Cap. 42

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Alana

Quedé inmóvil en el pasillo escuchando los pasos de Darío detrás de mí. Me imaginaba de todo menos eso pero no me disgustaba el volver a rozar sus labios. Estaba fundida estaba hundida en mis pensamientos cuando escuché a Mia abrir la puerta de su habitación, bueno, la que compartía con mi primo. No sabía que se despertase tan pronto. Le di los buenos días y bajamos ambas hablando por las escaleras. Darío parecía sorprendido de vernos a las dos juntas pero no indagué mucho en el porqué. Como Mía había bajado tan temprano no pudimos hablar de lo que acababa de pasar pero sentía esa tensión entre ambos. Lo pillé observándome un par de veces y él a mí. No hablamos más de lo necesario pero sentía la mirada de Mía clavada en nosotros.

Cuando mi primo por fin se despertó, Darío lo obligó a que lo acompañase a hacer recados mientras que Mia y yo nos quedábamos en casa limpiando. Al principio pensé que sería algo muy aburrido, no me gustaba demasiado hacer las tareas de casa. Casi siempre las hacía de una en una para no tirarme todo un día entero recogiendo la casa o limpiándola. Pero me equivocaba, Mía me dio los productos de limpieza y en cuanto empecé a echarlos en el cubo con agua escuché música que venía de un gran altavoz.

-¿Y eso?

-Tu primo quiso comprarlo para dar fiestas aún sabiendo que Darío no querría. Pero pensó que podría convencerlo aunque luego nos dimos cuenta de que no. Así que ahora lo utilizo para cuando es el día de la limpieza, pongo la música a tope y se me pasa más rápido la mañana.

En verdad era muy buena idea, cuando estaba abajo en el taller improvisado era mucho más efectiva cuando tenía música de fondo o cualquier tipo de ruido. Siguiendo esa lógica pensé que tardaríamos poco en limpiarlo todo... Pero no caí en que la casa era mucho más grande que mi parte del garaje y aunque fuésemos todos nos costó casi todo el día. Aunque no os mentiré, la mayoría del tiempo estuvimos haciendo el idiota, bailando o encontrando cosas quedábamos por perdidas. Cuando mi primo y Darío entraron con la comida en bolsas nos encontraron en el salón haciendo el indio. Yo llevaba unas grandes gafas que supuestamente eran de sol de color morado y con brillo, también una corbata vieja de mi primo y me había hecho una especie de cigarro con un trozo de papel. Mientras que Mía, se había puesto un tutú rosa de uno de sus disfraces, le encantaba carnaval, y una boa a juego. Al darnos cuenta de que ambos habían llegado nos quedamos quietas, las dos de pie sobre el sofá del salón. Darío nos miró de arriba abajo y empezó a reírse a carcajadas, mi primo no tardó en seguirle el ritmo mientras nosotras avergonzadas nos bajábamos a toda prisa. Mía me miró avergonzada y yo no tuve otro acto reflejo que tirar las gafas hacia la dirección de los dos risitas. Dándole a mi primo en toda la frente. Nathan gruñó mientras se reía.

Qué idiotas.

Después de quitarnos todos los complementos y de ir a la cocina a calentar la comida, nos sentamos todos alrededor de la mesa. Habían traído comida precocinada de un supermercado cerca de aquí así que intuí que habían terminado hacía poco los recados. Durante la comida tampoco hablé nada con Darío pese a las constantes miradas de Mia hacia los dos. Ambos sabíamos que Mia se había dado cuenta de algo pero que no se lo diría a mi primo, aunque parecía que ella estaba más tensa que nosotros con la situación. Esto empezaba a salirse de control y mi primo no tardaría en empezar a tener sospechas si es que no las tenía ya. Terminé de comer y fui a limpiar mi cubierto, tiré el trozo de cartón donde venía mi comida a la basura y limpié un poco la encimera. Justo cuando estaba por terminar noté otra presencia en la habitación, y aunque no lo veía porque estaba de espaldas a él era consciente de que no me quitaba los ojos de encima.

-¿Necesitas algo o vas a seguir mirándome el culo? -Me di la vuelta para mirarlo.

Sus ojos no tardaron en subir hacia los míos y sonrió levemente con cara de que lo había pillado.

-No estaba haciendo eso. -Dejo su cubierto en el lavavajillas. -Ya veo que os lo habéis pasado bien Mía y tú limpiando.

-Ha sido sorprendentemente divertido, además de que nos llevamos bastante bien.

-Ya, es con la única con la que no perdiste el contacto desde que te fuiste.

Una punzada me atravesó el estómago. Sus palabras fueron directas y me hicieron quedar en shock durante unos segundos. Si sabía eso era porque le había preguntado a todo el mundo por mí y nadie había sido capaz de decirle nada. Menos Mía. Por un momento desconfíe de ella, se habían vuelto mínimo amigos desde que yo me había ido. Hasta la dejó vivir en su casa y dudaba mucho que tuviese algún interés amoroso con ella como conmigo. Ya que todos sabíamos que sólo por eso me había dejado estar allí. Pero por lo poco que había hablado con él y todas las mentiras que le había contado a ella dudaba mucho que supiese nada acerca de algo que no fuese como estaba. Durante la comida del día anterior parecía sorprendido por todo lo que contaba sobre mi casi año viviendo lejos de ellos así que dudaba mucho que la rubia le hubiera contado nada. Posiblemente él lo hubiese intentado pero no fue capaz de conseguirlo.

-Si... Estuvo mal.

-¿Fue por mí?

-No. -Lo vi sonreír aliviado.

-Está bien.

-¿No vas a preguntar más?

-¿Quieres que lo haga?

-No la verdad.

Asintió y salió de la habitación. Lo seguí pero subí a mi dormitorio, estaba tan cansada que me dormí tal solo con sentir el roce de mi piel contra las sábanas.

Estaba en una casa de campo, sumergida en un jacuzzi caliente fuera de la casa, rodeada de árboles altos. Hacía frío si salías del agua pero la sensación era agradable. Me acurruqué en el asiento del jacuzzi cuando de repente frente a mi, Darío salía del agua. Al principio el pelo, luego sus ojos, puestos en mi como un depredador con su presa. Mientras se acercaba iba viendo un poco más sus rasgos hasta tenerlo a centímetros de mi, con sus brazos firmes acorralándome. Lo miré pero parecía no tener conciencia de lo que hacía. Con una mano me agarró de las caderas y me acercó a él quedando sobre su regazo. Lo hizo como si apenas pesara más que un papel. Nos empezamos a besar y...

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora