Lo primero que noté al despertarme fue la mi soledad en la cama, la falta de ese cálido cuerpo que me había mantenido abrazada toda la noche.
Me di la vuelta en la cama e inhalé en la almohada donde había estado Alex. Olía delicioso. Me estiré como gato, asegurándome de que el edredón cubría todo mi cuerpo, o al menos ciertas áreas. Y aunque Alex ya me había visto desnuda, había algo que aún me hacía ser tímida.
Anoche había sido la noche más mágica y maravillosa de mi vida. Me entregué a Alex, hicimos el amor, y nunca pensé que sería tan hermoso.
Sí, fue incómodo y extraño, pero eso no disminuía mi felicidad.
Ya no era virgen.
Le había entregado mi virginidad al chico que amaba, y que parecía amarme también.
La emoción obstruía mi garganta. No quería llorar, no quería parecer tan débil, pero me era imposible no hacerlo. Después de todo lo que había pasado, después de tantas lágrimas y dolor, por fin estábamos juntos.
No podía esperar para verlo sonreírme.
Sonriendo, me levanté de la cama y estiré las piernas, haciendo una mueca al instante por el dolor en músculos y áreas que no sabía que dolían.
Oh, guau.
Me sonrojé furiosamente cuando vi las sábanas manchadas con mi sangre. Eso no era bueno. Busqué mi ropa alrededor de la habitación, donde la habíamos tirado durante la nuestro arrebato de lujuria.
Fruncí el ceño cuando me di cuenta de que la ropa de Alex ya no estaba junto a la mía en el suelo. Encontré la camiseta que usaba anoche, y mis vaqueros arrugados en una esquina, pero mis bragas habían desaparecido.
Dejé la ropa sobre la cama y saqué limpia de mi mochila. Aunque después de lo de anoche, seguramente Alex tenía planes sin la ropa de por medio.
Ese pensamiento me hizo sonreír.
Obviamente, quería hacer el amor con él otra vez, sentirlo dentro de mí, anhelando ese tipo de conexión y deseo, pero tendría que esperar. No creía que fuera lo mejor, no con ardor entre mis piernas.
Eso era lo malo de perder la virginidad, ahora lo sabía.
Dolía como la mierda, además de que era incómodo y no siempre era satisfactorio. Anoche, sin embargo, lo fue.
Ahora entendía por qué tanto alboroto por el sexo. Sí, era fantástico, pero no era sólo eso. Había más. Mucho más. Y me encantaría descubrirlo.
Me puse la ropa rápidamente y salí de la habitación.
– ¿Alex? –lo llamé. Sin obtener respuesta, fui a la cocina, esperando encontrarlo desayunando, pero el lugar estaba vacío.
Con un nudo en el estómago, regresé a la habitación y lo busqué en el baño, pero el pequeño lugar se encontraba igualmente vacío.
Mis manos comenzaron a temblar y algo feo obstruía mi garganta. ¿Dónde estaba?
Con la respiración agitada, salí de la casa y lo busqué afuera, pero el silencio me asustó aún más.
– ¡Alex! –grité con pánico, sintiendo mi corazón romperse poco a poco, de la peor manera. –Alex. –su nombre fue un susurro muerto en mis labios.
Regresé a la habitación con las lágrimas rodando por mis mejillas. No quería aceptar lo que mi cabeza intentaba hacerme entender.
Él me había dejado otra vez, después de que hicimos el amor y de que yo le diera lo último que me quedaba.
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Cómeme con chocolate
Ficção Adolescente¿Qué haces cuando la persona que más quieres te ha dejado sola?
