Me faltaba ese optimismo que se supone llega después de un intento de suicidio.
En realidad, mi humor empeoraba conforme los minutos pasaban. No quería ver a nadie, sólo quería estar sola y lamer mis heridas hasta cansarme. El punto de lo que hice era que mi pecho dejaría de estar vacío, dejaría de sentir, pero mi plan se arruinó.
Y me sentía realmente culpable.
No por mí, ni por Alex, sino porque no pensé en las personas que me querían, no pensé que les afectaría de algún manera el que yo me fuera. Por una vez había pensado sólo en mí, en lo que yo quería y necesitaba, y terminó peor de lo que pensé.
Cerré los ojos ante el familiar dolor en mi pecho cuando pensaba en todas las personas que estaban afuera. Acababa de despertar, una buena dosis de sedantes me mantuvo fuera durante dos días. La parlanchina enfermera que entró hace unos minutos dijo que desperté varias veces en el transcurso de esos dos días, pero que deliraba y sólo decía un nombre repetidas veces.
Ni siquiera tuve que preguntar.
La puerta se abrió frente a mí y me tensé, lista para atacar a quien sea que interrumpiera mi paz, pero cuando John apareció del otro lado de la puerta, luciendo cansado y con la ropa arrugada, todas mis defensas bajaron. Sus hombros se hundieron mientras una respiración temblorosa salía de él, se acercó a mi lado lentamente, donde yo estaba recostada en una camilla. Me miró unos segundos antes de inclinarse y abrazarme como nunca antes lo había hecho.
Sus brazos me rodearon fuertemente, y escuché los suaves sollozos que dejó salir sobre mi hombro. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mi papá estaba sufriendo por mi culpa, y eso jamás me lo perdonaría.
–Kaelin, mi bebé, estás aquí, oh, Dios, pensé... –continuó murmurando cosas contra mi hombro, palaras que en su mayoría no entendí, pero sabía que estaba asustado.
Torpemente, puse mis brazos a su alrededor y me dejé abrazar con gusto. Necesitaba un abrazo. En realidad, necesitaba sentirme amada por alguien.
John me soltó y limpió las lágrimas de mis mejillas, un gesto tan tierno y delicado que sólo consiguió que llorara más.
–Todo está bien. –dejó un beso en mi frente y se sentó frente a mí.
Un incómodo silencio se acentuó entre nosotros y miré mis manos con nerviosismo. Dos vendajes cubrían mis muñecas, escondiendo las marcas que siempre estarían ahí para recordarme el peor momento de mi vida.
Me avergonzaba, ahora lo hacía.
Sólo diré algo sobre intentar suicidarse: inténtalo si estás completamente segura de que resultará.
Aunque yo estuve segura de que lo lograría, y de todos modos fallé. Jamás pensé que alguien me encontraría. Tan sola como estaba, eso era casi imposible. Al parecer, me equivoqué.
John carraspeó y desvié la mirada hacia la esquina de la habitación. No podía mirarlo a los ojos, sabía que miles de preguntas estaban ahí, y no estaba preparada para responder ninguna de ellas.
Tarde o temprano tendría que hacerlo, sin embargo.
–Tus amigos están afuera. –dijo con voz ronca.
Mi cabeza se levantó de golpe.
– ¿Qué?
–Yo... pensé que los necesitarías, los llamé y vinieron tan rápido como pudieron. –sonrió un poco. –Tienes buenos amigos.
Y yo les arruiné la navidad. Vaya amiga de mierda.
–Rubí está muy preocupada. Gabe y Mariana no han dejado de hablar y eso la está poniendo nerviosa.
ESTÁS LEYENDO
Cómeme con chocolate
Teen Fiction¿Qué haces cuando la persona que más quieres te ha dejado sola?
