Capítulo 2: "Nuevos viajes"

54 6 7
                                        

-Alan, ayúdame con esto -le pidió Tristán, mientras sujetaba un clavo sobre una tabla de madera, que intentaba usar para reparar una de las muchas ventanas rotas.

-Claro, sujétalo bien -respondió Alan, husmeando en una caja de herramientas, en la cual encontró un martillo. Pero Tristán, al ver que el revoltoso rubio agarró tal implemento, se arrepintió de sus palabras y se ofreció a martillar en su lugar. Y Alan, sin comprender el miedo de Tristán, sonrió y le entregó el martillo, para sujetar el clavo contra la madera.

Luego de la semana del ataque, los príncipes escaparon hacia el hostal del difunto Al en Searriver, dispuestos a reparar los daños producidos en el lugar y claramente pasar algún tiempo allí.

Tristán se ofreció a ayudarles, sintiéndose incapaz de ir a Tunderriver y abandonar a los príncipes en estas condiciones. Todos intentaban actuar como que nada sucedía, pero en realidad tenían claro que nada estaba bien...

-Chicos, ya está lista la comida -les avisó Adelina, apareciendo desde la cocina con un recipiente muy grande, del cual salía un humeante y delicioso aroma.

-¡Oh, comida! -celebró Alan, soltando el clavo, justo en el momento en el que Tristán golpeó el martillo contra lo que ahora resultaba ser uno de sus dedos-. ¡Auch! ¡Auch!

-Alan, lo siento -se disculpó Tristán, aunque tenía claro que no era culpa suya.

Alan se chupó el dedo, y luego, como si nada hubiese ocurrido, se dirigió a la mesa, sentándose muy emocionado a esperar la comida que Adelina les llevaba. Tristán tomó asiento junto al rubio, y la princesa de inmediato les sirvió un plato a cada uno, además de un vaso con agua.

-¡Gracias, Adelina! -agradeció Alan, de inmediato llevándose el vaso con agua a los labios.

-Ustedes han hecho bastante por mí... Es lo mínimo que puedo hacer -les sonrió ella. Y Tristán fingió limpiarse el polvo de la ropa.

-Arreglar paredes y ventanas es pan comido -comentó el egocéntrico príncipe. Viéndose interrumpido por una mano que le tocó el hombro, él se volteó a mirar y vio que un clon de Alan estaba a sus espaldas. Situación que aprovechó el verdadero Alan para quitarle comida de su plato a Tristán, el cual al voltearse no se percató del "robo" que acababa de vivir.

-Alan, te he visto -dijo Adelina entre risitas, y el extrovertido muchacho se limitó a soltar una carcajada, que Tristán no logró comprender-. Voy a buscar a Leila. Vuelvo de inmediato.

-De acuerdo -respondió el príncipe de Glazerunner. Al mismo tiempo que Alan se le abalanzó encima.

-¡Yay! ¡Me quedaré con mi mejor amigo! -celebró Alan, provocando que Tristán rodara los ojos. Y Adelina, como solía pasar con las bobadas de Alan, volvió a reír.

La muchacha caminó hacia la nueva habitación de Leila, y tocó la puerta un par de veces.

-Pase -dijo Leila desde el otro lado. y Adelina ingresó en el acto.

Al ver a su hermana mayor, ella no pudo evitar deprimirse un poco. Desde que huyeron del castillo, Leila ha estado llorando en su cuarto la mayoría del día, sin ganas de hacer nada ni ver a nadie. Incluso estaba más delgada que antes, y hasta un poco más pálida de lo normal. Sin contar las enormes marcas que le quedaron en la cara, tras su mal intento de proteger a Albel y Adelina en el castillo.

-Está lista la comida, Leila -le avisó Adelina, viendo como su hermana se daba media vuelta en la cama, para poder observarle.

-No tengo apetito -musitó Leila. Y Adelina ladeó la cabeza.

-Vamos, Leila... Debes levantarte -le pidió Adelina, tomando a su hermana de ambas manos, ayudándole a incorporarse.

Leila siguió a Adelina hasta el comedor, y no precisamente porque quisiera comer, sino porque apenas tenía fuerzas, y no pensaba gastarlas en resistirse en ir a la mesa.

Los nueve descendientes IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora