Cap. 51

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Alana

La ducha me sentó como una brisa en un día de mucha calor. Me mojé el pelo y me lo sequé un poco para que el poco flequillo que tenía no se me quedase tieso. Cuando salí de mi trance miré a Mia sentada en mi inodoro, me había estado contando mientras me lo secaba toda la discusión que había tenido con mi primo por el cabreo que había tenido al enterarse de lo mío con Darío. Había estado incómoda por haber provocado esto pero Mía insistía que no había sido culpa de nadie y que su novio solo había tenido una pataleta.

-Lo adoro pero me frustra. -Bufó y me miró. -¿A tí Darío no?

-No. Me frustra, me molesta, me incordia, me dan ganas de abofetearlo... Pero adorarlo no.

Ella soltó una risita que me tranquilizó, por lo menos ahora no estaba llorando.

-Si te encanta, nunca te había visto así con nadie.

-Nunca me has visto con nadie Mía. -Puntualicé.

-Ya, es verdad. Pero he visto como muchos chicos han intentado tenerte y no han podido.

-No soy de nadie, que haya besado a Darío no significa que sea suya. -La idea hacía que mi estómago se cerrase.

-¿No habéis pasado de los besos? -Negué. -Pensé que si... ¿Y si nos vamos de fiesta?

Me quedé quieta en mi sitio y me gire lentamente para mirarla otra vez.

-¿Hace dos minutos estabas llorando y ahora quieres salir?

-Tu y yo solas. Los chicos son un asco.

Su cara haciendo moines me hizo reír, la verdad que no había salido con ella mucho de fiesta y parecía divertida como para hacerlo.

-Mi primo no querrá si seguís enfadados.

-Le decimos que vamos a hacer fiesta de pijamas en tu habitación y cuando podamos nos vamos. -Sonrió. -Tu primo se duerme temprano.

-¿Y Darío?

-Eso ya es cosa tuya, vamos Alana no puedo hacerlo yo todo sola.

Resulta que al final no era tan aburrida como pensaba. Acepté sin que intentase convencerme mucho más.

Ya por la tarde busqué a Darío, que estaba solo en la cocina preparando algo que parecía un batido de vómito.

-¿Qué mierda es eso?

-Proteina de chocolate. -Me miró y sonrió. -¿Quieres probar?

-¿A qué sabe?

-Como si tomases cucharadas de azúcar con leche. -Sonrió.

-No gracias, necesito que me hagas un favor... -Lo miré y sonreí mirándole fijamente. Sabía que eso lo volvía loco. -Tienes que distraer a mí primo hoy, Mía y yo vamos a salir.

-¿Solas? -Asentí.- Os puede pasar algo Alana.

-Si claro. -Me reí. -Vamos protegidas.

-¿Por quién?

Antes de que pudiera terminar la frase saqué mi navaja del bolsillo y la puse cerca de su cuello, tapando el lado afilado con mi dedo. Él solo pudo ser consciente de que estaba tras de él cuando era demasiado tarde.

-Por mi. -Sonreí.

-¿Cómo sabes hacer eso? -Estaba inmóvil y noté el nerviosismo en su voz así que aparté el arma y me puse a su lado de nuevo.

-Mi padre me enseñó de pequeña. -Me encogí de hombros. -¿Entonces?

-Vale, lo intentaré. -Sonrió y me acercó a él. -¿Qué más secretos guardas temeraria?

El tono de voz hizo que mi piel se erizara, hacía mucho que no me llamaba así. Sus ojos brillaban con una luz rara ¿Le había excitado eso? Jamás entendería a este tío. Y creo que por eso me gustaba tanto.

-Si los supieras no serían secretos. -Rocé sus labios y él me besó.

Su mano movió unos de mis mechones detrás de mi oreja, bajando por la parte trasera de mi cuello y agarrándolo con fuerza para hacer el beso más intenso. Cuando nos separamos puso su boca cerca de mi oreja.

-Si alguien se acerca lo mato. -Sonrió y se fue, dejándome aturdida y con una sensación rara en el cuerpo.

Cuando Mía llegó a mí habitación me vio aun sentada en la cama. Desde que había hablado con Darío y había subido a la habitación no había hecho nada más que mirar a la alfombra.
Después de que me insistiera mil veces le conté todo muy por encima. Su chillido de ratón chillón me sacó del trance y le cubrí la boca.

-¿Pero que haces?

-Dios mío, cuánta tensión sexual. Y luego dices que no eres suya, yo lo estaría deseando.

-No seas guarra -Reí.- Solo se las ha querido dar de machito. -Miré la bolsa que traía. -¿Y eso?

-Maquillaje y ropa.

-Tu ropa no me está bien, tienes tres veces más tetas que yo. -Reí.

-Ya pero el maquillaje sí. -Sonrió.

Se tiró media hora para maquillarme, y para elegir la ropa... Solo se que me despertó cuando acabó. Ella llevaba un vestido sexy, según ella porque era lo único que tenía un poco más arreglado. No tardamos en salir de la casa sin hacer ruido, tenía un mecanismo infalible que me hacía salir todas las noches sin que nadie lo supiera.

Tardamos unos veinte minutos en llegar a la discoteca. Nos pidieron el DNI para entrar, el segurata de la puerta era un hombre de mediana edad, gordo y con el pelo largo. La cara era de pocos amigos y el carácter aún peor, pensó que mi DNI y el de Mía eran falsos y tuvimos que batallar con él para que nos dejara entrar de una vez. Al abrir la puerta el ruido de la música y los colores nos envolvieron. Hacía mucho que no salía de fiesta, desde Italia, y tampoco había sido la gran cosa. Nos hicimos paso entre la gente y en la barra pedí dos vodka limón. Las luces de colores me dejaban a ratos ciega, rosa, azul, morado, naranja... Él camarero me miró mientras hacía nuestras copas, seguramente porque no quitaba ojo a los vasos. Mejor prevenir que curar, al mirarle me sonrió dulce y nos invitó a chupitos. Ambas accedimos y así fue durante toda la noche, chupitos, reggaeton y chicos pesados.

Uno de estos llevaba rato mirándonos y se acercó para hablarme. Lo miré mal pero no sé dio por aludido. Mía se acercó más a mí, me agarró las mejillas y me besó con intensidad, solo un pico fuerte.

-¡ES MI NOVIA! ALÉJATE ASQUEROSO, SOY UNA CHICA AGRESIVA.

Cuando el chico se fue nos miramos y empezamos a reír a carcajadas.

-No puedo creer que hayas hecho eso.

-Son unos pesado, estoy harta.

Ambas íbamos un poco chispadas, puede que por eso nos pareciera tan buena idea fingir que éramos novias durante toda la noche. Las dos a nuestra bola, que recuerde nos dimos un par de besos cuando algún que otro pesado nos hacía demostrar que lo eramos porque no se fiaba. Cuando nos dimos cuenta de que el camarero dejó de invitarnos a chupitos al enterarse nos volvimos a reír más. Tuve que ayudarla a levantarse del baño después de mear y ella a mí cuando se me perdió el móvil, nos estábamos grabando con él y lo tenía en la mano.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora