Cap. 37

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Darío

Después de estar todo el día soportando a Gabi por fin me lo quité de en medio. Estuvo toda la tarde pegado a Alana y a ella parecía no importarle, más bien parecía disfrutarlo. Me ardía el cuerpo solamente de pensarlo. ¿Cómo podía ser que él había estado con Alana durante no sé cuanto tiempo y yo solo había podido besarla? No era por ser engreído pero no teníamos ni punto de comparación. Puede que él fuera más de su estilo, no lo conocía pero parecía que tenían muchísimas cosas en común, se ríe con él y hasta es mucho más cariñoso que yo. Pero Alana no parecía importarle mucho el cariño, por lo menos físico.

Terminé de tirar todos los envases de la cena y subí a la habitación. Pase por la habitación de Nathan y lo vi hablando con su prima sentados en la cama. Pase de largo pero pude ver que él tenía una expresión tensa. ¿Le había contado lo que pasó? Lo dudaba mucho, si se lo contaba salíamos perdiendo los dos. Cerré la puerta de mi habitación y me recosté en la cama. No había parado en todo el día, casi ni me había dado tiempo a comer y aún así no pude dejar de pensar en Alana. Ver su indiferencia hacia este tema hacía que me volviera loco, no sabía lo que sentía, ni lo que pensaba. Era como una tumba. Aunque a veces fuese como una niña pequeña seguía teniendo la entereza de una adulta. A veces dejaba ver esa faceta de ella, de una persona que aunque intente parecer segura de sí misma no lo sabe todo sobre la vida y no le importa no saberlo. Era una de las cosas que me atraía de ella.

Escuché la madera del pasillo crujir, sabía que era ella y se estaba acercando a mi habitación. Me incorporé sentándome en la cama y miré hacia la puerta pensando que en algún momento la abriría. Vi la silueta de sus pies bajo la fina línea de luz que se atisbaba entre la puerta y el suelo. Estuvo allí de pie unos segundos que se me hicieron eternos pero finalmente se dio media vuelta y escuché el sonido que hacías su puerta al cerrarse. Bufé y volvía a tumbarme tocándome el pelo desesperado. No quería ir detrás de ella, esperaba que diese el paso esta vez. Pero me dejó con la miel en los labios. Incluso sabiendo como era pensé que conmigo sería distinto pero no lo fue.

Tenía sueño acumulado y una persona normal hubiese caído redonda en la cama pero mi cabeza no paraba de dar vueltas. Así que me puse a hacer flexiones hasta que estaba tan cansado que me derrumbe sobre la almohada. Llevaba días sin poder dormir bien y necesitaba darme un descanso pero Alana no ayudaba. Me estaba volviendo loco por esa chica y lo peor de todo era que no quería parar. Nathan nos habría matado si se enterase de cualquier cosa de la que habíamos estado haciendo desde que llegó pero cuando estaba cerca de ella no podía evitarlo. Siempre había intentado ser caballeroso y respetuoso pero creo que lo hacía porque nunca nadie me había despertado algo parecido a lo que ella había hecho desde el minuto uno. Físicamente me atraía, no había duda. Pero había algo más y no sabía que era. Puede que fuera lo enigmática que era, lo distinta a las otras mujeres que había conocido. Mientras que las demás se vestían con vestidos elegantes, usaban mucho maquillaje y tenían conversaciones triviales... A ella le daba igual mancharse las manos, no intentaba agradar a todo el mundo y siempre decía lo que pensaba. Mientras que pensaba en todo esto acabé cerrando los ojos hasta el día siguiente.

...

Pasó una semana en la que Alana y yo rara vez hablábamos. Intentaba hablar con ella pero nunca tenía tiempo. Estaba muy rara, ya no iba a trabajar pero siempre estaba fuera de casa. Pensé que a lo mejor se estaba viendo con algún chico o empezaba a tener juntas con gente que no le hacía bien. Empecé a notar ojeras que antes no estaban ahí pero sabía que si se lo decía acabaría enfadándose conmigo y empeorarían las cosas.

Me desperté por la mañana temprano como siempre pero esta vez por el ruido de un motor. Un coche en marcha, al mirar por la ventana vi un land Rover Evoque alejarse de la casa. ¿Qué hacía un coche así aquí?
Salí de la habitación y fui hacia las escaleras. La habitación de Alana estaba cerrada, pero no me preocupo porque siempre dormía con la puerta de esa forma porque si no no podía dormir. Era increíble lo mucho que la conocía después del poco tiempo que habíamos pasado juntos.

Eran las doce de la tarde cuando Nathan se levantó, fue a la cocina como siempre y se sirvió un poco de café que ya había preparado. Medio dormido me dio los buenos días sin echarle siquiera azúcar al café. Después del primer sorbo se dio cuenta y lo escupió manchando toda la encimera.

-¡Pero qué haces!

Lo obligué a limpiarla antes de que nos fuésemos a hacer la compra. Me dijo que Mía iría a cenar esa noche así que compramos bastantes cosas para hacer. Al llegar a casa me pidió que le enseñase algunos platos fáciles de preparar pero que sirviesen para impresionarla. Fue una mañana bastante ajetreada pero cuando Mía llegó Nathan ya sabía desenvolverse en la cocina. La chica se sentó al otro lado de la encimera mientras nosotros preparábamos la cena. Al cabo de un rato le pedí que pusiese la mesa para cenar pensando que Alana llegaría para ese momento. Cuando me senté en la mesa vi solo tres platos así que deducí que llegaría tarde.

-¿Alana te ha dicho que tardará? -Miré a la rubia despreocupado pero su expresión parecía muy distinta a la mía.

Miró a Nathan sin saber muy bien que decir pero él no le devolvió la mirada. Había estado todo el día raro pero pensaba que era por los nervios, ya que siempre que venía a verlo él se ponía atacado. La chica carraspeó y tragó saliva aún mirándome.

-¿No te dijo nada? Se ha ido.

-Ya, siempre se va, penas pasa tiempo en casa. -Seguí, aunque un dolor me atravesó el estómago. No podía ser lo que estaba pensando.

-Darío... Se ha ido de la ciudad. No va a volver en mucho tiempo. -Dijo Nathan sin apartar la vista del plato.

Volví a sentir ese dolor pero más intensamente. ¿Porque todos los habían menos yo? Se había ido sin decirme nada. Entonces recordé el coche que vi esa mañana y su puerta cerrada. Me disculpe saliendo del comedor y subí hacia las habitaciones. Respiré hondo antes de abrir su puerta y al pasar... No había nada. Su cama estaba hecha, no había ningún rastro de ella por las paredes ni por el suelo. Como si nunca hubiera estado allí. Ver eso me destrozó. Sabía qué hacer, todo me daba vueltas. ¿Porqué se había ido?¿Fue por lo que pasó? Entre la habitación y abrí el armario. Ese en el que un día tuve que esconderme para que su primo no nos viera juntos en mitad de la noche. Nada.
Me senté en la cama mirando al suelo y respiré hondo. Me daba igual que mi mejor amigo me viera así, no era capaz de controlar lo que hacía en ese momento. Empecé a sentir una sensación en el pecho similar a la que sentí cuando mi padre se fue y nos dejó solos a mi madre y a mí pero esta vez sabía como controlarlo.

Al cabo de un rato salí de la habitación y la cerré con llave. Juré que no volvería a entrar más para así no recordarla y que intentaría que mi vida fuese igual que antes de conocerla.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora