28 | No sé dónde estoy

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Capítulo 28: No sé dónde estoy.

Char.

Axel cruzó la puerta, seguido de Derek y también de mi madre. Tuve un breve momento de confusión total al verlos a los tres en el hospital antes de deducir que mis padres seguramente habían decidido visitar a Axel y les habían permitido dar una vuelta por los pasillos para sacarlo de la habitación donde llevaba atrapado las últimas semanas. Una desafortunada coincidencia que nos hubiésemos encontrado. Usualmente no me gustaba tener cerca a Axel.

—¿Char? Oh... Hola —dijo mi madre, sonriéndome algo sorprendida. Saludé a los tres con la mano, tratando de no verme tan distante. Gin sacudió su brazo frenéticamente y mamá rió—. Hola a ti también, Gin. No esperábamos verlas aquí.

—Lo mismo digo —contesté, observando a los dos hombres. Señalé brevemente por sobre mi hombro hacia las habitaciones, sonriendo de labios apretados—. Solo vinimos a acompañar a Dani. ¿Qué hay de ustedes?

—Estábamos por salir del hospital. ¿No lo sabías? —respondió mamá, frunciendo un poco el ceño. Negué con la cabeza, confundida, mientras ella le daba un suave codazo a Derek, como reprendiéndolo. Él se encogió de hombros, casi diciendo que no era asunto suyo. Mamá suspiró, sacudiendo la cabeza, y me miró—. Char, Axel ya fue dado de alta. Va a regresar a casa.

Giré la cabeza de golpe en dirección a Axel, recibiendo de su parte una sonrisa inocente. Me le quedé mirando unos segundos, intentando no exteriorizar mi enfado. ¡Genial! Como si ya estuviese extrañando tener a un insoportable y mujeriego hermanastro a tan solo dos puertas de mi habitación. Podía decirle adiós a las noches de fin de semana tranquilas.

—Oh, yo... Creí que se quedaría en el hospital hasta el juicio —dije, fingiendo mi mejor tono de desinterés. Realmente esperaba tener unos cuantos días más de calma antes de que todos en casa empezasen a enloquecer por culpa de la audiencia.

—Char —interrumpió Gin, halándome de la manga. Hice un sonido afirmativo para indicarle que la escuchaba, aunque no la miré. La verdad no prestaba mucha atención a lo que me decía. Me pareció ver por el rabillo del ojo que señalaba a alguien—. Ese chico quiere jugar a las escondidas conmigo. Se llama Liam. ¿Puedo ir? ¡Por favor!

—Como quieras. No te alejes —respondí casi en automático. Escuché un emocionado agradecimiento antes de que Axel se cruzase de brazos, con esa irritante sonrisa en su rostro. Entrecerré los ojos en su dirección.

—No demuestres tanta felicidad por verme, hermanita —me dijo, lanzándome un guiño coqueto. Rodé los ojos, fastidiada—. Si no fuese por esto, me verías en todo mi esplendor —añadió, mostrándome una muleta mientras mantenía el equilibrio. Le di un breve vistazo, fijándome en que tenía la pierna izquierda enyesada, y lo que parecía una venda sobresaliendo de su camiseta y cubriendo parte de su clavícula. Volvió a estabilizarse.

—Sí —contesté, chasqueando la lengua—. Siento lástima por todas las perras que no podrán acostarse contigo cómodamente.

—Charlotte —soltó mamá, levemente alterada. Observó a su alrededor, y me di cuenta de que algunas personas en la sala de espera me habían escuchado. Me limité a encogerme de hombros.

—Como sea. Bienvenido de vuelta, supongo.

—Extrañaba tus muestras de cariño —respondió Axel, tensionando un poco su sonrisa. Pude sonreír genuinamente ante su intento de ocultar su enojo. Después señaló hacia la puerta con la cabeza—. Deberíamos irnos. Hay cosas por resolver, ¿recuerdan?

—Por supuesto. No te queremos en la cárcel —concordó Derek, siendo el primero en darse la vuelta para salir de la sala de espera. Mamá pareció sentirse un poco en desacuerdo, pero no lo demostró demasiado. Comenzó a caminar hacia la salida también, seguida de un inválido Axel. Derek puso una mano en el hombro de su hijo—. Lo solucionaremos, ¿vale? No acabarás donde no mereces estar.

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