23 | ¿Ya es hora de comer?

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Capítulo 23: ¿Ya es hora de comer?

Matt.

Char no había dejado de apretarme la mano durante todo el camino hacia el hospital de California. Lo hacía con tanta fuerza que comenzó a dolerme. Se mordía el labio superior con nerviosismo, como si quisiese evitar romper a llorar otra vez. No quería decirme nada de lo que estaba sucediendo, así que tenía que conformarme con tratar de averiguarlo con las palabras que apenas le entendía balbucear, pero la mayoría de cosas eran maldiciones. Parecía que ella tampoco estaba del todo segura de lo que pasaba.

Cuando llegamos, Char comenzó a caminar sin necesidad de detenerse a preguntar, tan rápido que prácticamente me estaba arrastrando. Al girar en una esquina, las paredes comenzaron a tapizarse de puertas blancas con números de metal en ellas. Evadimos a varias enfermeras, y vi muchas personas preocupadas o llorando, sentadas en sillas azules de espera. Algunas se asustaban cada vez que un doctor salía de alguna habitación con un gesto diferente a la neutralidad. Sabía que cada una estaba encerrada en su propio mundo. Me pregunté por qué cosas podrían estar pasando.

No me fijé bien en el camino que tomábamos. Para cuando me di cuenta, ya estábamos entrando por una puerta doble antes de terminar en una sala con al menos diez habitaciones y las mismas sillas azules de todo el hospital. Se veía amplia en comparación a las pocas personas que estaban allí. Había una mujer anciana sentada junto a una chica más joven, quien le consolaba. Un hombre estaba sentado en una esquina con las manos en su cabeza, en actitud realmente preocupada.

Vi a una mujer de cabello rubio oscuro que se mantenía apoyada en una pared bastante alejada de los demás, mirando el suelo y llorando, aunque no lucía demasiado genuino. Cerca de ella, estaba Gin, y de espaldas a las dos había otro hombre rubio cruzado de brazos que no dejaba de caminar de un lado a otro con tanto nerviosismo como Char. Ella me arrastró directamente hacia él.

—Jordan —le llamó, haciendo que el rubio levantase la vista y se acercase hasta que nos encontramos en un punto casi en el centro de la sala—. ¿Qué sucede? ¿Algo nuevo?

—Aún nada. —El hombre, a pesar de lucir relativamente joven, tenía unas arrugas al lado de los ojos y unas pequeñas ojeras que le aumentaban edad. Parecía tener poco más de cuarenta años. Se pasó la mano por el cabello al tiempo que Char apretaba más su agarre. Sentí una punzada de dolor recorrerme la palma. Me mordí el labio para no quejarme—. Pero no parece estar grave.

—Dani lo... ¿Lo perdió? —preguntó Char en un tono de voz tan bajo que parecía no estar del todo segura de querer saber la respuesta. Jordan apretó los labios, como en una señal de no tener idea, antes de sacudir la cabeza con la mirada en el suelo.

—Los padres de la señorita Colleman —interrumpió una voz que resonó por toda la sala y a la que Jordan giró la cabeza de golpe. Una enfermera con el cabello negro recogido en una coleta esperaba al frente de la habitación 820, con una tabla llena de papeles en las manos. Sentí a Char tensarse a mi lado. Las demás personas en la sala observaron unos segundos a la enfermera antes de regresar a sus asuntos.

—Aquí. Soy yo —respondió Jordan levantando la mano apresuradamente y acercándose hacia ella. La mujer rubia de la pared carraspeó, casi como ofendida, también caminando hacia la habitación. Gin apenas sí levantó la mirada de sus pies. Algo en ella no me gustaba. Me pregunté por qué nadie se estaba preocupado por la niña de siete años sentada lejos.

—También tiene madre, Jordan —le dijo la mujer con tal odio contenido que me sorprendí a mí mismo sintiendo algo de antipatía hacia ella a pesar de no conocerle de nada. Jordan la miró, y conseguí leer una respuesta enfadada en sus ojos, pero optó por morderse la lengua.

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