Capítulo 17.

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Irnos de la casa de los abuelos de Alex fue la cosa más difícil que he hecho en toda mi vida. Sobre todo porque sus abuelos nos invitaron a quedarnos más tiempo; intentaron sobornarnos con manzanas, chocolates, y un recorrido por todo el lugar, pero Alex se negó. Después intentaron chantajearnos, amenazando con decirle a todo el mundo que dormimos juntos.

Aún así, Alex se negó.

No sé por qué lo hizo, tomando en cuenta que adora a sus abuelos y que estábamos muy bien con ellos; pero, en parte, se lo agradezco.  Primero, porque no tenía nada de ropa limpia; y segundo, porque no quería tener otra conversación incómoda con la abuela.

La señora Mariana me había acorralado en la cocina, mientras Alex se duchaba, y cuando yo no podía borrar de mi rostro la estúpida sonrisa de enamorada.

– ¿Lo quieres? –me había preguntado. Y supe inmediatamente que hablaba de Alex.

Yo me había quedado muda, sin saber qué decir.

Me tomó con la guardia baja.
Pero, aún así… ¿cómo podría decirle que me estoy enamorando intensamente de Alex?
Por Dios, es su abuela. Él es su único nieto, su niño consentido. No sé cómo se tomaría que le dijera algo así.

 Por eso las palabras que dijo después me sorprendieron mucho.

–Lo quieres... –había afirmado. –Se te nota en los ojos, en cómo lo miras y cómo te comportas con él. Sin mencionar la sonrisa bobalicona que pones. –se sentó en la mesa y me miró fijamente. –Él es mi único nieto… ¿lo sabes, no? ¿Sabes lo que pasó con su hermana?

–Sé que falleció; pero él no me ha dicho cómo.

La abuela había palidecido en un tono blanco-fantasma y había mascullado algo de Estúpido chico.

No le entendí bien, sin embargo. Pudo haber dicho otra cosa.

–Mira, seré directa.- “¿En serio?” –Alex no es como los otros chicos. Él ha pasado por mucho, y a muy temprana edad. Él odia decepcionar a las personas. En serio, ese es su talón de Aquiles. Conociéndolo, hará lo que crea mejor para ambos, o sólo para ti; mi niño no es egoísta, él es la persona más buena que he conocido. – me había mirada a los ojos y me di cuenta de que tenía lágrimas en ellos. –Sólo… Por favor, no lo lastimes.

Yo me había quedado como una completa idiota en silencio. Segundos después había llegado Alex y la conversación terminó. Su abuela se había puesto su máscara de nada-me-molesta y había seguido como si nada hubiese pasado.

Alex me había mirado raro y luego dijo que ya nos íbamos.

Ahora vamos en el auto, ya casi llegamos a casa y yo me estoy aburriendo hasta las lágrimas. El estúpido chico no ha dicho ni una palabra desde que salimos de casa de sus abuelos, y la verdad ya no sé cómo iniciar una conversación con él después de lo de anoche y ésta mañana.

Dios mío, pero si ni siquiera puedo verlo a la cara. Ni de reojo.

Me sonrojo sólo de recordarlo.

La mini-charla que tuvimos en la madrugada, donde me había dado cuenta de su amigo. Me dejó muda.

Madre mía…. El chico la tiene grande.

“¿Y tú qué sabes de tamaños?”

Ah. Buen punto.

 “¿Por qué todos los protagonistas de los libros la tienen grande?”

Me tragué la risa. Alex me miró raro.

Cómeme con chocolateDonde viven las historias. Descúbrelo ahora