendría.

-No es como que me haya rendido. Sigo vivo.- se decía a si mismo. Y en parte era cierto. Se había decidido a vivir y eso estaba haciendo. Incluso se podía decir que estaba prosperando. Tenía un techo y no pasaba hambre. Si era su destino quedarse en ese planeta olvidado por Dios, entonces así sería. Aceptó el regalo de vida que la enzima de los mirones le había dado, y se decidió a pasar el resto de sus días en paz.

Aunque era terriblemente triste no tener a nadie con quién compartir una noche fría, una casa grande, una comida o siquiera un pensamiento, era liberador en cierto modo. Sin las expectativas de la sociedad o la corporación Torgal encima. Sin nadie a quien rendir cuentas. Solamente pasando el tiempo en quehaceres simples y pasatiempos, hallando una inmensa paz, y algo más. Incluso en los primeros días, ya le había encontrado la belleza al planeta. Veía a los animales coexistir y co-evolucionar. Veía a las plantas de su jardín bajo el mar germinar y crecer. Las corrientes pasar y los días ir y venir. Pensaba a menudo en como su padre y Marguerit habían tenido razón pero en como él también la había tenido. Ese mundo era maravilloso y en algunas décadas más, esperaba que muchas, se uniría a ese todo.

Pero entonces la enfermedad volvió.

Pese a que la enzima lo mantenía vivo y relativamente sano, no sabía por cuánto más seria. Fiebres breves pero muy fuertes. Ataques de tos que dejaban detrás flemas enrojecidas por la sangre. Sus síntomas habían ido empeorando de a poco. Muy lentamente. Como una única termita corroyendo una casa de madera. Sabía que tarde o temprano, se le vendrían encima los muros.

Así, había vuelto a investigar. Encontrando nada, hasta que se decidió armarse de valor y bolas. Había encontrado esa puerta, a los límites de la Zona de Algas de Sangre a 534 metros. Era como el respiradero, y como otras estructuras que había encontrado en el planeta, claramente alienígena. No obstante, al llegar a esta, con la ilusión de encontrar una respuesta a la enzima, a todo, se encontró que la puerta estaba bloqueada por un velo verdoso y electrizante, una runa idéntica a la tableta que Marguerit había encontrado hacía tantos años enmarcada en su frente, aparentemente la única forma de acceder.

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