Cap. 39

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Darío

Volví a casa con un montón de bolsas de la compra. Se acercaba Navidad y mía quería hacer algo especial así que me mandó al supermercado para comprar de todo. Me encontré con mi mejor amigo en la puerta de casa el cual me intentó convencer de que trajese alguna chica a la cena, llevaba desde lo que pasó con Alana intentando con unas y con otras encajar como lo hacía con ella. Pero ninguna duraba más de la primera noche. Haciendo caso omiso a lo que me suplicaban mejor amigo entré en casa. Escuché a Mía hablando con Alana, casi siempre que no estaba en casa hacían llamada y se ponían al día. Así que la mayoría de veces entraba sin hacer ruido para poder escuchar un poco de su voz. Esta vez se escuchaba mucho más fuerte de lo normal así que cerré los ojos un instante. Se sentía como si estuviera allí.

-Darío... Ya has vuelto.

Mía aparecía no muy feliz de verme. Y supe el por qué en cuanto una melena rubia cruzó la puerta de la cocina. Desde la puerta de la entrada se veían las enormes escaleras que llegaban hasta la parte de arriba donde estaban las habitaciones, en la parte izquierda un marco en forma de arco sin puerta quedaba al salón y al final del pequeño pasillo la puerta de la cocina desde donde ahora me miraba Alana.

Era ella.

En persona.

La miré de arriba abajo sin ser consciente de que era real, ni de que por un instante casi se me caen las bolsas al suelo. Estaba un poco más morena y tenía el pelo rubio aunque se seguía viendo su raíz morena. Ambos nos quedamos mirándonos sin saber que decir hasta que Nathan me empujó para ir a abrazar a su querida prima. Ella le devolvió el abrazo mientras yo todavía no podía salir de mi asombro. Había pasado casi un año y... Aunque pensaba que ya estaba empezando a superarla no lo había hecho. Para nada. Miré a Mía y me di cuenta enseguida de que estaba analizando todos y cada uno de mis movimientos, estos y expresiones faciales intentando entender un poco más la situación en la que estábamos tanto su amiga como yo. Carraspee la garganta y pasé por el lado de ambas para dejar la comida en la cocina.

Mientras Alana se ponía al día con su primo, Mía y yo aprovechamos para empezar a cocinar.

-¿Está guapa eh?

-Siempre lo ha sido. -Se me escapó y Mía sonrió. -Digo... No está mal.

-No te hagas el idiota, sé que te gusta desde el día que te pedí que me contases que paso y no lo hiciste.

- Tú tampoco cumpliste tu parte del trato, no me dijiste nada de lo que ella te contaba.

Estábamos en empate. Empecé a cortar las verduras y por estar tan nervioso de que Alana estuviese en la habitación de al lado me corté sin querer un poco el dedo. Mía se asustó y fue a por el botiquín mientras yo me apretaba el dedo para que no sangrase más aunque no tenía nada que ver con otras heridas más graves que me había hecho pero no quería ponerlo todo perdido. Después de eso fuimos al salón donde estaban los primos todavía hablando en el sofá. Pero a diferencia de lo que yo pensaba estaba en serios. Alana desvió los ojos desde su primo hasta mí y bajó hacia mi mano, con una tirita de Spiderman. Volvió a mirarme a los ojos y sonrío burlona. Todavía no me había dirigido la palabra, pero con tenerla en frente me sobraba. Nunca había estado tan desesperado por ver a una persona nunca.

Mía les contó sobre mi pequeño accidente y le pidió a Alana que la ayudase con la comida. Deducí que para hablar un poco más ya que habíamos llegado muy pronto y no habían podido hablar bien.
Me senté con mi mejor amigo en el sofá y él me miró.

-¿En serio tío? Te he visto hacer cosas muy peligrosas, y vas y te rebanas el dedo cortando verduras.

-No exageres, solo ha sido un cortecito. Pero ya sabes cómo se pone tu novia cuando alguno de los dos se hace algo.

Él sonrió como un idiota.

-Que bien suena...-Hizo una pausa. - Mí novia.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora