Capítulo 45.

15 1 0
                                        

Alana

En cuanto entré por la puerta de casa subí directamente a mi habitación. Necesitaba un baño. Aunque me encantaba la playa odiaba con todas mis fuerzas la arena. Cerré la puerta de mi habitación y la puerta del baño la dejé un poco abierta. Me quité la ropa y me metí en la ducha. El agua se deslizaba por mi pelo y posteriormente por mi piel, estaba tan caliente que sentía que me podía quemar pero ahí me quedé, bajo el chorro de agua.

Pensé en todo lo que había pasado hoy mientras intentaba estar un poco más tranquila.

Conocía a Darío, o bueno, eso pensaba. Seguramente habría montado esa escena para quedar por encima de los demás, como un machirulo. Pero una parte de mí dudaba un poco de que ese fuera el motivo principal. Ya estaba cabreado de antes pero en el momento en que ese tío se dirigió a mí... Fue cuando perdió los papeles. Pocas veces lo había visto tan cabreado. De normal solía enfadarse pero permanecía tranquilo. Ni el día que fui a ver como peleaba tenía tanta fuerza y tanta rabia como hacía unas horas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pensar que había sido capaz de golpear a alguien por mí me hacía estremecer un poco. Siendo sincera no era ni la primera ni la última chica a la que le gustaba ver al chico que... Bueno, a un chico sacar la cara por ella y más si apenas me conocía. Respiré hondo y otro escalofrío me sacó de mis pensamientos. Mire el calefactor, todavía estaba encendido. ¿Pero por qué hacía tanto frío? Movi un momento la mirada hacia la puerta y me di cuenta de que seguía un poco abierta, el poco aire fresco que había entraba por ahí. Corte el agua, me envolví en una toalla y fui a cerrarla cuando escuché un ruido que venía de dentro de mi habitación. Me quedé quieta con el pomo de la puerta en la mano ¿No había cerrado la puerta al entrar?

Tragué saliva y abrí la puerta de espacio mirando hacia el interior de mi habitación.

-¿Darío? -Pregunté agarrándome más fuerte la toalla.

-Ya quisieras. -Se río Mía.

Estaba sentado en mi cama ya duchada y con el pijama puesto. Miré la hora en el reloj de mi habitación y me di cuenta de que había tardado demasiado en ducharme.

-¿Por qué has entrado?

-Estoy aburrida, Darío y tu primo han ido a comprar la cena fuera.

-¿Y eso?

-Darío quería ir a comprar comida en un sitio nuevo, cree que con eso puede animarte y hacer que no te enfades con él por lo que ha pasado en la playa.

Un hormigueo me recorrió el cuerpo. Sabía la existencia de ese sitio pero no el nombre, pasamos por ahí una vez y al darme cuenta de que era un sitio donde vendían todo tipo de comida sonreí de la alegría. Lo raro fue, que cuando supe sobre la existencia de ese sitio ninguno de los tres que estaban conmigo en la casa estaban presentes en ese momento. Ni siquiera les había hablado de eso. Sonreí un poco al saber que Darío me había prestado atención más de una vez al hablar del tipo de comida que me gustaba, porque si no no habría ido a ese sitio. O a lo mejor si, siendo un sitio donde se cocinaba de todo, como un buffet libre. Seguramente fue el mejor lugar para ir si no tenía ni idea de que pedirme, y puede ser que se llevase a mi primo por eso.

-Que bien. -Conseguí decir mientras me secaba.

-Venga ya Alana, lo está intentando, no me puedes decir que no te gusta que intente arreglar las cosas.

-Si pero no así. Cree que por defenderme en la playa y comprarme algo que me guste para comer ya voy a caer rendida a sus pies. Que le voy a perdonar sin que sea capaz de pedirme perdón... Pues no las cosas no son así.

-A ti también te cuesta horrores pedir disculpas. No seas tan dura con el chico.

Suspiré y rodé los ojos. Era como mi Pepito grillo personal. Aunque a veces era más divertida. Cuando termine de vestirme me tumbé con ella en la cama, y estaba cansadísima. Mía me empezó a cepillar el pelo.

-¿Porque ya no tienes el pelo negro?

-Mmm... Quería hacerme un cambio de look. -No podía decirle que me lo tuve que cambiar para que algunas personas no supieran quién era. No solo el pelo, maquillaje y lentillas incluidas. Hasta tuve que fingir un acento horrible para que no me descubrieran.

No se lo termino de creer pero en ese momento escuchamos la puerta de la entrada y a los chicos llamándonos así que bajamos para cenar.

La cena fue tranquila, no hable mucho ni Darío tampoco. Me preguntó si había acertado con lo que me había comprado y a sentir con la cabeza intentando parecer desinteresada pero la verdad es que había acertado de lleno y mi primo no había tenido que ayudarlo siquiera. Supuse que Mía tampoco. Después de cenar estuvimos un rato viendo la tele, pero unos diez minutos después de empezar decidí subirme arriba para poder estar tranquila y sola.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora