Capítulo 46.

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Darío.

Cuando Alana subió las escaleras dudé un instante si seguirla o no. Les dije a los chicos que estaba cansado y subí poco después que ella. Ande por el pasillo sin hacer mucho ruido y me quedé frente a su puerta sin saber si tocar o no. La cena no había sido disculpa suficiente así que tendría que intentarlo un poco más. Aunque tampoco la entendía, la había protegido y me las pagaba enfadándose conmigo.
Suspiré hondo y llamé a la puerta. No contestaba, no habría, nada. Volví a llamar un poco más insistente. Nada. Respiré hondo algo cabreado y volví a llamar casi aporreando la puerta, me abrió mirada desafiante. Antes de que pudiera preguntarme que estaba haciendo entre a su habitación.

-¿Por qué mierda no me abrías?

-Puedo no abrirte si no quiero, es mi habitación.

-Es mi casa. -Dije serio.

-¿A qué vienes? -Se cruzó de brazos.

-A intentar que se te pase la pataleta. ¿Y se puede saber porque estás tan enfadado? Solo estaba intentando defendirte.

-Se defenderme yo solita.

-Claro, que eres tan fuerte... -Lo dije en tonos sarcástico.

Un puñetazo me golpeó en la mandíbula. Pase de mirar hacia adelante a mirar a un lado, me toqué la cara, estaba ardiendo. La verdad es que pegaba bien, eso era nuevo. Como surfear o el cambio repentino de pelo y de ropa. Por un momento pensé si tendría algo que ver con todo este tiempo que pasó fuera. Volví a mirarla, sus ojos seguían clavados en mí, desafiándome. Así no conseguiría nunca llevarme bien con ella.
Suspiré y me senté en su cama.

-Lo siento. -Dije sin pensar dos veces.

La habitación se quedó en silencio, supuse que ella se había quedado en shock. Pero no lo corroboré porque estaba mirando al suelo. Un minuto después noté cómo el colchón se hundía un poco por el peso de ella, y estaba sentada a mi lado. Me detuve un poco para observarla ya que antes con el enfado no había sido capaz. Llevaba un pantalón largo de pijama y una camiseta de tirantes blancas. Volvía a tener el pelo recogido en una trenza. Estaba sentada sobre una de sus piernas y sus brazos estaban un poco encogidos mientras se apoyaba en su pierna con las dos manos. Me miraba algo desconfiada pero divertida.

-Se que no te gusta que la gente te trate como una muñequita de porcelana, porque es obvio que no lo eres. Has aprendido a pegar... -Rei nervioso.- Y bastante bien. -Hice una pausa. -No me gusta que se metan con mi gente. Tampoco es que esté muy acostumbrado a controlar mi ira... Se me da bastante mal.

La volví a mirar y ella sonrió.

-Como vuelvas a intentar ponerte gallito delante de mí necesitarás más que una cena y una disculpa para que te perdone. -Sonreí pero estaba muy seguro de que no era una broma.

-¿Eso significa que me perdonas?

-Más o menos. Significa que me guardaré esta disculpa hasta que seas capaz de hacer algo lo suficientemente importante para que te la de. -Sonrió y una sensación de tensión nos envolvió.

-Eres mala eh.

Ambos sonreímos un poco, estuvimos hablando hasta que escuchamos a alguien subir las escaleras. Alana pensaba que era su primo así que me echó corriendo de la habitación por si volvía a entrar y tenía que esconderme de nuevo en su armario.
Al salir vi a Mía. En cuanto me vio delante de la puerta de Alana sonrío y vino hacia mí.

-¿Te ha perdonado?

-Más o menos.

-¿Os habéis liado? -Me miró con cara de sorpresa.

-¿Qué dices loca? No. ¿Por qué crees eso?

-Porque este que has subido ha pasado casi una hora, como me has dicho que más o menos... He intuido que no habéis hablado mucho.

-Pues te equivocas, todo este rato hemos estado sentados en su cama hablando. Solo eso.

Mía sonrió.

-Vas por buen camino.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora