Cap. 38

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Darío

Habían pasado dos días desde mi última pelea. Ahora estaba descansando en el sofá del salón con los ojos cerrados. Nathan esta a mi lado y Mía había ido a guardar el botiquín al baño después de curarme el ojo. Eran unos exagerados, solo tenía una pequeña raja en la ceja y otra en la nariz. La rubia se había instalado hacía tres meses en la casa. Mi querido compañero de piso se había vuelto a saltar la norma de nada de chicas pero esta vez no estaba en desacuerdo. Mía me daba muchos menos calentamientos de cabeza que Alana... Solo de volver a pensar en ella hacía que me doliera la cabeza, puede que de esas lágrimas que nunca saqué. Pero volviendo al tema la chica era bastante pulcra, también se le daba bien la cocina como a mí así que muchas veces no tenía ni que encargarme de cocinar. Solo llegaba de los combates y tenía la comida ya hecha. La verdad es que era buena compañera de piso y no hacía falta que tuviese habitación propia ya que se quedaba con su ahora novio a dormir. Habían empezado a salir haría un mes, después de haber estado yo dos aconsejándole para que se lo pidiera de una vez. Era una idiotez que después de llevar dos meses viviendo juntos y durmiendo en la misma cama él todavía no le hubiera pedido salir. A veces era un idiota para esas cosas.

Al llegar ella se tumbaron los dos en el sofá y se abrazaron, cuando abrí los ojos para mirarlos me di cuenta en lo mucho que Alana le hubiera hecho ilusión verlos así. Al fin y al cabo era su primo el que ahora estaba feliz por tener a una persona así a su lado y la chica tampoco parecía disgustada. Si tuviera que poner un pero a la convivencia era que nos hacía ver todas y cada una de las películas Disney que había y casi siempre acababa llorando en alguna escena. Me abrió todo un mundo cinematográfico y... Aunque al principio lo dudaba, acabó cayéndome muy bien.

-Amor ¿Qué hacemos para comer hoy?

Nathan te quedó callado pensando pero no le salió nada.

-¿Por qué no vamos a comer fuera? Ahora que me está ayudando con los combates los dos tenemos suficiente dinero para pegarnos un capricho. -Sabía que a Mía no le hacía mucha gracia que su novio se gastase dinero invitándola a ella. Así que le ofrecí un trabajo para que me ayudase a entrenar y como coach personal. A él le había encantado la idea porque ya me había ayudado otras veces, y como coach... Le bastaba con hacer lo mismo de siempre para que yo viera lo que no tenía que hacer. -Id a poneros guapos. -Me reí.

Cuando termine de prepararme me miré al espejo. Aunque me hubiese afeitado haría dos días empezaba a tener sombra de la barba. Tenía la cara aún un poco hinchada pero apenas se me notaba ya. Había vuelto a mí volumen muscular normal y había cambiado ligeramente mi corte de pelo. Hacía mucho que no volvía a ponerme algo que no fuese un chándal y a comer comida normal así que me apetecía bastante salir a comer. No iríamos a un restaurante muy elegante sino a algo más sencillo pero habíamos estado durante toda la semana encerrados en casa así que ahora que teníamos oportunidad podríamos vestirnos con algo que no fuese el pijama. Cuando salí de mi habitación vi a Mía al lado de la puerta del baño, me tapaba la boca intentando no reír. Llevaba un vestido corto rosa con el escote en palabra de honor y un poco de vuelo al terminar la falda. La miré con cara extraña y ella me hizo un gesto con la mano para que fuese a su lado. Conforme me acercaba escuchaba a mi mejor amigo cantando en la ducha.

-¿Esa es Taylor Swift? -Mía asintió sonriente.

-Me dijo que no estaba mal la canción, y lleva toda la semana sin escuchar otra cosa.

Ambos nos reímos a carcajadas lo que hizo que Nathan se diera cuenta de que estábamos en la puerta y dejase de cantar. Entre los dos le metimos prisa y se vistió en menos de cinco minutos. Nos montamos en el coche y conducí hacia el centro de la ciudad. Un rato antes había reservado en un italiano. Porque resultaba que tanto a Mía como a mí nos encantaba esa comida, y a Nathan le encantaba ver feliz a su novia. Pedimos un poco de todo y empezamos a hablar mientras nos traían la comida. La pareja habló más que yo, pero aún así fue una conversación agradable. En estos momentos echaba un poco de menos a esa chica que siempre se hacía una trenza. Porque aunque me llevase muy bien con ambos sentía que estaba un poco de sujeta velas. No presté mucha atención a su conversación hasta que una palabra me hizo volver a ella.

-...Alana. - Terminó de decir Mía.

-Perdón ¿Has dicho Alana? -Los miré.

-Sí, hemos hablado hace un rato.

Desde que se fue no me dio señales de vida. Era la primera noticia que tenía de ella.

-¿Sobre qué? -Fui un idiota al preguntar eso, ya que me di cuenta que Mía había notado al instante que no teníamos relación ninguna desde que se fue y que yo estaba muy interesado en saber sobre ella.

-Nada importante, solo se ha cambiado el color de pelo.

Casi me atraganté con el trozo de carne que tenía en la boca ¿Cambiarse el color de pelo?

-Pero si le encantaba su color de pelo. -Otra cagada más.

-¿Cómo sabes eso? -Me preguntó su primo alzando una ceja, ya empezaba a darse cuenta.

-Me lo dijiste tú. -Nathan se encogió de hombros. Era tan despistado que a veces no se acordaba de lo que me decía así que eso jugaba mi favor pero su novia sabía que eso no era así.

La comida siguió tranquila aunque yo seguía pensando en lo que Mía me había dicho. No sabía porque había decidido cambiárselo, ni a qué color. Pero sabía que ninguno le quedaría tan bien como el negro. Al llegar a casa me volví a dirigir a mi habitación y cuando estaba a punto de empezar con mi sesión de ejercicio diario Mía entró.

-Puede que engañes a mi novio, puede que te engañes a ti mismo... Pero a mí no me engaña nadie. ¿Qué ha pasado con Alana?

-Nada.

-Venga ya, es obvio que no habéis hablado desde que se fue. Ni siquiera te contó que se iba.

-Sabes que nos llevamos mal, ¿Por qué lo habría dicho?

-Dejad de decir esas tonterías. Si os llevaseis mal tú no sabrías que su color de pelo le encanta. Ni ellos sabría otras muchas cosas de ti.

Eso me hizo volver a conectarme a la conversación.

-¿Qué cosas?¿Que te ha dicho?

-Ves, a eso me refiero. Darío es obvio que mínimo la echas de menos.

Suspiré rendido.

-Venga dímelo, te prometo que no le diré nada a mi novio. Pero necesito que confiese en mí. -Al ver que no hablaba insistió, jugando su última carta. -Si me lo cuentas puedo ayudarte... Y te contaré lo que hable con ella.

-Puede ser que la eche de menos. -Confesé.

-¿Solo eso? Te conozco lo suficiente como para saber que no es solo eso.

-Me impactó mucho que se fuese, y más sin decir nada. El día que se fue vi un coche raro en la puerta de casa pero pensé de todo menos que ella estaría ahí dentro. Vi la puerta de su habitación cerrada pero como siempre la tierra para dormir no me alarmé. Estuve todo el día sin saber nada de ella y no me di ni cuenta. Si lo hubiera sabido... Podíamos haber hablado.

-¿De que?

Quedé en silencio, ni yo sabía que contestar.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora