Apenas Tristán llegó a Glazerunner, los guardias abrieron las gigantes puertas de la entrada principal, y el rubio ingresó algo inseguro, dando por hecho que se llevaría un fuerte reto por parte de sus padres.
Una fila de guardias se le abalanzó encima, llenándole de preguntas, pero el príncipe se limitó a mover la cabeza de lado a lado, exigiendo con la mirada a los soldados que guardaran silencio.
-¡Tristán! -sintió de pronto un grito desde las escaleras. Era una mujer de piel clara y cabello rubio, que vestía un elaborado vestido rojo carmesí-. ¡No puedo creerlo!
Junto a la mujer había un hombre de marcadas patillas y bigote oscuro, era una persona robusta y muy alta, de cejas gruesas que mantenía fruncidas mientras observaba a su hijo.
-M-Madre... -le nombró Tristán, al mismo tiempo que ella bajó las escaleras, saltando a los brazos de su querido hijo.
-Estábamos muy preocupados por ti -dijo ella, besando a su hijo en las mejillas, teniendo que colocarse de puntillas para alcanzar su rostro-. Mandamos soldados a buscarte por todos lados...
-Lo siento, madre -se disculpó el rubio, correspondiendo al abrazo, mientras el rey bajaba las escaleras muy callado-, pero... Surgieron ciertos problemas. Tuve que quedarme en Searriver un tiempo.
-¿Se puede saber que problema es tan grave, para justificar que abandonaste a tu prometida? -preguntó el rey Lorian, observando muy serio a su hijo-. No tenías nada que hacer en ese pueblo. Tú debías quedarte en Tunderriver con Karine Cavelier, ¿No era ese nuestro trato?
-Lo sé -respondió Tristán-, pero yo... Quiero salvar Mazeriver.
-¿Salvar Mazeriver? -repitió su padre, casi en tono de burla-. ¡No me hagas reír! Tristán, sin un ejército ni las preparaciones necesarias, es completamente un suicidio. Ya no se sabe bien qué ocurre allí. Solo que hay hambruna, pobreza y muchos suicidios. No es un lugar en donde el próximo rey de Glazerunner deba estar.
-Padre, no lo entenderías... -dijo el rubio-. Yo conocí a los Windlander, y son personas increíbles. Ellos están dispuestos a salvar su reino, y no tienen cómo, pero... Yo tengo lo suficiente para ayudarles.
-Si tanto quieres ayudarlos, quédate aquí -replicó el rey, afirmando a su hijo por los hombros-. Si quieres cambiar el futuro del continente, empieza por lo que te corresponde y deja de involucrarte en donde no te llaman.
-No puedo hacer eso -negó Tristán-. Ellos me necesitan. Yo debo acompañarlos.
Al oír sus palabras, sus padres intercambiaron miradas y el rey suspiró.
-¿Dónde quedó tu sentido común? -le interrogó Lorian-. Siempre quisiste asumir el puesto... ¿Y ahora? ¿Qué demonios ocurre contigo?
-No tengo idea -respondió el rubio en el acto. Provocando que su madre le mirara extrañada-. De verdad no lo sé, pero... Sea lo que sea que sucede conmigo, no es algo de lo que esté avergonzado.
-Tristán... -le nombró su madre, sin poder creer lo que su hijo estaba diciendo.
-Ellos son mis amigos... No puedo dejarlos de esa forma -justificó el príncipe, al mismo tiempo que su padre frunció el ceño.
-Tienes claro que no puedes salir sin decir nada, ¿Verdad? -le interrogó el rey-. Lo que hiciste estuvo mal, y por más amigos que sean esos chicos, no nos informaste de absolutamente nada de lo que estaba pasando, ¿Eso te parece bien?
-Padre, yo...
-¿Te parece bien? -insistió el hombre, y el príncipe negó con la cabeza, bajando levemente la mirada-. Por estar siguiendo tus impulsos de amistad, terminaste rompiendo tu compromiso con Karine Cavelier... ¿No sabes cuánto tiempo estuvimos tu madre y yo arreglando ese matrimonio? Y tú llegas y lo arruinas cuando te da la gana. No es para nada justo, Tristán.
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Los nueve descendientes II
FantasíaSegundo libro de "Los nueve descendientes" Tras aquel inesperado encuentro, Arthur deberá buscar las respuestas a todas sus preguntas, aunque para lograrlo, deberá correr ciertos riesgos que podrían o no, arriesgar la vida de las personas que ama. ...
