Capítulo 32 - Yo no tengo que llorar tus penas.

1.1K 51 1
                                        

Intento pensar en la forma más cruel para que Seth pague por su error, pero todo es en vano. Tal vez no sirva como líder.

Enciendo el último cigarrillo del paquete. Y lo consumo lentamente, intentando evadirme del exterior, intentando que mis nervios mengüen, pero tampoco lo consigo. ¿Qué hubiese pasado si todas las chicas que hemos conocido, hubiesen venido a la cabaña? Ahora Lena sabía dónde nos escondíamos y eso, nos metía en graves problemas. Acabo cayendo en lo más mísero que mi ser podría hacer, las drogas de nuevo. Saco la pequeña bolsa que guardo entre los cajones de mi escritorio y sin más dilación, la esnifo. No pienso en Seth, él no lo ha hecho conmigo. Empiezo a notar como la felicidad se apodera de mí, y sé que el momento no durará eternamente, pero no me importa, ahora soy feliz. Me olvido del mundo en el que estoy metido y solo siento la excitación por haber salido del agujero donde me encuentro. Y en el momento de más fervor, decido comunicarles a todos los Blacks la gran hazaña de Seth, mediante un mensaje de Whatsapp. La conversación, consigue hacer que el tiempo vuele, y la sensación de felicidad que apenas unos instantes sentía, comienza a desvanecerse, convirtiéndose así en todo lo contrario.

No sé exactamente el tiempo que transcurre cuando despierto zarandeado por el rubio con el que anteriormente me había enfadado.

- ¿¡YA ESTAS OTRA VEZ?! – grita enfurecido golpeando la mesa.

Costosamente decido identificar que hay sobre ella. Mi tarjeta de crédito y la bolsa, ahora vacía.

- ¡DIJIMOS QUE LO DEJARÍAMOS! – vuelve a gritar agarrándome del cuello de mi camiseta.

Estoy mareado. El entorno esta borroso, incluso Seth lo está.

Poco a poco empiezo a ver la claridad y la nitidez de todos los objetos.

- ¿Qué, qué coño haces rompiéndolo todo? – consigo gesticular cuando veo el desastre que está realizando.

Golpea los muebles sin preocuparse de su estado. Descarga su ira, a modo de agresividad.

- Eres un hijo de puta John, confíe en ti. – dice Seth mirándome de reojo por encima hombro. - Tu mejor que nadie sabes cómo se sufre por la abstinencia de Speed, y lo estoy dejando... - confiesa él.

Sí. Posiblemente la haya cagado. Posiblemente sea un hijo de puta. Posiblemente haya perdido al mejor amigo que he tenido nunca. Pero no solo yo me he equivocado.

- ¿De verdad Seth? Yo no tengo que llorar tus penas. – le digo poniéndome en pie frente a él. Sostengo su mirada fija en la mía. Ambos, serios y apretando los puños fuertemente, aguantándonos las ganas de golpearnos. – Todos tenemos problemas. Y tú, querido amigo, nos has metido en uno gordo.

Seth me mira con desprecio. Sé que esto puede desmoronarse en cualquier momento.

- Me voy. – dice Seth.

Le miro recoger sus cosas con furor.

- ¿No vas a volver? – le pregunto desinteresadamente dejándome caer al sofá.

- Ese es mi plan. – confiesa el rubio.

Le miro.

- Eres gilipollas rubio.

Y ahora es él el que me mira. Vuelve a mirar su bolsa y entonces sonríe.

- Eres gilipollas pequeño Johnny. – dice él haciéndome rabiar.

La discusión ya había finalizado. Todo volvía a ser como antes.

Levi llega a la cabaña, junto con Dick. Ambos enfurecidos por los mensajes que he enviado con anterioridad bajo los efectos de la coca.

- ¿¡SE PUEDE SABER QUE COÑO ES ESO SETH?! – grita Levi a pleno pulmón.

- Tenemos que irnos de aquí. – digo yo. Es la solución más rápida que se me había ocurrido. En cuanto lleve a Lena junto con Patrick, ésta dirá dónde nos escondemos y Patrick no dudará en traer a sus súbditos para capturarnos. Digamos que pasar desapercibidos y cumplir con nuestros propósitos y tratos es lo que nos mantenía vivos. Éramos un grupo muy buscado por muchos magnates y mafiosos, pero lo que nos caracterizaba, aparte de nuestra vestimenta y de la notoria unión que teníamos entre los Blacks, era aparecer justo en el momento oportuno y desaparecer cuando todo el mundo quiere pillarnos. Además, la policía también estaba detrás, por algunos asuntos como carreras ilegales o conducción temeraria. Nadie podía encontrar nuestro escondite, pues el número de armas que habían, la calidad de éstas y la cantidad de droga que había, nos metería en un grave problema.

- ¿Cómo que irnos? – dice Seth mirándome preocupado.

- Tío, no le puedo entregar a Patrick esa pija. Lo confesará todo. – le resumo mi deducción.

- Yo me encargaré de eso, no os preocupéis. – dice Seth convencido.

John HowellHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora