Tras unas cuantas semanas de viaje, Magnus y Karine habían llegado a su destino, por lo que el carruaje frenó de golpe frente al gigantesco castillo de Mazeriver. Pero la reina no se había percatado de que ya se encontraban frente al lugar que una vez fue tan acogedor para sus primos. Esto ya que ella iba durmiendo sobre el hombro de Magnus durante el camino, mientras que sus manos iban enlazadas con ternura.
-Mi amor, hemos llegado -le avisó Magnus a su esposa, la cual tardó unos segundos en abrir los ojos.
Karine miró por la ventana de la carroza, admirada ante la grandeza de los muros de piedra que protegían el castillo. Magnus fue el primero en bajar, tomando la mano de Karine entre las suyas antes de descender por completo.
-Karine, entraré primero para que te preparen una habitación en caso de que la necesites -aseguró Magnus-. Los escoltas te llevarán a ella cuando todo esté listo.
La reina asintió gustosa, y su esposo sonrió, segundos antes de adentrarse en el castillo junto a unos guardias que le rodeaban por todos lados. Magnus se veía algo tenso, pero Karine supuso que era por el viaje y la próxima conversación que llevarían a cabo con el líder de Mazeriver.
La chica esperó unos diez minutos más menos, cuando un general de Mazeriver le ayudó a bajar cuidadosamente del transporte, y la reina tuvo que levantar la cabeza para mirar el lugar en su totalidad. A pesar de todo, seguía siendo el sitio que recordaba de hace muchísimos años.
Karine saludó con respeto a los guardias que la llevaban con lentitud hacia la entrada del castillo. Ella caminó por la gigante entrada decorada con una alfombra de color rojo carmesí. Karine notó que los cuadros de la familia ya no estaban en la subida a las escaleras, y que todo se veía apagado, casi muerto, como si se tratara de un reino abandonado.
Los soldados guiaron a la reina por las escaleras. Pero Karine poco a poco perdía sus energías para andar, por lo que terminó apoyando todo su peso en los hombros de los guardias que la llevaban hacia su destino.
Los pasillos, los escalones, los sonidos a su alrededor seguían siendo los mismos en esencia, mas una extraña presencia le hacía sentirse incómoda, como si el reino de Mazeriver tuviera un peso que fuertemente debía ser cargado por sobre los hombros para quien entrara al castillo.
-Aquí es -le señaló un guardia una de las puertas más gastadas que habían en ese piso.
Karine no se atrevió a preguntar nada, sino que entró nerviosamente moviendo la manilla de oro. Los guardias se quedaron fuera de la puerta para darle privacidad a la reina, la cual al ingresar la cerró a su espalda.
La muchacha entró con confianza al interior de la alcoba, pensando que era aquella en la que sería alojada. Ella empezó a husmear alrededor, los muebles estaban llenos de polvo y habían libros tirados por los alrededores. Karine notó que había un desastre en el cuarto, y entonces lo reconoció. Era la habitación de Colin.
-Buenos días, su alteza -le saludó una voz a su espalda, la cual le hizo pegar un salto en el lugar.
Al voltearse se encontró con un hombre que mágicamente había aparecido en la habitación. Iba con una capucha oscura y un bastón que sujetaba con sus arrugadas manos. Tenía una larga y canosa barba, al igual que su cabello que ya poco pigmento tenía.
-¿Usted es...? -Karine dudó un poco al verle.
-No es necesario que sepas mi nombre -mencionó el hombre, en tanto miraba a la muchacha en silencio.
-¿Dónde está mi esposo? ¿Qué está pasando aquí? -dudó Karine, mirando al hombre algo confundida. Justo en el instante en el que otros dos encapuchados ingresaron al cuarto, una mujer con una máscara cubriendo su rostro, y el otro el albino que vestía su elegante armadura.
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Los nueve descendientes II
FantasíaSegundo libro de "Los nueve descendientes" Tras aquel inesperado encuentro, Arthur deberá buscar las respuestas a todas sus preguntas, aunque para lograrlo, deberá correr ciertos riesgos que podrían o no, arriesgar la vida de las personas que ama. ...
