Cap. 43

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Alana

Me desperté.

Con una sensación penetrante en mi entrepierna. Suspiré. Estaba sudando y mi botella de agua estaba vacía. Siempre tan oportuna. Bajé de la cama y caminé descalza hasta la puerta, giré el pomo con cuidado para no hacer ruido y abrí elevando un poco la puerta, ya que si no lo hacía sonaba y estaba todo en silencio. Anduve por el pasillo en dirección a las escaleras, noté un hilo de luz saliendo de debajo de la puerta del baño. Me agaché con cuidado para saber si había alguien y pude atisbar una sombra moverse. Me separé con cuidado para no hacer ruido y bajé a la cocina. Me senté sobre la isla y eché mi pelo a un lado, pensando aún en el sueño. Parecía tan real... Escuché unos pasos bajando las escaleras. Dudosos y ligeros. Era Mía. Antes de que pudiera bajarme la vi entrar por la puerta.

-¿Estás bien? -Tenía su pelo rubio recogido con rulos y aún así estaba preciosa.

-Si, solo he bajado a por agua.

-Estas sentada en la encimera Alana. -Se cruzó de brazos. -¿Qué está pasando?

Respiré hondo y suspiré, llevaba mucho aguantando esto. No podía seguir así. La miré y empecé poco a poco a contárselo todo, el día que conocía a Darío, nuestras primeras conversaciones, los primeros sentimientos y el día del primer beso. Cuando le conté lo último ella soltó un pequeño gritito y se tapó la boca corriendo. Después de pedirme perdón me dijo que continuase y lo hice. Le conté sobre lo que pasó la semana antes de que me fuese y por último todo lo que había pasado desde que llegué. Al principio no parecía sorprendida, pero después, cuando todo se incrementaba la veía muy nerviosa. Era obvio que se alegraba por nosotros y que tenía un millón de preguntas que hacerme. Estuvimos hablando casi toda la noche, ambas sentadas en la mesa de la cocina. Al mirar la hora vi que ya era muy temprano así que Mía pensó que sería buena idea hacernos un café para poder aguantar todo lo que quedase de día.

Mientras lo hacía seguía contándole en voz baja casi todo lo que había pasado con Darío. Y lo que había pensado en él todo este tiempo que había estado fuera. Ella me escuchaba atentamente mientras no perdía de vista la cafetera. Cuando le pegué el primer trago al café... Estaba riquísimo.

-Gracias, está riquísimo.

-Es lo mínimo que puedo hacer después de todo el chisme que me estás contando. Tengo tantas preguntas y tantas respuestas que todavía necesito ordenarlas en mi cabeza. -Me reí en voz baja.

-Preguntame lo que quieras.

-¿Qué sientes al estar cerca de él? -Lanzó la pregunta sin pensarlo.

-No sabría explicarte... -Puse mis dos manos alrededor del café. -Se me tensa el cuerpo y se me eriza la piel. Es algo instantáneo, que me genera aunque no me toque.

-¿Él lo sabe?

-Mía tía. Que te he dicho que nos hemos besado ya mil veces. -Ella se rió.

-Sí, pero no lo habéis hablado.

-No se me da bien hablar. Además a lo mejor es algo momentáneo. Hace mucho que no nos vemos...

-Ni nosotras y no se te mojan las bragas cuando me ves.

-¡Mía! -Se me escapó un grito y la empujé un poco avergonzada.

Pero me avergoncé más cuando vi la silueta de Darío apoyada en la puerta de la cocina. Acababa de llegar pero estaba 100% segura de que habría escuchado mínimo las dos últimas frases. Y mi sospecha se hizo realidad cuando...

-¿A quién se le mojan las bragas? -Se rió. Por un momento sé que podría mentirle sin que se diese cuenta. Pero cuando me miró con la expresión de victoria de arriba abajo supe que era imposible.

-Nadie. -Dije rápido pero Mía se rió.

-Claro... Bueno preparaos que nos vamos a la playa. -Las dos nos miramos. ¿A la playa?

Mía subió a quitarse los rulos, haciendo bomba de humo para dejarme sola con Darío.

-¿Ha sido idea de mi primo?

-¿Porqué lo dices?

-Es lo suficientemente guarro para querer ir a la playa solo para ver a Mía en bikini. -El sonrió pero su sonrisa no era normal.

-Siendo novios... Me da a mí que habrá visto hasta sin bikini. -Imaginarme a mi primo con ella así me dió náuseas. Qué asco. -No ha sido su idea. -Se puso detrás de mí, poniendo sus brazos a los lados los míos impidiendo que me moviera. Justo después puso su cadera contra la mía y se acercó a mi oído. -Aunque el motivo lo has acertado.

Noté su sonrisa contra mi cuello y uno cosquilleo me recorrió todo el cuerpo. Levanté un poco la cabeza, lo que acabaría siendo peor. Pensé que había algo pero de repente se apartó y salió de la cocina, dejándome sola y con el cuerpo ardiendo.

Hijo de puta, está jugando conmigo.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora